El Halcón y el Heredero

Capítulo 38. El Regreso del Gringo

El mundo alrededor de Jae-won se silenció de golpe. El ruido del tráfico lejano, la voz de Do-yun preguntando exigente «¿Qué carajos acaba de decir?»... todo desapareció.

«¿El padre de Daniel?», gritó la mente de Jae-won. Conocía la historia básica que su doble le había contado: un abandono total cuando Daniel apenas tenía un año de edad, dejándolos en la miseria.

Y ahora, este fantasma del pasado estaba ahí, de pie frente a él, convencido de que estaba hablando con el hijo que había desechado.

Jae-won no podía lidiar con esto. Era una variable demasiado grande, un peso emocional que no pertenecía a su actuación. —Tú... tú no eres nada mío —soltó Jae-won. A pesar de sus esfuerzos, su voz tembló.

Se dio la media vuelta bruscamente. —¡Vámonos, Do-yun!

Frank no intentó seguirlos ni detenerlos físicamente. Sabía que había cometido un error al soltarlo todo de golpe. Solo alzó la voz para que lo escuchara mientras se alejaba. —¡Me quedaré en el motel que está junto a la carretera! ¡No me voy a ir de este país sin hablar contigo, Daniel!

Jae-won caminó a zancadas rápidas, casi trotando, hasta doblar la esquina y perderlo de vista. Se recargó pesadamente contra la pared de ladrillo de una tienda.

—Oye, Daniel... ¿ese gringo hablaba en serio? ¿Era tu papá? —preguntó Do-yun, con los ojos muy abiertos por la impresión—. Pensé que estaba muerto.

—Vete a tu casa, Do-yun —ordenó Jae-won, sacando su celular del bolsillo—. Tengo que hacer una llamada. Ahora mismo.

Do-yun asintió, notando que "Daniel" estaba realmente afectado, y se marchó sin hacer más preguntas.

Jae-won marcó el número de su hermano en Seúl. El teléfono sonó una vez. Dos veces. «Contesta, por favor...»

—¿Qué pasa, principito? —contestó Daniel al tercer tono. Su voz sonaba relajada y ligeramente agitada, probablemente recién salido de entrenar con Minc.

—Daniel... —susurró Jae-won, asomando la cabeza por la esquina de la calle para asegurarse de que el hombre no los hubiera seguido—. Tienes que venir a Goseong. O decirme qué hacer.

—¿Qué pasó? ¿Beast regresó? —preguntó Daniel, sonando casi aburrido por la idea.

—No. Es peor. Hay un hombre aquí en el pueblo. Se llama Frank. Dice... dice que es tu padre.

Hubo un silencio sepulcral al otro lado de la línea. Fue tan largo que Jae-won alejó el teléfono de su oreja por un segundo, creyendo que la señal se había cortado. —¿Daniel?

—Ese hijo de perra... —La voz de Daniel ya no era relajada. Sonó con un odio frío y denso. No era su furia explosiva habitual; era un rencor añejo y profundamente personal—. No le dirijas la palabra. No dejes que se te acerque. Voy para allá.

Daniel agarró su chaqueta de cuero, el casco y las llaves de la Kawasaki. Bajó los escalones de dos en dos.

Ji-eun estaba en la sala, con un libro en las manos. Se sobresaltó al verlo tan apresurado. —¿Jae-won? ¿A dónde vas con tanta prisa? —preguntó, poniéndose de pie.

Daniel se detuvo en el umbral. Tenía que inventar una excusa convincente y rápido. No podía decirle la verdad. Suavizó su expresión, recurriendo al tono calmado que había aprendido a usar con ella. —Es un amigo, mamá. Tuvo un accidente. No es nada grave, pero está asustado en el hospital y me pidió que fuera a acompañarlo porque sus padres están fuera de la ciudad.

Ji-eun se llevó una mano al pecho. —Oh, pobre muchacho. Claro, ve. Pero por favor, ten mucho cuidado con la motocicleta. Llámame en cuanto llegues. —Lo haré. Si me tardo, no me esperes despierta.

Daniel salió a la calle. Sintió una leve punzada de culpa por manipular la genuina preocupación de la mujer, pero no tenía otra opción.

El motor de la Ninja 650 cobró vida rompiendo el silencio de Gangnam, y Daniel salió disparado hacia la autopista.

A cientos de kilómetros de distancia, Jae-won no pudo evitar el encuentro por mucho tiempo. Goseong era un pueblo demasiado pequeño. Había caminado hasta un parque cercano buscando espacio para pensar, pero pronto escuchó pasos pesados acercándose por la grava.

—Sabía que te encontraría en un lugar así —dijo Frank a sus espaldas—. A tu madre también le gustaba caminar entre los árboles. Decía que el viento se llevaba las preocupaciones.

Jae-won se giró despacio. Frank estaba ahí, con las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta. Bajo la pálida luz de la farola, no parecía el monstruo del que Daniel hablaba; solo parecía un hombre roto, envejecido por sus propios errores.

—¿Qué quieres? —preguntó Jae-won, manteniendo una distancia prudente.

Frank soltó un suspiro pesado y se sentó en una banca de madera, clavando la vista en el suelo. —No vine a pelear, Daniel. Solo vine a verte. Sé que fui un cobarde. Me fui cuando apenas tenías un año porque... estaba aterrorizado. Tenía miedo de no ser suficiente para ustedes, de no poder cargar con la responsabilidad. Quería hacer dinero rápido y llevarlos a Estados Unidos, pero el fracaso me hundió. Caí en un pozo y, con el tiempo, me convencí a mí mismo de que Sun-Hee y tú estarían mucho mejor sin un perdedor como yo estorbándoles.

Jae-won escuchaba en silencio. Sabía perfectamente lo que era sentirse insuficiente; era una herida con la que empatizaba. —¿Y por qué volver hasta ahora? —preguntó Jae-won con voz suave.



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En el texto hay: gemelos, bullying escolar, badboy peleas y dolor

Editado: 07.06.2026

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