El Halcón y el Heredero

Capítulo 22. La Media Sonrisa de la Mamba

Esa misma noche, alrededor de las nueve, Jae-won sintió antojo de un yogur después de la paliza que le había dado a su propio cuerpo. Se puso una sudadera holgada, se subió la capucha para pasar desapercibido y caminó hacia la tienda de conveniencia abierta hasta la medianoche, situada a un par de calles.

Al abrir la puerta de cristal, la campanilla electrónica sonó, pero nadie le prestó atención. El ambiente en el interior estaba tenso y apestaba a soju barato y a cigarrillo.

En el mostrador, dos hombres adultos, con los rostros enrojecidos por el alcohol y la ropa desaliñada, acosaban a la cajera. Uno de ellos, apoyado sobre la caja registradora, le sonreía con una expresión asquerosa.

—Vamos, preciosa... solo dinos a qué hora termina tu turno —balbuceó el tipo, intentando tocarle la mano—. Nosotros te acompañamos a casa, está muy oscuro para una chica tan bonita.

Jae-won se detuvo en seco en el pasillo de los lácteos. Detrás del mostrador, con el uniforme de la tienda y una mirada que podría congelar el infierno, estaba Ye-rin. Era la primera vez que la veía en tres semanas.

Ella no retrocedió. Tenía una mano sobre el escáner de códigos de barras y la otra oculta debajo del mostrador, probablemente cerrada en un puño, calculando a qué altura estaba la tráquea del borracho.

—Son 4.500 wones por las cervezas —dijo Ye-rin con voz gélida—. Paguen y lárguense.

—Vaya, qué carácter... —se burló el otro, dando un manotazo a un exhibidor de chicles que cayeron al suelo—. A ver, oblíganos, muñequita.

El viejo Jae-won de Seúl se habría escondido detrás de los refrigeradores, temblando, rogando que nadie lo viera. Pero el Jae-won que acababa de verse en el espejo, el que llevaba dos semanas entrenando al límite... ese Jae-won dio un paso al frente.

Se bajó la capucha de la sudadera, enderezó la espalda recordando su nueva postura y caminó hacia el mostrador con pasos lentos y pesados.

—Dijo que paguen y se larguen —soltó Jae-won. Su voz salió un poco más rasposa de lo normal, pero funcionó.

Los dos borrachos se giraron. El que había tirado los chicles soltó una carcajada ronca.

—¿Y tú quién rayos eres, niño? ¿Su noviecito? Vete a dormir antes de que te rompa la...

—Soy el Halcón —lo interrumpió Jae-won, clavándole la mirada más asesina, vacía y arrogante que pudo rescatar del repertorio de Daniel.

Por dentro, Jae-won estaba aterrado. «Llevo apenas dos semanas entrenando. Si estos dos se me echan encima, me van a matar», gritaba su cerebro. Sentía que las rodillas le iban a fallar, pero mantuvo la barbilla en alto, inmóvil como una estatua de hielo.

Uno de los borrachos palideció de golpe. Le tiró de la manga de la chaqueta al que estaba molestando a Ye-rin.

—Oye, vámonos... —murmuró, nervioso—. Es él. Es el tipo de la Preparatoria Agrícola. Dicen que mandó a dos sujetos de tercero al hospital el año pasado. Vámonos ya.

El borracho fanfarrón miró a Jae-won de arriba abajo, frunciendo el ceño, y luego miró a su amigo con burla.

—¿Qué te pasa, idiota? ¿Le tienes miedo a un maldito alumno de preparatoria? ¡Es un niño!

—¡Que te calles y camines! —siseó el otro, arrastrándolo con más fuerza hacia la salida, sin quitarle los ojos de encima a Jae-won, como si temiera que el chico le saltara al cuello en cualquier segundo.

A regañadientes, soltando maldiciones y pateando la puerta, los dos tipos salieron de la tienda y se perdieron en la oscuridad de la calle.

El silencio cayó pesado en el local. Jae-won soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. Sus músculos seguían tensos, pero la amenaza había pasado. Tragó saliva, tomó lo primero que vio en el refrigerador más cercano y caminó hacia la caja.

Puso el artículo sobre el mostrador. Era una pequeña botella amarilla de yogur con sabor a banana.

Ye-rin bajó la mirada hacia el yogur, luego la subió lentamente hasta el rostro de Jae-won. Cruzó los brazos sobre el pecho. No se veía asustada, ni aliviada. Solo intrigada.

—Podía noquearlos yo misma, ¿sabes? —dijo ella, levantando una ceja con esa actitud altanera que tanto lo volvía loco.

—Lo sé —respondió Jae-won, intentando mantener la voz grave, aunque ya sonaba un poco más suave—. Pero no quería que ensuciaras tus manos con ellos.

Ye-rin parpadeó, sorprendida por la respuesta. Por un segundo, la imagen del monstruo arrogante que cobraba «impuestos» no cuadraba con el chico que acababa de espantar a dos adultos para luego comprar un yogur de banana.

Agarró el escáner. Bip.

—Son 1.200 wones —dijo ella en tono profesional.

Jae-won le tendió el billete. Cuando ella le devolvió el cambio, sus dedos se rozaron por una fracción de segundo. Jae-won sintió una corriente eléctrica, pero Ye-rin no apartó la mano de inmediato.

Lo miró a los ojos y, por primera vez desde que la conocía, la comisura de sus labios se elevó apenas unos milímetros. No fue una carcajada, ni una sonrisa amable. Fue una media sonrisa ladeada, cargada de un misterio burlón.

—Buenas noches, Halcón —murmuró Ye-rin, arrastrando el apodo como si fuera un secreto entre los dos.

Jae-won tomó su yogur, asintió brevemente y salió de la tienda. El aire frío de la noche le golpeó la cara, pero por dentro sentía que estaba ardiendo.

Lección de la Mamba

Jae-won que ya llevaba entrenando más de 2 semanas en el granero. Quería entrenar en un gimnasio de verdad.

El único gimnasio de Goseong no era un lugar para presumir. Era un espacio modesto que olía a lona vieja y a sudor seco. Para Jae-won, era el refugio perfecto.

Eran pasadas las diez de la noche. Jae-won se había fijado en una ventana trasera a nivel del suelo cuyo pestillo estaba oxidado y suelto. Con un poco de maña y paciencia, logró abrirla lo suficiente para colarse al interior sin hacer un solo ruido. La luz anaranjada de una farola callejera se filtraba por los cristales sucios, iluminando a medias los pesados costales que colgaban del techo.



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En el texto hay: gemelos, bullying escolar, badboy peleas y dolor

Editado: 06.04.2026

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