La brisa fría de la tarde soplaba con fuerza en la azotea del edificio de la Escuela Agrícola. Ese era el cuartel general indiscutible del Halcón. Desde ahí arriba, se podía ver todo el patio y a los estudiantes caminando como pequeñas hormigas.
Toda la cúpula de la pandilla estaba reunida. Kang-dae "Puños de Acero" estaba sentado sobre una vieja unidad de aire acondicionado, tronándose los nudillos; el grandulón de Tanque comía unas papas fritas en silencio; y Chul-soo, el informante, se mantenía cerca de la puerta, nervioso. En el centro de todos, con los brazos cruzados y el ceño fruncido de costumbre, estaba Do-yun.
Jae-won estaba de pie en la orilla de la azotea, dándoles la espalda, mirando hacia el horizonte. Llevaba su chaqueta de cuero negra, la armadura de su doble. Respiró hondo, controlando el latido acelerado de su propio corazón. Iba a cambiar las reglas del juego.
Se giró lentamente y miró a sus "súbditos" con una expresión indescifrable.
—Los mandé llamar porque a partir de mañana, las cosas en esta escuela van a cambiar —anunció Jae-won. Su voz sonó profunda y tranquila, pero con un filo que exigía atención absoluta—. Se acabaron las cuotas. Se cancela la recolección de dinero en los pasillos, el cobro por protección y el robo de consolas o teléfonos. A partir de este momento, queda estrictamente prohibido extorsionar a cualquier estudiante de esta escuela.
El silencio pesado cayó sobre la azotea. Kang-dae dejó de tronarse los dedos. Al Tanque se le cayó una papa frita de la boca. Chul-soo se ajustó los lentes, creyendo que había escuchado mal.
Do-yun fue el primero en reaccionar. Dio un paso al frente, con el rostro torcido en una mezcla de confusión y frustración táctica.
—Daniel... espera un segundo. ¿Estás hablando en serio? —preguntó Do-yun, midiendo sus palabras, pero incapaz de ocultar su desacuerdo—. Si cancelamos la recolección, te vas a quedar sin tu ingreso extra. La banda se va a quedar sin dinero para moverse.
Jae-won no parpadeó. Sostuvo la mirada de su segundo al mando, dejándolo hablar.
—Pero el dinero es lo de menos —continuó Do-yun, gesticulando con las manos—. Daniel, si no los apretamos, si no les cobramos el derecho de piso, nos van a perder el respeto. El miedo es lo que mantiene a todos esos idiotas agachados. Cobrarles es nuestra forma de mostrarles quién manda aquí, de ejercer control. Si dejas de pisarlos, van a empezar a levantar la cabeza.
Jae-won dio unos cuantos pasos hacia el centro de la azotea, acercándose a Do-yun. Su lenguaje corporal era tan seguro y dominante que el propio Do-yun tuvo que resistir el instinto de dar un paso hacia atrás.
—¿Respeto? —Jae-won soltó una risa seca, desprovista de humor—. Extorsionarle un puñado de billetes arrugados a los debiluchos que lloran de miedo no te da respeto, Do-yun. Te hace ver como un pandillero callejero desesperado por las sobras.
Paseó la mirada por todos los miembros de la pandilla, asegurándose de que el mensaje entrara en cada uno de ellos.
—El verdadero poder no necesita robarle el almuerzo a los débiles para demostrar que existe —sentenció Jae-won, elevando el tono de voz para que resonara en la azotea—. Somos los dueños de este maldito lugar. Somos los depredadores en la cima de la cadena alimenticia, no un montón de ratas recogiendo monedas del suelo.
Se detuvo frente al Tanque y luego volvió la vista a Do-yun.
—Vamos a ganarnos el respeto de esta escuela, sí, pero no por el miedo barato a que les quitemos sus mochilas. Lo haremos por medio del liderazgo, la fuerza absoluta y la justicia. Si alguien en esta escuela va a gobernar, seré yo. Y yo decido que bajo mi mandato, hay orden. Quien se atreva a tocar a un estudiante normal para quitarle su dinero, se las verá conmigo personalmente. ¿Fui claro?
La mirada de Jae-won era tan intensa, tan llena de una convicción aplastante, que nadie en la azotea se atrevió a cuestionarlo. Kang-dae y el Tanque asintieron lentamente, impresionados por esa nueva filosofía de "superioridad".
Incluso Do-yun, el cerebro del grupo, bajó la mirada, derrotado por el aura de autoridad que emanaba su jefe. —Quedó claro, Daniel. Las cuotas se cancelan. Yo daré el aviso a las divisiones inferiores hoy mismo.
Jae-won asintió con lentitud y volvió a darse la vuelta hacia el borde del techo, ocultando el inmenso suspiro de alivio que amenazaba con escapar de su pecho.
Lo había logrado. Nadie se atrevió a cuestionar la decisión del Rey. Mientras el viento le sacudía el cabello, Jae-won sonrió para sí mismo, sintiendo una chispa de verdadero orgullo.
Ese no había sido un triunfo de los puños de Daniel; había sido un triunfo de su propia voluntad.
Había dado su primer paso importante en su plan maestro: dejar de ser un tirano para convertirse en un Rey justo.
El Fantasma del Pasado
Unos días después, el receso estaba por terminar. Jae-won caminaba por el pasillo principal del edificio, escoltado como siempre por Do-yun y un par de chicos más de su pandilla. La multitud de estudiantes se abría a su paso, bajando la mirada. Jae-won ya se estaba acostumbrando a esa sensación.
De pronto, uno de los secuaces de menor rango, un chico delgado de segundo año, se acercó a Do-yun y le susurró algo al oído. Do-yun asintió y se giró hacia Jae-won.