El Halcón y el Heredero

Capítulo 37. Sudor, Sueños y el Sueño Americano

Cuatro semanas después.

El Gimnasio "El Toro" había dejado de ser una simple sala de tortura para Daniel; ahora era su territorio. El sonido de las cuerdas cortando el aire y los guantes golpeando los costales de cuero creaban una música que Daniel empezaba a disfrutar más que cualquier canción de moda.

Daniel estaba en el ring haciendo sombra. Su técnica había mejorado mucho en pocas semanas. Ya no tiraba golpes a lo loco; giraba la cadera, mantenía la guardia cerrada y soltaba el aire con cada impacto.

—¡Mejor, Jae-won! —aprobó Minc desde el borde del cuadrilátero—. ¡Sigue rotando ese pie de apoyo!

A su lado, en la zona de costales, Si-woo trabajaba la pera con un ritmo hipnótico y constante. Ambos se habían consolidado como los campeones del gimnasio tras el torneo, y los novatos los observaban con un respeto silencioso.

Al concluir la sesión, el grupo estaba en el vestuario. El ambiente era relajado, cargado de esa camaradería que solo se forja tras el agotamiento físico extremo.

—Oye, Si-woo —habló Jin, un chico de peso mosca, secándose el cuello con una toalla—. ¿Qué vas a hacer con el premio en efectivo del torneo? No es una fortuna, pero alcanza para unos buenos tenis de entrenamiento.

Si-woo se encogió de hombros. —Ahorrarlo. Quiero comprar un mejor equipo de protección.

Daniel, que le daba un trago largo a su botella de agua, soltó una risa nasal. —¿Ahorrar? Qué aburrido. Yo me lo gastaría en piezas nuevas para la moto o en una cena de verdad en un buen restaurante.

Jin soltó un suspiro, recargando la nuca en la pared despintada. —Ojalá las bolsas fueran más grandes. En el circuito amateur te dan una palmada en la espalda y una medalla de latón. Pero el boxeo profesional... ahí es donde está el dinero en serio.

El comentario captó la atención de los demás. Las posturas cansadas se enderezaron levemente. —Dicen que el campeón nacional de peso medio se compró un apartamento de lujo en Gangnam con la bolsa de una sola pelea —comentó otro de los novatos.

—Fama y billetes grandes —murmuró Daniel. Ese era un idioma que entendía a la perfección—. Si eres el mejor, te vuelves intocable y te pagan por demostrarlo. Me gusta cómo suena eso.

—Sí, pero el techo aquí en Corea es muy bajo —intervino Jin, que siempre estaba al tanto de las estadísticas del deporte—. Si de verdad quieres hacer millones y volverte una leyenda, tienes que irte a Estados Unidos.

Daniel detuvo el movimiento de sus manos, dejando la venda a medio desenrollar. —¿A Norteamérica?

—Claro —afirmó Jin con entusiasmo—. Allá el boxeo profesional es una industria masiva. Las Vegas, el Madison Square Garden... Ahí se cobran millones de dólares por subir al ring, no wones. Además, la infraestructura deportiva es muy superior.

Si-woo asintió con seriedad. —Tiene razón. Aquí nos sobran las agallas, pero allá tienen la ciencia. Nutrición avanzada, análisis estratégico, sparrings de clase mundial. Tienes muchas más probabilidades de construir una carrera sólida allá que quedándote estancado en el circuito local.

Daniel se quedó pensativo. Estados Unidos. La tierra de su padre biológico, ese tal Frank que nunca conoció.

—Entrenar allá debe ser otro mundo —murmuró Daniel, casi para sí mismo—. Medirte contra los mejores para saber si realmente eres el mejor.

Minc entró al vestuario, interrumpiendo la plática. —Dejen de fantasear y terminen de recoger su equipo —ordenó el entrenador, aunque el tono carecía de su dureza habitual—. Para pensar en cruzar el océano, primero tienen que demostrar que no se van a tropezar con sus propios pies en la lona de este gimnasio.

Se detuvo frente a la banca donde estaban Daniel y Si-woo. Su expresión se volvió más solemne. —Pero no están del todo equivocados —admitió Minc, cruzándose de brazos—. Si alguno de ustedes resulta tener verdadera madera de campeón, este país se les va a quedar corto. Allá afuera están los tiburones de verdad.

Fijó sus ojos curtidos en Daniel. —Tú tienes un instinto natural, novato. Y tú, Si-woo, tienes una disciplina envidiable. Si siguen trabajando así durante unos años... quién sabe. Tal vez algún día los vea peleando en Las Vegas por pay-per-view.

Daniel esbozó una sonrisa lenta. La idea echó raíces de inmediato en su mente, desplazando la simple necesidad de ganar peleas sin sentido. —Las Vegas... —repitió Daniel, saboreando las sílabas—. Suena a un territorio con espacio de sobra para cazar.

Más tarde, al salir del gimnasio, la ciudad lo recibió con el asfalto húmedo tras la lluvia.

Daniel caminó hacia su pesada motocicleta, pero sus pensamientos estaban proyectados a miles de kilómetros de distancia. Bajó la vista hacia sus propios nudillos. Esas mismas manos que le habían servido para noquear a idiotas en los pasillos ahora tenían otro propósito.

«Si soy lo suficientemente bueno... puedo irme», pensó Daniel, sintiendo una claridad absoluta. «Podría dejar de ser un delincuente de pueblo o un impostor escondido en una escuela de ricos. Podría construir un nombre por mí mismo.»

Sacó su teléfono celular de la chaqueta y tecleó rápido en el buscador: «Boxeo profesional en Estados Unidos reclutamiento».



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En el texto hay: gemelos, bullying escolar, badboy peleas y dolor

Editado: 07.06.2026

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