El lunes por la noche, el viejo gimnasio se sintió más vacío que nunca.
Jae-won había llegado puntual, esperando ver a Ye-rin sentada en las colchonetas con su habitual actitud sarcástica. El jueves pasado habían acordado mover el entrenamiento para el lunes, porque el martes Ye-rin estaría ocupada con un compromiso.
Calentó durante veinte minutos. Luego golpeó el saco de boxeo durante una hora. Se detuvo, bebió agua y miró la pesada puerta metálica.
Pasaron dos horas. Ye-rin nunca llegó.
A la mañana siguiente, Jae-won en lugar de tomar su ruta habitual hacia la escuela, salió más temprano de la casa de su tía y desvió su camino hacia el vecindario de la chica. Quería pensar que solo había sido una coincidencia, que tal vez había olvidado de que movieron el entrenamiento para el lunes, o tal vez tuvo algo importante que hacer o había tenido que ayudar a su hermano con alguna tarea.
A las siete y media, la vio salir por la puerta de su modesta casa. Llevaba el uniforme escolar impecable, la mochila al hombro y la mirada fija al frente.
Jae-won sintió un alivio momentáneo, y acortó la distancia entre ellos.
—Ye-rin —la llamó, levantando una mano en un saludo casual mientras se acercaba—. Oye, yo...
Ella se detuvo a medias. Giró el rostro hacia él, pero en el instante en que sus ojos oscuros se encontraron con los de Jae-won, el chico sintió que le atravesaban el pecho con una estaca de hielo.
No había odio en su mirada, ni la burla juguetona de la última vez. Había una indiferencia absoluta y gélida. Era la mirada que se le da a un completo extraño en la calle.
—Hola, Halcón —respondió ella, con un tono de voz tan plano y distante que lo descolocó por completo.
Sin añadir una sola palabra más, Ye-rin reanudó su marcha, apretando el paso por la acera de concreto.
Jae-won parpadeó, confundido, y tuvo que trotar un par de pasos para alcanzarla. —Espera, ¿a dónde vas con tanta prisa? —preguntó, caminando a su lado e intentando leer su expresión, pero el perfil de la chica era una máscara impenetrable—. Ayer te estuve esperando en el gimnasio, pero no viniste. Pensé que te había pasado algo. ¿Estás bien?
—Estoy perfectamente bien —respondió ella, sin molestarse en mirarlo, manteniendo un ritmo acelerado que obligaba a Jae-won a caminar rápido para no quedarse atrás—. Tuve cosas más importantes que hacer.
—¿Cosas más importantes? —Jae-won frunció el ceño. El cambio drástico de actitud le estaba dando un latigazo mental—. Pensé que teníamos un trato. Todavía necesito mejorar mi guardia cuando pateo y...
—Ya no me necesitas ahí —lo interrumpió Ye-rin, con una voz práctica y cortante—. Ya dominas las patadas altas. Tienes la fuerza suficiente y tu equilibrio mejoró lo necesario para que no hagas el ridículo si alguien te reta. Te enseñé todo lo básico.
—¿Qué? No, espera. Todavía hay cosas que...
—A partir de ahora, puedes patear los sacos tú solo —sentenció ella, acelerando aún más el paso al ver la parada del transporte público a unos cuantos metros de distancia—. No hace falta que siga perdiendo mi tiempo cuidándote las espaldas. Tienes buena memoria muscular, solo repite lo que hicimos y ya está. El trato se acabó.
Jae-won sintió un nudo extraño en el estómago. ¿Fin del trato? Hace apenas 3 días estaban bromeando en las colchonetas y no hubo ni una platica sobre el fin de trato. Ahora lo estaba despachando como si fuera un trámite burocrático molesto.
Alargó la mano por instinto, intentando detenerla. —Mamba, escúchame un segundo. ¿Hice algo mal? Si es por la arrogancia de la otra vez, te dije que...
—No me toques —advirtió Ye-rin, esquivando su mano con un movimiento rápido y ágil, clavando finalmente sus ojos en él.
Jae-won se congeló. El desprecio en esa sola mirada fue tan intenso que le cortó la respiración. Pero antes de que pudiera preguntar qué demonios estaba pasando, el rugido de un motor pesado inundó la calle.
El autobús se detuvo exactamente frente a ellos con un chirrido de frenos. Las puertas plegables se abrieron.
Ye-rin no dudó ni un segundo. Subió los escalones rápidamente y caminó hacia el fondo del pasillo sin mirar atrás ni una sola vez.
Las puertas se cerraron con un siseo neumático, y el gran vehículo se alejó envuelto en una nube de escape, dejando a Jae-won completamente solo en la acera y en un mar de dudas.
El Pacto de las 72 Horas
La noche había caído sobre Goseong. En su pequeña habitación, Jae-won miraba el calendario colgado en la pared. Los dos meses de extensión que había pedido habían llegado a su fin. Sumados al mes original, llevaba un cuarto de año viviendo la vida de su doble.
Respiró hondo y marcó el número.
Al otro lado de la línea, Daniel contestó al segundo tono. El sonido de un videojuego de disparos resonaba de fondo.
—¿Qué pasa, principito? ¿Ya no puedes esperar para volver a Seúl? —saludó Daniel, arrastrando las palabras con su habitual tono de aburrimiento y suficiencia—. Dime que ya empacaste tus cosas de granjero. El chofer puede recogerte en la estación de Suwon mañana al mediodía.