El Halcón y el Heredero

Capítulo 35. Su Majestad en la Caja Registradora

Eran las once de la noche. El zumbido constante de los refrigeradores era el único sonido en la tienda de conveniencia. Detrás del mostrador, Jae-won fruncía el ceño, enfrascado en una batalla a muerte con el escáner de códigos de barras, que se negaba a registrar un paquete de chicles.

Llevaba su impecable chaleco azul chillón abrochado hasta arriba.

De pronto, el timbre electrónico de la puerta soltó una melodía alegre.

—¡Te digo que el Tanque se comió tres platos de cerdo picante él solo, el maldito animal! —resonó una voz ronca y familiar en el pasillo.

Jae-won se congeló. Mierda. Reconoció la voz de Kang-dae al instante.

Y no venía solo. Unos segundos después, Kang-dae, Chul-soo y Do-yun doblaron por el pasillo de las botanas, riendo a carcajadas y cargando varios tazones de ramen instantáneo y bebidas energéticas. Venían con la guardia baja, hablando del entrenamiento de la tarde.

Do-yun fue el primero en caminar hacia la caja registradora, sacando un par de billetes arrugados de su bolsillo.

—Cóbramelo todo junto, por fa... —empezó a decir Do-yun, levantando la vista hacia el empleado.

Las palabras murieron en el aire.

Los billetes se le resbalaron de los dedos. A su lado, Kang-dae abrió tanto los ojos que parecían a punto de salirse de sus órbitas. El paquete de ramen que llevaba Chul-soo se deslizó de sus manos y cayó al piso con un golpe sordo.

El silencio que siguió fue pesado.

Ahí estaba él. El Halcón. El tirano intocable de Goseong. Su jefe. Llevaba un ridículo chaleco azul con el logo de un pingüino sonriente, sosteniendo un escáner láser de luz roja como si fuera un arma de fuego.

Do-yun parpadeó. Su cerebro se negaba a procesar la imagen. —¿J... Jefe? —tartamudeó.

El corazón de Jae-won latía tan fuerte que temió que los tres pandilleros pudieran escucharlo. El pánico le subió por la garganta. Si demostraba vergüenza, si bajaba la mirada un solo segundo, su fachada entera, su imperio de mentiras, se derrumbaría ahí mismo.

Recordó las lecciones del verdadero Daniel. La arrogancia absoluta.

Jae-won enderezó la postura, apoyó ambas manos sobre el mostrador y los miró con la misma mirada arrogante de siempre, como si el chaleco de pingüino fuera una capa de armadura bañada en sangre.

—¿Hay algún problema con tu vista, Do-yun? —arrastró Jae-won las palabras.

—No... no, Halcón, yo solo... es que... —Do-yun tragó saliva, señalando el chaleco—. Tú... estás cobrando ramen.

Un par de metros más atrás, reorganizando el exhibidor de cigarrillos, Ye-rin se mordió el interior de la mejilla con tanta fuerza que casi se sacó sangre. Estaba apretando los puños, temblando por el esfuerzo sobrehumano de no estallar en carcajadas. El rey de la escuela estaba contra las cuerdas. Quería ver cómo demonios iba a salir de esta.

Jae-won chasqueó la lengua, mirándolos con decepción fingida.

—Tienen una visión tan limitada —gruñó Jae-won, improvisando la excusa más retorcida que su cerebro estresado pudo fabricar—. Por eso ustedes son los perros y yo soy el dueño. ¿Creen que el poder solo se trata de golpear idiotas en los pasillos? El que controla el comercio nocturno de Goseong, controla a la gente, la información y las calles.

—Me aburría no hacer nada en las noches —continuó Jae-won, pasando el ramen de Do-yun por el escáner con un BEEP—. Extorsionar era un juego de niños. Decidí infiltrarme en la cadena alimenticia desde abajo. Quería ver de cerca a la escoria que camina por mi territorio cuando el sol se oculta. Y mírenlos... ustedes fueron los primeros en caer.

Kang-dae asintió, maravillado. —¡Infiltración táctica! —susurró el chico, mirándolo con un respeto renovado—. El jefe siempre está tres pasos adelante. ¡Es un genio!

—Increíble... —secundó Chul-soo, recogiendo su ramen del suelo.

Ye-rin soltó un sonido extraño, parecido al de un motor ahogado. Tuvo que agacharse detrás del mostrador de chicles, tapándose la boca con ambas manos, roja del esfuerzo por contener la risa.

Jae-won le lanzó una mirada fulminante de reojo, pero se mantuvo firme en su papel frente a sus secuaces. Terminó de escanear los productos y golpeó la pantalla de la caja.

—Son quince mil wones. Y más les vale que dejen impecable la mesa de allá afuera si van a comer aquí, o mañana los hago correr hasta que vomiten. ¿Entendido?

—¡Sí, jefe! —gritaron los tres al unísono.

Dejaron el dinero exacto sobre el mostrador, tomaron sus cosas y salieron de la tienda.

En cuanto la puerta se cerró, Ye-rin ya no pudo más. Se dejó caer sentada en el suelo, detrás del mostrador, y estalló en una carcajada limpia, sonora y contagiosa que llenó toda la tienda.

—¡Infiltración táctica! —jadeó Ye-rin entre risas, agarrándose el estómago, con lágrimas asomándose en los ojos—. ¡Ay, Dios mío, eres un cínico de primera! ¡Se tragaron el cuento del rey del comercio!

Jae-won se arrancó la etiqueta con el nombre del pecho y la arrojó al mostrador, soltando todo el aire de golpe, apoyando la frente contra la fría máquina registradora.



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En el texto hay: gemelos, bullying escolar, badboy peleas y dolor

Editado: 07.06.2026

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