El hechicero de mis sueños

CAPÍTULO 4

Elena

Al parecer, alguien allá arriba decidió repetir la escena muda, porque después de mis bofetadas y de un par de expresiones muy poco educadas, el jardín volvió a sumirse en un silencio tenso.

Mientras el bastardo italiano me taladraba con la mirada, yo me hacía una pregunta desesperante:
¿esto era un sueño… o no?

Una vocecita de la razón —que hasta ese momento, por lo visto, había estado en modo apagado— susurraba que todo lo que me estaba ocurriendo era real. Una realidad cruel, mezquina y asquerosa, pero real al fin y al cabo. Y aquel tipo de mejillas enrojecidas no solo me había secuestrado la noche anterior y, con ayuda de alguna porquería, me había obligado a acostarme con él, sino que además —no sabía ni cómo ni por qué demonios— se había casado conmigo.

Al parecer, la droga aún no había desaparecido del todo de mi organismo, porque de pronto me vinieron a la cabeza unos versos conocidos de El joven Frankenstein:
«Podría haber sido peor. Podría haber llovido».

No había terminado de pensarlo cuando, por pura ley de Murphy, cayó un auténtico diluvio. Tronó con fuerza y una cegadora descarga atravesó el cielo sombrío. Todas las cabezas se giraron al unísono hacia un olivo partido en dos por un rayo.

En cuestión de segundos estaba empapada hasta los huesos.
Eso sí, gracias a la ducha improvisada y al inesperado espectáculo de luces, la gente por fin reaccionó.

Portatela via! —gritó un hombre que se encontraba dentro del círculo.

Antes de que pudiera entender qué estaba pasando, dos tipos enormes vestidos con esmoquin me agarraron por los brazos y me arrastraron hacia la casa.

Al principio, tan confundida como estaba, ni siquiera pensé en resistirme.

Ya al pie de la escalera me volví y miré al maníaco de ojos castaños. Lo vi gesticulando con desesperación, explicándole algo al hombre que había dado la orden.

Dentro de la casa sí intenté zafarme, pero, como era de esperar, nadie me dejó ir a ninguna parte. Me empujaron sin miramientos a una habitación en penumbra y cerraron la puerta de golpe.

Durante unos segundos me quedé inmóvil: mojada, furiosa, desorientada y aterrorizada. No sabía qué hacer ni era capaz de encontrar una sola explicación mínimamente lógica a todo lo que me estaba ocurriendo. Ya había comprendido que no era una pesadilla.
Bueno… sí lo era, pero no nocturna. Era una pesadilla muy real.

No sé para qué, quizá solo por comprobarlo, giré el pomo. La puerta, por supuesto, no se abrió.

Eché un vistazo rápido a las estanterías repletas de libros que cubrían las paredes y di una vuelta completa al amplio despacho, dejando tras de mí un rastro húmedo sobre la alfombra gastada, seguramente antiquísima. Probé a abrir la ventana, cubierta por pesadas cortinas color burdeos.

Decidí que era mejor saltar desde el primer piso y huir de allí a la carrera que quedarme sentada esperando no sabía qué.

Me daba miedo incluso pensar quiénes eran esas personas y por qué me necesitaban a mí, una simple turista. Así que tracé un plan sencillo: primero escapar, luego hacer preguntas.

Abrí la ventana e intenté subir al alféizar, pero la pesada cola mojada del vestido se empeñaba en estorbarme, atrapándome los movimientos. Corrí hacia el escritorio en busca de unas tijeras o, al menos, un cuchillo para cortar papel.

Encontré uno en un largo estuche de cuero… y enseguida descubrí que no servía para nada. Aquella reliquia prehistórica era más decorativa que funcional.

Los intentos de arrancar la maldita cola me hicieron perder un tiempo precioso y, como si el destino se burlara de mí, las puertas se abrieron de golpe de nuevo, golpeando las paredes. Del techo cayó yeso, cubriendo la alfombra mojada.

Al ver al italiano furioso congelado en el umbral, solté un grito y me apreté contra el pecho aquel arma inútil.
El tipo de las gafas, pálido de rabia, se lanzó hacia mí como un toro embistiendo una muleta roja.

Me precipité hacia la ventana, pero me interceptaron a medio camino y me estrellaron contra la pared. Los ojos gris verdosos del desconocido, tras los cristales de las gafas, estaban inyectados en sangre.

Dov’è mia sorella?! —escupió, apretándome aún más la garganta.

Ahogué un gemido, parpadeé con rapidez para despejar las lágrimas que me nublaban la vista y recé a todos los santos que se me ocurrieron para que me protegieran de aquel loco.

—No… no entiendo… —logré balbucear, no sabría decir si en español o en inglés, cuando aflojó un poco la presión.

En ese momento apenas podía pensar y sentía cómo las piernas me fallaban de puro terror.

Probablemente me habría estrangulado de verdad —o al menos me habría reducido a cenizas con la mirada— si en el despacho no hubiera irrumpido mi pesadilla número uno.

La pesadilla número dos, por alguna razón, se desinfló al instante, soltó el cuello y yo me deslicé lentamente por la pared.

Pero no llegué a caer al suelo.

El desconocido volvió a agarrarme y, con un solo movimiento preciso, me colocó de pie junto a él.




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