Durante el trayecto hacia la morada hechicera, la conciencia regresaba a mí a intervalos.
Recuerdo cómo mi improvisado porteador me acomodaba con cuidado en el asiento trasero del coche. La cabeza me daba vueltas de forma insoportable, todo parpadeaba y saltaba ante mis ojos, de modo que me parecía ver no a uno, sino a tres Gabrieles a la vez. Oía su voz lejana, como si llegara desde otro mundo.
El hechicero no dejaba de repetirme que fuera fuerte y que aguantara hasta la llegada del maldito marido. Protesté con un gemido ante semejante perspectiva y volví a deslizarme en el desmayo.
La segunda vez desperté cuando el coche tomó una curva brusca y casi me caigo debajo del asiento. Gabriel conducía el Audi a una velocidad demencial, como si estuviéramos participando en la Fórmula 1 y de la victoria dependieran nuestras vidas. Maniobraba con destreza… y además se las arreglaba para hablar por teléfono al mismo tiempo.
Yo ni siquiera tenía fuerzas para asustarme y pedirle que redujera la velocidad.
Y aunque las hubiera tenido, dudo que me escuchara. En ese momento el hechicero estaba completamente absorto en la conversación, gritándole al móvil y recibiendo a cambio respuestas no menos irritadas.
—¿Cómo que no vas a venir? —bramó—. ¡Darío, ¿te has vuelto loco?! ¡Ella necesita tu Poder!
Durante unos segundos Salviati guardó silencio, escuchando el siseo que salía del teléfono, y luego repitió con nerviosismo:
—Ah, claro… te importa un bledo… y te da igual tu queridísima esposa…
En ese punto su entonación cambió: la voz se volvió calmada, pero cargada de amenaza.
—Adivina qué haré en cuanto me libre de la maldición y recupere el Poder. ¿Qué demonio prefieres como compañero? Te prometo enviarte uno del que no te librarás en toda la vida.
Una breve pausa y una despedida sombría:
—¡Quiero verte en casa en media hora!
Arrojó el teléfono al asiento contiguo y gruñó:
—Qué idiota…
En eso estaba completamente de acuerdo con él.
La tercera vez desperté cuando Gabriel me sacaba del coche.
—El pobre debe de haberse agotado cargándome —murmuré.
Al parecer lo dije en voz alta, porque el hechicero respondió sonriendo:
—Pesas como una pluma. ¿Es que en casa no te daban de comer?
—A Diego no le gustaba que engordara.
—Y otra vez ese cabrón…
En la valoración de mi ex, Gabriel y yo coincidíamos al cien por cien. No en vano dicen que las mentes inteligentes piensan igual.
Empujando la puerta con el hombro, me llevó al vestíbulo.
—¿Ya ha llegado Darío? —preguntó, aunque no supe a quién, porque en ese momento todo volvió a girar ante mis ojos.
—Todavía no —respondió una voz infantil y clara.
A ella se unió el grave timbre ya familiar del señor Salviati:
—Cuando terminéis con el intercambio, ven a verme.
—De acuerdo —contestó el de ojos verdes con obediencia, aunque sin entusiasmo, y se dirigió hacia la escalera.
Cómo llegamos a mi refugio temporal… no lo recuerdo ni a tiros. Volví en mí ya estando en la cama. Ni siquiera conseguí abrir los ojos, pero por las voces deduje que había un par de hechiceros en el dormitorio.
—¿Y si ya se ha ido al otro barrio? —expresó su esperanza ese desgraciado… mi marido—. Sería lo mejor…
—¡No digas estupideces! —le espetó su íntimo amigo, dándome unas palmadas suaves en las mejillas—. Elena, Darío ha llegado. Tenéis que hacer el intercambio. ¿Podrás?
—¿Y si mejor hago el intercambio contigo? —murmuré entre sueños, sin saber muy bien lo que decía.
No sé por qué, el de ojos castaños se echó a reír como un caballo desbocado.
—¿Qué tipo de intercambio pensabas hacer con él? ¿El mismo que…?
Su risa se cortó de golpe. No entendí qué había provocado aquel ataque de hilaridad ni por qué el imbécil se calló de repente. Intenté entreabrir los ojos: la habitación seguía sumida en una densa niebla.
—¡Vamos, corriendo a la sala ritual! —ordenó Gabriel a su amigo—. Antes de que caigas redondo junto a Elena.
Amidei soltó una maldición y, abriendo la puerta de golpe, salió del dormitorio.
A mí, una vez más, me alzaron en brazos y me llevaron al pasillo.
Parece que me trasladaron a la misma sala ritual de la que había hablado Gabriel. Como en un sueño vi una pequeña estancia circular en tonos burdeos. La única ventana estaba cubierta por pesadas cortinas. No había muebles como tal: solo unos cuantos cojines coloridos adornaban el oscuro parqué, y sobre una pequeña elevación en el centro se alzaban figuras talladas en madera, ya fueran animales míticos o alguna clase de dioses.
El aire estaba impregnado de un aroma dulzón y empalagoso de incienso. Quizá por eso volvió a darme vueltas la cabeza y me empezó a picar la nariz.
Mi detestado esposo se acomodó en el suelo, junto al pedestal cubierto con tela burdeos, y sacó del bolsillo un pequeño cuchillo de hoja fina y ondulada como una serpiente, con el que comenzó a juguetear de forma amenazante.