El Halcón y el Heredero

Capítulo 23. El Veneno y las Garras

El jueves por la noche, el infierno volvió a comenzar.

Durante su segunda sesión, el sonido de la piel golpeando contra el cuero acolchado resonaba de nuevo en las paredes húmedas del viejo gimnasio.

¡Pam! ¡Pam!

—Más arriba. Estás pateando como si quisieras espantar a un perro —exigió Ye-rin, sosteniendo las paletas de taekwondo a la altura de su propio pecho—. Gira la cadera, Halcón. No estás usando tu peso.

Jae-won apretó los dientes, sintiendo el sudor picándole en los ojos. Llevaban apenas cuarenta minutos, pero para su cuerpo, que todavía no estaba acostumbrado a ese ritmo tan intenso, se sentía como si hubieran pasado tres horas. Sus pulmones ardían exigiendo oxígeno y sus cuádriceps temblaban con cada movimiento.

Inhaló por la nariz, luchando por ahogar el jadeo que amenazaba con delatarlo, y lanzó otra patada circular.

¡Plaf! El impacto fue decente, pero su pie de apoyo resbaló un centímetro. Su respiración salió en un siseo pesado. Estaba al límite.

Ye-rin bajó las paletas lentamente, inclinando la cabeza. Lo observó con esa mirada analítica que a Jae-won le ponía los nervios de punta. El pecho del chico subía y bajaba con demasiada rapidez, y su rostro estaba enrojecido por el esfuerzo.

—¿Qué te pasa hoy? —preguntó ella, frunciendo el ceño—. Te estás quedando sin aire demasiado rápido. ¿Acaso el gran rey de Goseong se la pasa fumando a escondidas o qué? Y ni hablemos de tu flexibilidad. Estás más rígido que un poste de luz.

Ye-rin se cruzó de brazos, soltando un bufido de burla.

—¿Cómo diablos se supone que vas a conectar una patada alta si apenas logras levantar la pierna por encima de mi cintura sin perder el equilibrio? Tu resistencia y tu elasticidad son un maldito chiste.

El pánico se encendió en el estómago de Jae-won. «Se está dando cuenta. Piensa rápido, maldita sea».

Tenía que actuar como Daniel. Tenía que ser el patán arrogante al que nada le importaba.

Jae-won forzó una sonrisa ladeada, dejó caer los brazos a los costados y fingió un bostezo para ganar tiempo y oxígeno.

—Tsk... ya me aburriste por hoy —dijo él, arrastrando las palabras con desdén, dándose la media vuelta para caminar hacia su mochila—. No voy a gastar mi cien por ciento golpeando un pedazo de espuma que sostienes tú. En una pelea real, esto ya habría terminado hace media hora y mi oponente estaría en el suelo.

Ye-rin soltó una carcajada seca y condescendiente. —Mírate. Apenas puedes mantenerte derecho y sigues ladrando —se burló ella, arrojando las paletas al suelo—. Excusas baratas. Si en una pelea real te mantengo a distancia por tres minutos, te vas a desmayar solo por falta de aire.

—Sigue soñando, Mamba —replicó Jae-won, colgándose la mochila al hombro. Se obligó a caminar a paso firme y lento hacia la salida, aunque por dentro sus rodillas querían ceder—. Nos vemos el martes. Y más te vale tener una rutina menos aburrida.

Ye-rin se cruzó de brazos, viéndolo marcharse. —Descansa, Halcón. Lo vas a necesitar.

En cuanto Jae-won cruzó la puerta y dobló la esquina del callejón, lejos de la vista de la chica, la fachada se derrumbó.

Dejó caer la mochila, apoyó ambas manos contra la pared de ladrillos fríos y soltó todo el aire que había estado conteniendo. Empezó a jadear desesperadamente, tosiendo mientras el dolor muscular le subía por las piernas.

«Tiene razón», pensó Jae-won, cerrando los ojos con frustración. «Soy débil. Si alguien me reta a una pelea de verdad, estoy muerto. Ella sospecha. No soy lo suficientemente rápido, no sé cómo respirar, no sé cómo mover este cuerpo».

Se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano temblorosa. Miró hacia la calle vacía, tomando una decisión difícil, pero que era absolutamente necesaria.

Los tutoriales de internet no iban a salvarlo. Practicar en un granero tampoco. Necesitaba a alguien que supiera exactamente cómo pelear, alguien implacable, alguien que tuviera exactamente su misma complexión y su mismo alcance.

Necesitaba llamar a su copia exacta en Seúl. Y tendría que hacerlo cuanto antes.

La llamada al Halcón

A la mañana siguiente, Jae-won despertó sintiendo que le había pasado un camión de carga por encima. Cada músculo de sus piernas y abdomen gritaba de dolor ante el menor movimiento. Se sentó en el borde de la cama, frotándose la cara con las manos, y tomó su teléfono. Su primer instinto fue llamar a su doble de inmediato, pero, asumiendo que el chico de Seúl seguiría durmiendo, decidió esperar un par de horas.

A las nueve en punto, marcó el número.

Al tercer tono, la llamada conectó. Se escuchaba música electrónica de fondo y una respiración rítmica, ligeramente agitada. Era evidente que Daniel ya estaba entrenando en algún gimnasio de lujo.

—¿A qué le debo el honor tan temprano, príncipe? —preguntó Daniel, sin detener el paso sobre la cinta de correr.

—¿Estás ocupado? ¿Puedes hablar? —preguntó Jae-won. Su voz sonaba ronca y áspera.

—Habla. ¿Qué pasa? —respondió el otro, manteniendo su trote.



#940 en Otros
#178 en Acción
#321 en Thriller
#106 en Suspenso

En el texto hay: gemelos, bullying escolar, badboy peleas y dolor

Editado: 06.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.