Miércoles por la tarde. El sol comenzaba a bajar, proyectando sombras largas sobre la acera frente a la entrada principal de la Escuela Agrícola de Goseong.
En dirección opuesta a los portones, Ye-rin avanzaba con paso firme.
Al divisar la silueta del Halcón saliendo del plantel, su mandíbula se tensó al instante. El recuerdo de la escena en el callejón oscuro, con él acorralado y besándose con So-min, cruzó su mente como un relámpago doloroso.
A medida que la distancia entre ellos se acortaba, Do-yun, que caminaba un paso detrás de su jefe, se tensó. Reconoció de inmediato a la chica que había noqueado a uno de sus hombres meses atrás. Iba a dar un paso al frente para interceptarla, pero Daniel levantó una mano, deteniéndolo sin dejar de caminar.
Daniel la había visto.
Una sonrisa ladeada apareció en su rostro. Recordaba a la "gatita". Recordaba el silbido que le había lanzado cuando pateó a su secuaz.
«Vaya...», pensó Daniel, divertido al ver la mirada asesina de la chica. «La hermanita del patético Ji-hun sigue creyéndose ruda. A ver si esta vez sí me ofrece algo interesante».
Se detuvieron a escasos dos metros de distancia, justo en medio de la acera.
—Vaya, vaya —sonrió Daniel—. Si es la campeona de las causas perdidas. ¿Tu hermanito volvió a perder su dinero para el almuerzo, o esta vez vienes a pedirme autógrafos?
Ye-rin lo fulminó con la mirada. Pero entonces, algo en su cerebro hizo clic.
Ella lo había tratado con una frialdad absoluta ayer por la mañana, dejándolo con la palabra en la boca en la parada del autobús. Esperaba que él estuviera confundido, ofendido, o tal vez incluso un poco defensivo si ella le reclamaba por lo de So-min.
Pero la mirada que Daniel le estaba dando era la misma mirada arrogante acompañada con sonrisa burlona de su primer encuentro. No había confusión en sus ojos, ni rastro de la vulnerabilidad que el chico del gimnasio le había mostrado apenas ayer.
Además, su postura era perfecta, relajada, llena de una confianza arrogante que el chico del gimnasio, a pesar de sus tres meses de esfuerzo, aún no lograba dominar por completo.
—Estuve esperándote el lunes —soltó Ye-rin de golpe, su voz saliendo más afilada de lo que pretendía, lanzando el cebo para probarlo—. Tuviste suerte de que no te rompiera las piernas por hacerme perder mi tiempo en ese gimnasio lleno de moho.
Daniel parpadeó. Una, dos veces. La sonrisa burlona en su rostro fue reemplazada por una confusión genuina e instantánea.
«¿Gimnasio? ¿Lunes?», pensó Daniel. Su mente trabajó a mil por hora. «Ese maldito principito de Jae-won... ¿En qué demonios se metió con esta loca?».
Daniel la miró fijamente a los ojos, como si intentara leer sus pensamientos, evaluando el riesgo. Si abría la boca de más, su tapadera se iría a la basura.
Ye-rin notó perfectamente el desconcierto del chico. Analizó sus ojos obsesivamente. Eran idénticos en color y forma. Pero la mirada de su compañero de entrenamiento, incluso cuando fingía ser el rey de la escuela, tenía una tensión latente, un esfuerzo constante por mantener la fachada.
Los ojos de este Daniel, en cambio, eran puro hielo, pura soberbia garantizada de fábrica. No había esfuerzo en él; le salía muy natural.
«Este es el verdadero Halcón... Pero entonces, ¿quién carajos es él chico a quien he estado entrenando?», pensó Ye-rin, sintiendo que un escalofrío revelador le recorría la columna vertebral.
Daniel, dándose cuenta de que la chica lo estaba escudriñando con demasiada atención y sin querer delatar el intercambio con su doble, decidió que lo mejor era la retirada táctica.
—Lo que sea —dijo Daniel, dándole la espalda, cortando la tensión con un bostezo fingido—. Do-yun, tengo hambre. Vamos por algo de comer.
—¿Lunes? —le preguntó Daniel a Do-yun, mientras se alejaban a paso tranquilo —. ¿Yo fui a un gimnasio el lunes?
Do-yun se encogió de hombros, rascándose la nuca.
Ye-rin permaneció inmóvil. La brisa de la tarde le movió el cabello, pero ella se quedó plantada ahí, analizando la interacción que acababa de tener.
Ese no era el chico con el que había entrenado durante tres semanas. Definitivamente no. El que la miró a los ojos mientras le curaba la herida, el que cargó las cajas de la tía aguantando sus desplantes... ese era uno.
Y este... este era el monstruo del pasado. El verdadero Halcón de Goseong.
De pronto, las piezas encajaron en su mente brutalmente. Si el chico que tenía enfrente era el verdadero tirano, eso significaba que el chico del callejón con So-min debía ser este mismo bastardo. Encajaba perfectamente: So-min y el verdadero Halcón eran tal para cual, dos reyes tóxicos devorándose mutuamente.
El chico del gimnasio, el que no sabía patear, el que le agradeció por ayudarlo... era un impostor. Alguien diferente. Y, para su inmenso alivio, alguien que no se estaba besuqueando con la reina de la escuela.
Ella era la Mamba Negra. Sabía leer a sus oponentes mejor que nadie. Y el oponente que acababa de pasar por su lado no era el mismo que le había robado el aliento en el gimnasio.