El Halcón y el Heredero

Capítulo 26. Berrinches de Niña Rica y la Prueba de Tinta

El pasillo principal hervía con el ruido habitual del cambio de clases. Daniel estaba frente a su casillero metálico, sacando un par de libros gastados con pereza, cuando Yuna apareció de la nada. Pero esta vez no traía la caja de chocolates caros, ni la falda estratégicamente acomodada, ni esa sonrisa coqueta y ensayada.

Traía una cara de furia helada que habría asustado a cualquier otro chico de la escuela. Se había enterado de todo lo de la fiesta. De los besos. De Soyeon.

—Así que te gustan las universitarias fáciles —soltó Yuna, cruzándose de brazos bajo el pecho y bloqueándole el paso con una postura desafiante.

Daniel cerró su mochila, se recargó en los casilleros y la miró de arriba abajo, arrastrando una mirada cargada de aburrimiento absoluto. —¿Y tú quién se supone que eres? —preguntó, fingiendo que le costaba recordarla—. Ah, sí. La ruidosa del perfume barato.

—No te hagas el idiota conmigo —espetó Yuna, y su voz tembló ligeramente por el coraje reprimido—. Escuché perfectamente que te divertiste con una universitaria cualquiera en la fiesta de Min-jun. ¿Eso es lo que te gusta? ¿Mujeres vulgares y fáciles que se te ofrecen en bandeja de plata?

Daniel cerró la puerta metálica de su casillero con un golpe seco. Sin previo aviso, dio un paso al frente y se inclinó hacia ella, invadiendo por completo su espacio personal. La diferencia de altura y la anchura de sus hombros la envolvieron como una sombra.

Yuna no retrocedió ni un milímetro, aferrándose a su orgullo, aunque su corazón latía a mil por hora.

—Me gustan las mujeres de verdad, que saben exactamente lo que quieren y no hacen berrinches estúpidos en los pasillos —dijo Daniel, bajando la voz a un susurro grave y rasposo, casi rozando la nariz de la chica—. Tú no eres una mujer. Solo eres una niña rica y mimada que está haciendo un berrinche porque alguien le negó un maldito juguete nuevo.

Yuna apretó los dientes con tanta fuerza que le dolió la mandíbula. La humillación pública y una retorcida e inexplicable atracción peleaban a muerte dentro de su cabeza. El olor a cuero, a jabón y a puro peligro que emanaba de él la estaba volviendo loca.

—No soy una niña —susurró ella, levantando la barbilla, desafiante, con los ojos brillando de furia y determinación—. Y te voy a demostrar que soy mil veces más interesante y valiosa que esa estúpida de la fiesta. Te lo juro.

Daniel soltó una risa corta, seca y carente de cualquier emoción. Se separó de ella, colgándose la mochila al hombro con indiferencia. —Ponte a la fila—remató Daniel, dándole la espalda y dejándola plantada en medio del pasillo, hirviendo de rabia.

El Jaque Mate de Min-jun

A un par de pasillos de distancia, en la soledad de la biblioteca escolar, Min-jun estaba sentado en una mesa apartada. Tenía dos libretas abiertas frente a él.

La primera era el cuaderno de Historia de Daniel. Se lo había quitado esa misma mañana bajo la excusa de "revisar sus apuntes como su tutor personal", tragándose el orgullo para no levantar sospechas. La segunda libreta era un viejo trabajo de ciencias de hacía un año; le había costado diez mil wones sobornar a uno de los nerds del fondo de la clase para que se la consiguiera del archivo. Era un trabajo escrito a mano por el verdadero Jae-won.

Sung-ho estaba de pie junto a Min-jun, mirando a los lados con paranoia, asegurándose de que nadie los viera. —¿Y bien? —susurró Sung-ho, impaciente—. ¿Encontraste algo o solo estamos perdiendo el tiempo?

Min-jun no respondió de inmediato. Sus ojos iban de una página a la otra. Una sonrisa lenta, perversa y triunfal comenzó a estirarle los labios.

—Míralo tú mismo —dijo Min-jun, girando ambas libretas hacia su amigo.

Sung-ho se inclinó sobre la mesa. —El trabajo de ciencias... la letra de Jae-won es... pequeñita. Tímida. Redonda.

—Exacto —lo interrumpió Min-jun, tocando la hoja vieja con el dedo índice—. El viejo Jae-won escribía como un maldito ratón asustado. Presionaba el lápiz tan suave que apenas se marcaba el grafito en el papel. Incluso puedes ver cómo le temblaba el pulso en las letras largas.

Luego, Min-jun deslizó el cuaderno de Historia de Daniel hacia el centro. —Ahora mira los apuntes del cabrón que me amenazó la semana pasada.

Sung-ho abrió los ojos. La diferencia era abismal, como si pertenecieran a dos especies distintas. La escritura en el cuaderno de Historia era agresiva, puntiaguda, rápida. Los trazos eran tan fuertes que la punta del bolígrafo había dejado surcos profundos en el papel, casi rasgándolo. Era la caligrafía de alguien impaciente, dominante y lleno de ira reprimida.

—No se parecen en nada —murmuró Sung-ho, sintiendo que se le secaba la boca—. Ni siquiera la inclinación de las letras. Es como si...

—Es porque es otra puta persona, Sung-ho —sentenció Min-jun, recargándose en la silla con los brazos cruzados, saboreando su victoria intelectual—. La gente puede cambiar de peinado, puede ir al gimnasio y puede volverse un hijo de puta de la noche a la mañana. Pero la caligrafía y la presión motriz no cambian mágicamente en un mes. Es físicamente imposible.

—Además —continuó Min-jun, bajando aún más la voz, con los ojos brillando de pura malicia—, ¿sabes qué me contestó esta mañana cuando le hice una pregunta trampa? Me acerqué y le mencioné aquel supuesto campamento escolar de verano en la isla de Jeju, en nuestro primer año. Le pregunté si todavía le tenía terror al mar por aquella vez que casi se ahoga cuando lo tiramos del muelle.



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En el texto hay: gemelos, bullying escolar, badboy peleas y dolor

Editado: 06.04.2026

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