El Halcón y el Heredero

Capítulo 36. Ecuaciones y Triunfos

La pequeña bodega de la tienda de conveniencia se había convertido en su aula improvisada.

Eran las siete de la mañana, una hora antes de su turno.

Jae-won había acomodado su laptop sobre un par de cajas de cartón volteadas. En la pantalla, el prestigiado profesor Kang —uno de los mejores y caros tutores de todo Seúl— sudaba frío intentando mantener su reputación intacta mientras seguía el ridículo guion que le habían pagado por actuar.

—Entonces... —decía el profesor Kang, frotándose las sienes con frustración reprimida—, si despejamos la variable, la raíz cuadrada pasa al otro lado. Es... es un concepto muy sencillo.

Frente a la pantalla, las caras de Jae-won y Ye-rin eran un poema trágico.

Ambos estaban inclinados sobre la mesa, con los ojos entrecerrados y los lápices suspendidos en el aire.

Ye-rin se mordía el labio con tanta fuerza que casi se sacaba sangre, mientras que Jae-won sentía que el cerebro se le derretía y le salía por las orejas.

—Profesor... —murmuró Jae-won, intentando sonar con la voz grave de Daniel, aunque sonaba más bien a una súplica—. ¿Podría repetir esa última parte? Desde donde dividió por cero.

El profesor Kang infló las mejillas, a punto de explotar y gritarles que eran un par de idiotas, pero entonces recordó los ceros en la transferencia bancaria y el "contrato". Tragó saliva, forzando una sonrisa dolorosamente plástica.

—Por supuesto, Daniel —respondió el tutor, con una amabilidad exagerada—. Como te dije, normalmente no repito esto tres veces, pero... recordando cómo salvaste valientemente a mi pequeño hijo de esos malvivientes en el callejón, es mi deber moral tener paciencia contigo. Lo explicaré una tercera vez.

Ye-rin bajó la cabeza hacia su cuaderno. Jae-won la miró de reojo, aterrado de que estuviera llorando de frustración, pero notó que los hombros de la chica temblaban porque se estaba aguantando una carcajada ante la pésima actuación del maestro.

El profesor volvió a trazar los números en su pizarra digital. Jae-won entrecerró los ojos. Los engranajes oxidados de su mente, atrofiados por meses de depresión en Seúl, empezaron a girar. Siguió el trazo del profesor. Primero el paréntesis, luego el exponente...

De pronto, algo hizo clic. La niebla se disipó.

—¡Ahhhhh! —exclamó Jae-won, dando un golpe en la mesa de cartón que hizo saltar los lápices—. ¡Ya entendí! ¡Ya lo vi!

Perdió por completo la postura de gángster arrogante. Se inclinó sobre el cuaderno de Ye-rin, con los ojos brillando de genuina emoción, luciendo exactamente como el chico inteligente que solía ser antes de que su vida se fuera al abismo.

—Mira, Mamba, olvídalo como te lo explicó él —dijo Jae-won, arrebatándole el lápiz y dibujando flechas en su hoja, hablando a toda velocidad—. No lo veas como números. Imagina que el signo de igual es el centro de gravedad. Si este tipo de aquí, el tres, te lanza un golpe desde la derecha, tú no lo bloqueas de frente, usas su propio peso y lo pasas al otro lado, ¡pero invirtiendo su fuerza! Si estaba multiplicando, ¡pasa dividiendo! ¿Lo ves?

Ye-rin parpadeó. No estaba mirando los números. Estaba mirando el perfil de Jae-won.

El supuesto monstruo de Goseong estaba inclinado sobre su cuaderno, casi rozando su hombro, con el cabello alborotado y una sonrisa radiante de puro triunfo nerd. En ese momento, no era el Halcón; era solo un chico brillante y entusiasta que quería compartir su victoria con ella.

—Tienes... tienes razón —murmuró Ye-rin, sintiendo que el corazón le daba un vuelco extraño—. El tres pasa dividiendo.

—¡Exacto! —Jae-won levantó las manos, celebrando como si hubiera ganado el campeonato nacional—. ¡Somos unos genios!

En la pantalla de la laptop, el profesor Kang soltó un suspiro de alivio.

—Aleluya... —susurró el maestro. Luego, aclaró su garganta y acomodó sus gafas—. Bueno, jóvenes, veo que la analogía de la pelea funcionó. Se nos ha acabado el tiempo por hoy.

Jae-won se enderezó de inmediato, aclarando su garganta para recuperar un poco de su tono de chico malo. —Buen trabajo, viejo. Sabía que nos servirías. Nos vemos mañana.

—Hasta mañana, Daniel —se despidió el profesor. Pero antes de desconectarse, acercó su rostro a la cámara, mirando directamente a la chica—. Y Ye-rin... déjame decirte que eres una jovencita muy afortunada.

Ye-rin levantó una ceja, confundida. —¿Disculpe?

El profesor Kang le dedicó una sonrisa paternal. —Llevo años dando clases. Y te aseguro que tienes un novio excelente. Muy detallista y caballeroso. Son contados los muchachos que moverían cielo, mar y tierra para conseguirle un tutor a su pareja y luego sentarse a sufrir con ella. Cuídalo mucho. Que pasen un buen día.

La pantalla se fue a negro. Click.

El silencio que cayó sobre la pequeña bodega de la tienda fue absoluto. El zumbido del refrigerador de bebidas parecía sonar a todo volumen.

Jae-won se quedó callado, mirando la pantalla. Sintió que el calor le subía por el cuello hasta teñirle las orejas de un rojo intenso.

—Él... ah... ese viejo está medio loco —balbuceó Jae-won, frotándose la nuca nerviosamente, sin atreverse a mirarla a los ojos—. Ya sabes, por el susto del asalto a su hijo. Se le cruzan los cables.



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En el texto hay: gemelos, bullying escolar, badboy peleas y dolor

Editado: 07.06.2026

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