Al día siguiente, Daniel llegó al gimnasio con ropa deportiva cara y una actitud de "vengo a matar". Se vendó las manos rápido y saltó al ring, tirando un par de golpes al aire, listo para la revancha.
—¿Dónde está Si-woo? —preguntó Daniel, buscando a su rival—. Quiero otro round. Hoy no se me va a escapar.
Minc, que estaba recargado en las cuerdas con una toalla al hombro, soltó una carcajada seca. —Bájate de ahí, "campeón". Tú no vas a tocar el ring en un mes.
Daniel se detuvo en seco. —¿De qué hablas? El trato era entrenar. Y entrenar es pelear.
—Entrenar es aprender —corrigió Minc, señalando un espejo enorme y sucio en la pared del fondo—. Vete allá. Hoy vas a aprender a pararte. Tu guardia parece de borracho de cantina.
Daniel bufó, frustrado, pero bajó del ring. Durante las siguientes dos horas, el "entrenamiento" fue una tortura mental para alguien tan hiperactivo y agresivo como él.
—¡Separa más las piernas! —gritaba Minc desde su silla—. ¡No, no tanto! Pareces una rana. Cierra los codos. Barbilla abajo.
Daniel estaba parado frente al espejo, simplemente manteniendo la postura de guardia. Le ardían los hombros de mantener los brazos arriba sin hacer nada. —Esto es estúpido —gruñó Daniel—. Ya sé pegar. Déjame golpear el saco al menos.
—Piensas que sabes, pero en realidad no—negó Minc, acercándose con una vara de bambú—. A ver, tira un jab. Daniel tiró un jab rápido. ¡ZAS! Minc le dio un varazo suave en el hombro derecho. —Te anunciaste. Echaste el hombro para atrás antes de tirar. Otra vez.
Daniel tiró otro jab. ¡ZAS! —Bajaste la mano izquierda. Otra vez.
Después de cien jabs y cien varazos, que no dolían, pero molestaban el orgullo; Daniel se sentía como un niño en preescolar aprendiendo a escribir la letra "A" cuando él ya sabía escribir cuentos de violencia.
—¡Basta! —bufó Daniel finalmente, tirando los guantes al suelo—. Ya me cansé de bailarle al espejo. Quiero sparring. Ponme a alguien. A quien sea. A ese chico de allá.
Señaló a un chico que golpeaba el costal torpemente.
Minc se puso serio. Caminó hacia Daniel y se paró frente a él. —¿Quieres sparring? —preguntó Minc—. Ok. Trata de tocarme el hombro.
—¿Qué? —Tócame el hombro. Si puedes tocarme una sola vez, te dejo hacer sparring.
Daniel sonrió. El viejo estaba loco. Lanzó un manotazo rápido hacia el hombro de Minc. Minc dio medio paso atrás y el golpe de Daniel cortó el aire. Daniel se molestó y tiró una combinación: izquierda, derecha. Minc, con las manos en la espalda, simplemente giraba la cintura, daba pasos laterales mínimos. Daniel no podía tocarlo. Parecía que el viejo era de humo.
Después de un minuto de tirar golpes al aire, Daniel estaba jadeando y Minc ni siquiera había sudado.
—¿Ves? —dijo Minc, tranquilo—. No tienes distancia. No tienes pies. Quieres correr antes de caminar.
Daniel se sentó en la banca, lleno de frustración y vergüenza. Estaba a punto de agarrar su mochila y largarse para siempre. —Al diablo con esto —murmuró—. No necesito técnica para romper dientes.
Si-woo, que había estado viendo todo mientras saltaba la cuerda, se acercó. Se sentó a su lado y tomó un trago de agua. —El viejo es desesperante, ¿verdad? —dijo Si-woo.
Daniel no contestó.
—A mí me tuvo dos semanas caminando en línea recta antes de dejarme tirar un golpe —continuó Si-woo—. Pero tiene razón. Tienes mucha potencia. Pero eres un coche deportivo con llantas de bicicleta. Si aceleras a fondo, te vas a estrellar.
Daniel lo miró de reojo. —¿Y a ti qué te importa?
—Me importa porque quiero pelear contigo otra vez —admitió Si-woo, sonriendo—. Cuando sepas boxear de verdad... vas a ser muy bueno. Y quiero ser el primero en probar qué tan fuerte pegas cuando no te anuncias.
Si-woo se levantó y le dio una palmada en la espalda. —No renuncies. A menos que quieras seguir siendo solo un perro callejero con suerte.
Daniel se quedó mirando sus vendas. La palabra "suerte" le picó. Odiaba depender de la suerte. Apretó los puños. Se levantó, caminó de regreso al espejo y se puso en guardia. —Barbilla abajo, codos cerrados... —murmuró, empezando de nuevo.
Minc, desde su oficina, sonrió levemente. El chico tenía ego, pero también tenía hambre. Y eso era lo único que no se podía enseñar.
Sombras en el Aula
El reloj del salón de clases avanzaba con una lentitud exasperante. Sentado en su pupitre cerca de la ventana, Daniel giraba un lápiz entre sus dedos con destreza. Sus hombros y su espalda baja latían con un dolor sordo y constante. No era el dolor agudo de una pelea callejera, sino el ardor profundo de haber pasado horas enteras la tarde anterior frente a los espejos del Gimnasio "El Toro", repitiendo la postura básica de guardia y el jab hasta que sintió que los brazos se le iban a caer.
Minc no lo había dejado subir al ring ni acercarse a los costales. «Primero aprendes a pararte, luego aprendes a caminar, y después, si no te rindes, te enseño a golpear», le había dicho el viejo.
Inconscientemente, Daniel dejó caer el lápiz, levantó ligeramente el puño derecho y rotó la muñeca en el aire, corrigiendo el ángulo de su golpe en un movimiento casi imperceptible.