El receso del mediodía estaba en su apogeo. Jae-won caminaba por la parte trasera del edificio de talleres, seguido por Do-yun, cuando sus pasos se detuvieron en seco.
Cerca de los botes de basura, tres secuaces de su propia pandilla tenían acorralado a Ji-hun. Uno de ellos, un tipo alto con una cicatriz en la ceja, empujaba al niño por el hombro exigiéndole dinero.
El estómago de Jae-won se hizo un nudo. Mierda, pensó. Hace apenas unos meses, en Seúl, él habría sido el chico acorralado, bajando la mirada y suplicando a Min-jun y a sus secuaces que lo dejaran en paz. La empatía no le dejaba pasar de largo, pero el terror de ser descubierto era igual de fuerte. Fingir ser el tirano intocable de Goseong era agotador, un acto de equilibrismo constante donde un paso en falso lo delataría frente a Do-yun.
Tragó saliva, forzando a sus pulmones a llenarse de aire. Recordó la expresión de aburrimiento y desprecio de su copia en Seúl. Tenía que intervenir. No solo porque era lo correcto, sino porque le había dado su palabra a la Mamba Negra, y no pensaba fallarle a la única chica que le importaba.
—Te dije que la cuota subió, niño —burló el tipo de la cicatriz sin notar que Jae-won se acercaba—. Saca el dinero de tu almuerzo o te juro que...
—¿O le juras qué? —La voz grave y cargada de una autoridad cortó el aire.
Los tres matones soltaron a Ji-hun, inclinando la cabeza en una reverencia rápida. —¡Jefe! —saludaron al unísono.
Jae-won avanzó a paso lento, con las manos en los bolsillos. Por dentro, el corazón le latía fuerte.
—Creo recordar —dijo Jae-won, arrastrando las palabras con una lentitud peligrosa—, que di una orden muy clara de que este chico era invisibles para nosotros. ¿Acaso me equivoco, Do-yun?
Do-yun se encogió de hombros, mirando al secuaz con lástima. —El jefe dio la orden hace semanas. Tienes mala memoria, imbécil.
El tipo de la cicatriz tartamudeó una excusa patética sobre recaudar fondos, argumentando que Ji-hun no era parte de la pandilla.
Jae-won sabía que tenía que castigarlo. Dejarlo ir sin un escarmiento destrozaría su fachada frente a Do-yun y los demás.
Recordó las frías lecciones de su doble en la pista de Suwon. El centro de gravedad. La precisión.
Sin decir una palabra más, Jae-won sacó la mano derecha del bolsillo, acortó la distancia en un parpadeo, giró la cadera y hundió su puño directamente en el plexo solar del matón.
El impacto fue seco y contundente. El chico de la cicatriz abrió los ojos de par en par, perdiendo todo el aire de los pulmones en un siseo ahogado. Sus rodillas cedieron al instante y cayó de rodillas, abrazándose el estómago mientras boqueaba desesperadamente como un pez fuera del agua.
Jae-won lo miró desde arriba. Forzó a su rostro a mantenerse como una máscara impasible, aunque por debajo de la manga, sus propios nudillos temblaban levemente por la descarga de adrenalina.
—Aquí nadie respira, nadie cobra y nadie toca a nadie sin mi permiso —sentenció Jae-won—. Si vuelves a ignorar una orden mía, te romperé los dedos uno por uno. ¿Quedó claro?
—¡S-sí, jefe! ¡Clarísimo! —chilló el matón, luchando por respirar.
Jae-won se giró hacia Ji-hun, que lo miraba con una mezcla de terror y asombro, y le hizo un gesto seco con la cabeza. —Vete de aquí.
Esa misma noche, en la pequeña y modesta cocina de su departamento, Ye-rin servía la cena en silencio. Ji-hun estaba sentado a la mesa, moviendo el arroz de su tazón con los palillos, extrañamente callado.
—¿Qué tienes? —preguntó Ye-rin, sentándose frente a él—. Has estado raro desde que llegaste. ¿Problemas en la escuela?
Ji-hun levantó la vista, dudando un segundo antes de soltar la sopa. —Hoy... hoy casi me quitan mi dinero del almuerzo. Unos tipos de segundo de la pandilla del Halcón.
Ye-rin tensó la mandíbula al instante, sintiendo que la sangre le hervía. Había hecho un trato con el maldito Halcón precisamente para evitar esto. Si él la había engañado para sacarle clases gratis, se iba a arrepentir.
Soltó los palillos sobre la mesa. Estuvo a punto de levantarse para ir a buscar su chaqueta, cuando su hermano continuó hablando apresuradamente.
—¡Pero no me hicieron nada! —aclaró Ji-hun—. El Halcón apareció de la nada. Yo pensé que me iba a ir peor, porque venía con Do-yun. Pero se enojó muchísimo con sus propios secuaces. Les dijo que yo era intocable.
Ye-rin volvió a sentarse lentamente. —¿Él... él hizo eso?
—Sí. Y luego... —Ji-hun tragó saliva, recordando la escena—. Uno de ellos intentó excusarse y el Halcón lo tiró al piso de un solo golpe en el estómago. Lo dejó sin poder respirar. Fue aterrador, pero... me defendió, noona. Cumplió lo que sea que haya ordenado.
Ye-rin miró su plato de arroz, sintiendo un revuelo en el estómago que la descolocó por completo. El odio que había alimentado durante tanto tiempo contra el rey de Goseong chocó violentamente contra la realidad.
El chico arrogante, el mismo que días antes había aguantado el dolor del alcohol en sus heridas sin quejarse, había puesto en su lugar a su propia gente solo para proteger a la familia de ella. Había mantenido su palabra. Y Ye-rin supo, con una certeza que la próxima vez que lo viera en el gimnasio, ya no podría mirarlo con los mismos ojos.