El cielo de Seúl se había cerrado por completo, dejando caer una lluvia fría y constante que limpiaba el denso smog de la capital pero ensuciaba los ánimos de los transeúntes. Daniel corría por la acera a paso constante. Llevaba una sudadera gris con la capucha levantada, empapada hasta las costuras, y los audífonos puestos, escuchando música.
Le gustaba correr bajo la lluvia. Era el único momento en que la gente desaparecía en sus casas, las calles se vaciaban y, por un breve instante, la ruidosa y asfixiante ciudad guardaba silencio.
Al pasar frente a un callejón oscuro, justo en el límite de una concurrida zona de bares, un grito ahogado logró filtrarse por encima de su música. Daniel redujo el paso y se detuvo, quitándose sus audífonos. Miró hacia la oscuridad del estrecho pasaje.
Tres hombres, tambaleándose por el exceso de alcohol, tenían acorralada a una chica joven contra la áspera pared de ladrillo.
—Vamos, linda, no tengas miedo —decía uno de ellos, agarrándola fuertemente por la muñeca y jalándola hacia su pecho—. Solo queremos conocerte un poco mejor. ¿Por qué no nos haces compañía un rato?
Los otros dos se reían con torpeza, bloqueando cualquier posible ruta de escape. La chica estaba pálida, temblando de puro terror bajo la lluvia.
Daniel frunció el ceño. Normalmente, su filosofía de vida era: no es mi problema. Pero sus instintos más primarios le gritaron que interviniera. Sin pensarlo dos veces, caminó hacia ellos, chapoteando pesadamente en los charcos oscuros.
—Suéltenla —dijo Daniel con una voz calmada.
Los tres borrachos se giraron torpemente. El que sostenía a la chica, un tipo corpulento con la cara enrojecida por el soju, soltó una carcajada burlona. —¿Y tú qué vas a hacer, niño bonito? —lo retó, escupiendo en el suelo—. Lárgate de aquí antes de que te partamos la cara.
Daniel no se detuvo. Siguió caminando hacia ellos con la misma cadencia, manteniendo las manos hundidas en los bolsillos de la sudadera. El hombre corpulento perdió la poca paciencia que le quedaba, soltó a la chica y lanzó un derechazo torpe y predecible directo a la cabeza del intruso.
Daniel simplemente inclinó el torso unos centímetros hacia la izquierda con una fluidez pasmosa. El puño pasó de largo, cortando el aire. En ese mismo segundo, Daniel contraatacó con un golpe corto y ascendente directo al plexo solar.
El impacto sonó como un tambor. El hombre cayó de rodillas al instante, tosiendo, escupiendo saliva y boqueando desesperado por un aire.
El segundo sujeto, al ver caer a su amigo, soltó un grito de furia y se abalanzó hacia adelante con los brazos abiertos. Daniel dio un paso lateral calculado, agarró al tipo por la solapa de su chaqueta mojada y usó el propio impulso del borracho para estrellarlo contra los pesados contenedores de basura.
El último hombre retrocedió un paso, aterrorizado. Viendo a sus dos amigos neutralizados en menos de diez segundos, agarró una botella de soju vacía del suelo y la rompió contra la pared. —¡Te voy a matar, infeliz! —gritó, lanzando un tajo ciego con el vidrio roto hacia el rostro de Daniel.
Daniel esquivó el ataque girando el cuerpo gracia. Aprovechando que el hombre había dejado todo su peso en la pierna delantera por el impulso, Daniel le conectó una patada baja y brutal, directamente en la rótula.
¡CRACK! El tipo soltó un alarido de dolor, soltó el cristal roto y se desplomó en el suelo, agarrándose la rodilla destrozada mientras se retorcía en un charco.
La precisión quirúrgica de Daniel hizo que a los otros dos se les bajara el alcohol de golpe.
—¡Lárguense! —rugió Daniel, dando un paso hacia ellos.
No hizo falta repetirlo. Los tres sujetos se levantaron como pudieron, cojeando y tropezando entre ellos, y salieron corriendo hacia la avenida principal, perdiéndose en la noche.
Daniel se giró hacia la chica. Ella seguía pegada a la pared de ladrillo, con los ojos muy abiertos, completamente en shock por lo que acababa de presenciar.
—¿Estás bien? —preguntó Daniel.
Ella asintió, abrazándose a sí misma. —G-gracias... —susurró, con la voz temblorosa—. Me salvaste la vida. No puedo creer lo que acaba de pasar. Te moviste como... como en una película.
Daniel desvió la mirada, visiblemente incómodo con la gratitud ajena. —Como sea. Vete a casa. No andes caminando sola por estos rumbos.
La acompañó en silencio hasta la avenida principal, donde las luces de los taxis iluminaban el asfalto. Una vez que la vio subir a un auto seguro, se dio la vuelta para seguir su camino nocturno, sin esperar ni pedir ningún tipo de recompensa.
El Entrenador Minc
—¡Oye, chico! ¡Espera un segundo!
Una voz rasposa y gruesa lo detuvo en seco. Daniel se giró lentamente. En la entrada de un viejo edificio comercial, bajo un toldo desgastado, un hombre de unos cincuenta y tantos años lo estaba observando. Llevaba una gorra plana bien calada, una chaqueta deportiva vieja y una toalla blanca al cuello. Sus ojos tenían esa profundidad afilada de alguien que ha visto demasiadas peleas en su vida.
—Salvaste a esa chica de esos tres tipos —dijo el hombre, asintiendo con la cabeza en señal de respeto—. Eres bueno. Yo estaba a punto de intervenir, pero vi que no hacía ninguna falta. Te encargaste de los tres tú solo, en menos de un minuto, y ni siquiera te despeinaste. ¿Practicas algún deporte de contacto?