Daniel miró a Frank. Vio la promesa de la gloria, el olor a linimento, el eco de los golpes y el campeonato mundial. El auténtico sueño americano. Luego miró a Ji-eun.
La mujer levantó el rostro hacia él. Lo miraba con una esperanza desesperada y maternal. —Daniel... —pronunció ella su verdadero nombre con una suavidad que le encogió el corazón—. Quédate. Esta casa es enorme. Nunca más te faltará nada. Te daré todo el amor y el calor que te arrebataron todos estos años. Ustedes dos... podemos ser una familia de verdad.
Quedarse significaba el fin de la supervivencia. Significaba dormir en sábanas limpias, tener a la madre cálida que siempre anheló en las noches frías de Incheon. Significaba dinero ilimitado, motocicletas nuevas y ser el dueño absoluto de Seúl junto a su gemelo. Era la vida fácil. La vida feliz. Era todo lo que el niño huérfano de siete años en su interior llevaba pidiendo a gritos. Su ambición de boxeador chocó de frente contra su profunda necesidad de ser amado.
Daniel bajó la mirada hacia la costosa alfombra persa. —Yo... —titubeó. Las palabras "me voy" se le atoraron en la garganta. La calidez repentina de ese hogar lo estaba anestesiando.
Frank vio la duda en sus ojos. Vio cómo su hijo miraba a Ji-eun, y el viejo entrenador entendió de inmediato que no tenía armas para competir contra el amor incondicional de una madre. Además, vio la riqueza que los rodeaba; sabía que allí ninguno de los dos volvería a pasar hambre. Separar a esos gemelos que apenas se habían reencontrado se sentía como un crimen.
Frank forzó una sonrisa triste y se ajustó la gorra gastada. —Entiendo —dijo el estadounidense—. Aquí tienen todo a su favor. Quédense los dos. Tengan una buena vida.
Pero entonces Daniel recordó el sonido de la lona del gimnasio. La adrenalina eléctrica de un nocaut. El sueño de las luces de Las Vegas. Recordó quién era.
«Si me quedo, me voy a volver blando y suave», pensó Daniel. «Un Halcón dentro de una jaula de oro no es más que una mascota glorificada. Terminaré odiándome a mí mismo.»
—Mamá... —dijo Daniel. La palabra salió de sus labios por primera vez de forma genuina—. Gracias. En serio. Esa sopa que me preparaste... fue la mejor comida de toda mi vida.
Ji-eun esbozó una sonrisa temblorosa entre lágrimas, presintiendo la despedida en su tono.
Daniel cruzó la mirada con Jae-won. Los gemelos no necesitaron palabras. Su hermano lo entendió todo con un solo cruce de miradas y asintió levemente, dándole su permiso, liberándolo de cualquier culpa.
—No puedo —dijo Daniel, retrocediendo un paso hacia la puerta—. Esto es hermoso, pero no soy yo. Yo crecí en las calles. Si me encierro en esta jaula de oro, me voy a asfixiar por dentro. Necesito volar.
Daniel se giró hacia Frank. Miró a su padre biológico directamente a los ojos, con el fuego de la ambición ardiendo de nuevo en sus pupilas. —Dijiste que podías hacerme campeón mundial.
Frank levantó el rostro. Un brillo de emoción y orgullo renació en sus ojos azules. —Te lo juro por mi maldita vida, hijo. Tienes el don.
—Entonces vámonos —sentenció Daniel—. Llévame a Estados Unidos. Quiero ver si es cierto que allá pegan más duro.
Nos Vemos en la Cima
Al día siguiente, el eco constante de los altavoces y el murmullo apresurado de miles de viajeros llenaban la inmensa Terminal 1 del Aeropuerto Internacional de Incheon.
A escasos metros de los controles de seguridad y las puertas de embarque internacional, el grupo se detuvo.
Físicamente, los gemelos seguían siendo idénticos, como dos espejos enfrentados, pero la energía que proyectaban era completamente distinta. El engaño había terminado; ahora cada uno sabía exactamente quién era y a dónde pertenecía.
Ji-eun fue la primera en romper la distancia. Dio un paso hacia Daniel, con los ojos cristalizados pero con una sonrisa serena. No lo miraba como al chico que le recordaba el cruel engaño de su esposo, sino como a alguien a quien había aprendido a querer en su propia casa.
Sin dudarlo, Ji-eun acortó el espacio y lo envolvió en un abrazo protector. Daniel le devolvió el gesto con total sinceridad.
—Si alguna vez te cansas de volar, o si el mundo se vuelve demasiado duro allá afuera —susurró ella contra su chaqueta de cuero—, las puertas de mi casa siempre estarán abiertas para ti. Siempre tendrás una familia aquí, Daniel.
—Gracias. Gracias por todo el amor maternal que me diste durante estos últimos meses. Me recordaste cómo era tener una madre de nuevo —respondió él, con la voz un poco ronca—. Prometo no olvidar nunca que aquí tengo mi casa y a mi familia.
Ji-eun sonrió y le acarició la mejilla con ternura y retrocedió, dejándole el espacio a Frank.
El viejo boxeador se acercó a Jae-won. El estadounidense extendió su mano grande y llena de callos. Jae-won la tomó con firmeza, pero Frank no se conformó con un simple apretón; tiró de él suavemente y le dio un abrazo rápido, profundo y tosco, dándole un par de palmadas sólidas en la espalda.
—Tienes el corazón de tu madre, muchacho —le dijo Frank, con la voz ronca, separándose un poco para mirarlo a los ojos—. No me importa qué apellido usas ni en qué continente vivas... eres mi sangre. Y estoy increíblemente orgulloso del hombre íntegro en el que te has convertido.