Ese jueves por la tarde, la puerta principal de la mansión se abrió. Jae-won entró, quitándose los zapatos en la entrada.
Su postura era diferente a la de hace unos meses; su tiempo en Goseong, haciendo calistenia y enfrentando el estrés de liderar una pandilla, le había dado una nueva firmeza en los hombros. Sin embargo, su mirada seguía siendo la de siempre: analítica y tranquila.
—Ya llegué, mamá —anunció, dejando su mochila a un lado.
Ji-eun salió de la cocina. Tenía las manos entrelazadas y una sonrisa un poco tensa. En el bolsillo de su delantal, sus dedos rozaban el pequeño frasco de gas pimienta. Se sentía ridícula por tenerlo ahí. Muy en el fondo, su instinto de madre le decía que los chicos que la visitaron esa mañana estaban exagerando o mintiendo, pero la semilla de la duda que Min-jun había plantado era demasiado ruidosa como para ignorarla por completo. Necesitaba apagarla.
—Hola, cariño. ¿Qué tal la escuela? —preguntó Ji-eun, acercándose un par de pasos.
—Igual que siempre, mamá —respondió Jae-won, notando de inmediato la tensión en el rostro de la mujer—. ¿Pasa algo? Te ves pálida.
Ji-eun tragó saliva y forzó una pequeña risa nerviosa. —No, no es nada. Es solo que... estaba recordando algunas cosas de cuando eras más pequeño. Limpiando unos cajones me acordé de la casa vieja. —Hizo una pausa, mirándolo fijamente a los ojos—. Hijo... ¿te acuerdas de cómo se llamaba el perro que teníamos en esa época? El cachorro dorado que se escapó cuando tenías ocho años.
Jae-won frunció el ceño, genuinamente confundido por la extraña pregunta. La miró un par de segundos, y luego una sonrisa cálida y familiar suavizó su rostro.
—Mamá, ¿de qué hablas? Nosotros nunca tuvimos un perro dorado —respondió Jae-won con total naturalidad—. Teníamos un gato que se llamaba Nabi. Y no se escapó, falleció de viejo cuando yo tenía diez años. Lloré por dos días seguidos. ¿Por qué me preguntas eso de repente?
Ji-eun sintió que un peso enorme se levantaba de su pecho. El alivio fue tan inmenso que las lágrimas acudieron a sus ojos. Sacó la mano del bolsillo, olvidándose por completo del gas pimienta, y acortó la distancia para abrazar a su hijo con fuerza.
Ese era su Jae-won. Su voz, sus recuerdos, su calidez. Las horribles teorías de un doble, un impostor o un psicópata se esfumaron en el aire.
—Lo siento... es que hoy tuve una visita muy extraña —confesó Ji-eun, separándose un poco y limpiándose una lágrima—. Vinieron dos compañeros tuyos. Min-jun y... no me acuerdo del nombre del segundo.
Al escuchar eso, Jae-won se tensó de inmediato, pero mantuvo la expresión neutral. —¿Qué te dijeron?
—Me dijeron cosas horribles. Que habías cambiado, que estabas muy agresivo, que no recordabas el pasado... Incluso insinuaron que podrías no ser tú. Estaban muy insistentes en que te hiciera una pregunta de tu infancia para comprobarlo.
Jae-won apretó la mandíbula. Su mente analítica ató los cabos en un segundo. Seguramente Min-jun había notado algo en Daniel y, al no poder probarlo en la escuela, había decidido atacar cobardemente a su madre.
—Mamá, escúchame bien —dijo Jae-won, tomando las manos de Ji-eun con firmeza, mirándola con una serenidad que la tranquilizó por completo—. Esos dos nunca han sido mis amigos. Son unos idiotas a los que les gusta hacer bromas pesadas y de muy mal gusto. Seguramente están aburridos.
—¿Una broma? Pero se veían tan preocupados...
—Es puro teatro —mintió Jae-won sin inmutarse—. Solo querían asustarte para reírse a mis espaldas. No les hagas caso, y si vuelven a pararse por aquí, no les abras la puerta. Yo hablaré con ellos mañana en la escuela para que dejen de molestar.
Ji-eun asintió, completamente convencida. —Qué niños tan crueles. Me dieron un susto terrible. Tienes razón, mantente alejado de ese tipo de personas, cariño.
La Promesa del Viernes
Más tarde, encerrado en la privacidad de su habitación, Jae-won sacó su teléfono y marcó el número de su doble.
Al tercer tono, la voz áspera de Daniel contestó. —¿Qué pasa, cerebrito? Pensé que teníamos un acuerdo de no llamarnos en estos tres días a menos que fuera una emergencia.
—Es una emergencia táctica —respondió Jae-won, sentándose en el borde de su cama, con la mirada fija en la pared—. Min-jun y Sung-ho vinieron a la casa hoy por la mañana, mientras yo estaba en la escuela. Hablaron con mi madre.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Daniel volvió a hablar. —¿Qué carajos querían?
—Le dijeron que sospechaban que yo, o tú más bien, eras un impostor. La asustaron y le pidieron que te pusieran a prueba con recuerdos de la infancia para desenmascararte. Fue un buen plan, debo admitirlo.
—¡Hijos de puta! —estalló Daniel, y Jae-won pudo escuchar el sonido de algo pateado con fuerza al otro lado del teléfono—. Esos pedazos de mierda me la van a pagar el lunes cuando los vea en los pasillos. Les voy a arrancar la cabeza y se las voy a dar de comer a los perros.
Jae-won miró por la ventana hacia las luces de la ciudad de Seúl. Su pulso estaba tranquilo. El miedo que alguna vez le tuvo a esos dos matones de preparatoria había sido reemplazado por un desprecio absoluto y una determinación de hierro.