Los siguientes tres días, Jae-won no pisó la escuela, acatando la orden estricta de Daniel para no delatar la farsa y dejar que sanaran las heridas imaginarias. Esos días de soledad forzada se convirtieron en un tiempo de reflexión intensa y oscura.
De pie frente al espejo de su habitación, repasó todo lo que había vivido. El acoso interminable de Min-jun y sus secuaces en Seúl, el cabezazo brutal de Beast y la humillante traición de Do-yun habían dejado cicatrices mucho más profundas que los rasguños físicos.
Había experimentado lo que significaba ser un rey gracias a la vida prestada de su doble, y también sabía perfectamente lo que era ser un conejo asustado del que todos abusan. El destino le había dado la rara oportunidad de vivir como presa y como depredador en el mismo mes. Y al comparar ambas vidas, una cosa le quedó clarísima: no quería seguir siendo débil y pusilánime. Quería ser fuerte como Daniel. O, por lo menos, la mitad de fuerte que él.
Pero, al mismo tiempo, Jae-won pensó en el desprecio frío de Daniel, en su agresividad despiadada y su prepotencia. Él no quería convertirse en ese tipo de tirano. Él quería ser justo. Quería ganarse el respeto de la gente no a base de terror, sino por un liderazgo real. Quería la fuerza de Daniel, pero moldeada con su propia brújula moral.
Al cuarto día, regresó a la Escuela Agrícola. Lo primero que ocurrió fue el esperado encuentro con Do-yun detrás de las gradas del campo de fútbol.
Do-yun se veía fatal. Tenía ojeras marcadas, el rostro pálido y la postura encorvada, como si no hubiera pegado el ojo en tres noches. Le extendió un sobre grueso de papel manila a Jae-won. —Aquí está, jefe —susurró Do-yun, manteniendo la mirada en el suelo—. Doscientos mil wones. Todo completo.
Jae-won tomó el sobre. Pesaba. Sabía perfectamente que ese dinero probablemente venía de extorsionar a otros alumnos o de robarle a sus propios padres a base de mentiras. Sintió una punzada de culpa revolviéndole el estómago. Daniel le había ordenado que lo castigara, que disfrutara aplastándolo con el poder. Pero Jae-won no sentía ningún placer sádico; solo sentía el peso de la injusticia.
Sin embargo, recordó el papel que debía interpretar. Abrió el sobre, sacó los billetes y los contó con lentitud calculada, dejando que la tensión asfixiara a su segundo al mando. Después, separó el fajo exactamente a la mitad y le extendió una parte.
—Guárdate cien mil wones —dijo Jae-won, imitando el tono autoritario de Daniel, pero añadiéndole un toque de pragmatismo—. Tómalo como una recompensa por tu esfuerzo y por tu rápida obediencia.
Do-yun levantó la vista, boquiabierto. Sus ojos reflejaban un shock absoluto ante esa muestra inesperada de "clemencia".
—Pero que no se vuelva a repetir, Do-yun —añadió Jae-won con frialdad, guardando el resto del dinero en su bolsillo—. La próxima vez que dudes de mí, no seré tan paciente.
—Sí, Daniel... ¡Entendido! —respondió Do-yun, haciendo una reverencia torpe, con el alivio inundándole el rostro.
Jae-won lo despidió con un gesto seco de la mano. Mientras caminaba hacia el edificio principal, se dio cuenta de algo: la máscara de Daniel se le estaba haciendo cada vez más cómoda, pero la persona detrás de ella se estaba forjando más fuerte e inteligente a su propia manera. «No voy a ser como tú, Daniel», pensó. «Voy a ser fuerte, sí... pero no seré un monstruo.»
El Parásito y el Huésped
Al pisar el patio central, los murmullos de los estudiantes regulares se apagaron de inmediato. Todos le abrían paso, bajando la mirada con un respeto.
Cerca de las escaleras principales, el núcleo duro de la pandilla de la Escuela Agrícola lo estaba esperando. El imponente "Tanque" con sus brazos cruzados y su uniforme a punto de reventar por los músculos. Kang-dae "Puños de acero" fue el primero en dar un paso al frente. A su lado estaba Sang-soo, siempre con esa mirada afilada y silenciosa.
—Bienvenido de vuelta, Halcón —gruñó Kang-dae, inclinando la cabeza en una muestra de respeto genuino.
—Ya te extrañábamos por aquí, jefe —añadió Sang-soo, relajando los hombros al ver que su líder estaba de una sola pieza.
Antes de que Jae-won pudiera responder y mantener su pose estoica, una figura flacucha se abrió paso a empujones entre los matones. Era Chul-soo. Se acomodó los lentes rápidamente y corrió hacia Jae-won con una sonrisa tan amplia que parecía dolerle.
—¡Jefe! ¡Qué alegría verte de regreso! —exclamó Chul-soo, el escurridizo informante de lentes, frotándose las manos y encorvando la espalda en una muestra de sumisión exagerada, casi cómica—. ¿Cómo te sientes? ¡Esa paliza que le diste a la bestia de Masan fue legendaria! Todos en el pueblo siguen hablando de ti. ¿Necesitas algo? ¿Quieres que te traiga un jugo, un café? ¡Lo que pidas, jefe!
Jae-won lo miró de arriba a abajo con una mezcla de asco y fascinación. Recordó vívidamente cómo, hace apenas unos días, cuando Do-yun lo había empujado contra los casilleros llamándolo cobarde, ese mismo Chul-soo se había reído a carcajadas de él. Chul-soo era un parásito de manual. No sabía pelear, era débil, pero se alimentaba del terror que inspiraba la banda para pisotear a los de abajo.
—No necesito nada de ti, Chul-soo —lo cortó Jae-won con frialdad, pasando por su lado sin mirarlo dos veces. La sonrisa del informante vaciló por un segundo, pero rápidamente volvió a pegarse a los talones de la banda.
Minutos después, a lo lejos, cerca de los bebederos, Jae-won observó una escena que le llamó la atención. Chul-soo estaba parado frente a Tae-ho, uno de los matones regulares de la banda, un chico de hombros anchos que le sacaba casi una cabeza de altura y diez kilos de puro músculo a Chul-soo.
—Oye, Tae-ho, ve a la cafetería y cómprame un pan de melón y un jugo. Y muévete rápido, que tengo hambre —le ordenó con arrogancia Chul-soo.
Tae-ho apretó la mandíbula, claramente fastidiado, pero no dijo nada. Simplemente asintió, dio media vuelta y caminó hacia la cafetería con obediencia ciega. Chul-soo se acomodó los lentes con el dedo índice, sonriendo con suficiencia, disfrutando de su estatus.