El reloj de la oficina marcaba las 21:47 cuando Andrés sintió que el mundo se reducía al tamaño de una caja de zapatos. La gerente de Recursos Humanos no levantó la vista del papel que le deslizó por la mesa.
—Firma aquí.
No dijo "lo sentimos". No dijo "por recorte de personal". Dijo: *"Firma aquí"*, como quien despacha un trámite.
Andrés firmó. Su nombre, que alguna vez su madre escribió con caligrafía de maestra en la libreta de primer grado, ahora parecía un garabato de otro.
—La liquidación te llega en diez días.
—Gracias —dijo, y se odió por dar las gracias.
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**Flashback: el primer despido (hacía seis años) **
*—No es que no trabajes bien, Andrés. Es que no encajas con la cultura del equipo.*
*"No encajar". Eufemismo para: llegabas temprano, te quedabas tarde, pero no te reías de los chistes del jefe. Eufemismo para: no eres uno de nosotros.*
*Esa noche bebió solo en un bar de mala muerte. Una mujer de rulos le dijo "todo va a estar bien". Le creyó. Era la última vez que le creería algo a alguien.*
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Andrés salió del edificio. El aire de marzo olía a asfalto mojado y a basura. Caminó seis cuadras hasta donde había estacionado su Fiat Uno color óxido. Lo había comprado con la indemnización del *primer* despido. Ironía circular.
Arrancó el motor. No había tráfico. Nunca lo hay cuando uno quiere chocar.
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**Flashback: la pérdida de su hermano (hacía once años)**
*Mateo tenía veintidós. Andrés, diecinueve. Eran hijos de una madre soltera que trabajaba limpiando casas. Mateo se llevaba la peor parte: el padre borracho que aparecía cada dos años, los moretones que escondía con buzos de manga larga.*
*—Tú estudia —le dijo una semana antes de morir—. Yo pago las cuentas.*
*Mateo manejaba un camión de reparto. Un choque frontal en la ruta 8. El otro conductor venía alcoholizado. Mateo no usaba cinturón porque "perdía tiempo".*
*La madre de Andrés no lloró en el velorio. Se quedó mirando la foto de Mateo con los ojos secos, como si el dolor fuera tan grande que había expulsado hasta las lágrimas.*
*—Ahora solo quedas tú —le susurró al oído.*
*Andrés no supo entonces que esa frase era una maldición.*
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El Fiat subió por la avenida. Las luces de los semáforos se sucedían en verde. El mundo, por una vez, parecía facilitarle el camino hacia ningún lado.
Pensó en llamar a alguien. A nadie. Sus amigos de la universidad se habían dispersado como hojas; los de la secundaria, ni recuerdo. Su madre había muerto dos años atrás. Cáncer de páncreas. Se lo diagnosticaron en noviembre y para enero ya estaba en el crematorio.
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**Flashback: el fracaso amoroso más hiriente (hacía cuatro años) **
*Se llamaba Laura. Era compañera de un trabajo que ya no tenía. Se conocieron en la máquina de café. Ella le dijo "me gusta cómo te ríes". Fue la primera vez que alguien celebraba algo de él.*
*Durmió juntos trescientas noches. O él creyó que eran juntos. Una mañana, ella salió a "comprar facturas" y no volvió. Dejó una nota en la heladera: "No es por ti, soy yo". La frase más cliché, pero dolía igual.*
*Tres meses después la vio en un centro comercial. Estaba con un tipo de traje, riéndose igual que cuando se reía con él. El tipo le rozó la cintura. Laura le sonrió como Andrés nunca había visto.*
*No es por ti, soy yo.*
*Siempre era por él.*
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El semáforo cambió a ámbar. Andrés aceleró. ¿Para qué frenar? No había nada esperándolo en su departamento de un ambiente. No había nadie que lo extrañara si no llegaba.
Ámbar. Rojo.
No frenó.
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**Flashback: la discriminación (hace ocho años, primera entrevista después de la facultad) **
*—Andrés… perdón, ¿de dónde es tu apellido?*
*—De mi padre. Es paraguayo.*
*El entrevistador asintió, hizo una mueca que quiso ser sonrisa. Luego de cinco minutos dijo "te llamamos". Nunca llamaron.*
*Otro entrevistador, años después, fue más directo: "Mira, aquí buscamos perfiles más… cómo te diría… alineados con nuestra imagen corporativa".*
*Andrés no era feo. Era apenas morocho, de rasgos duros, de esos que los de traje llaman "étnicamente marcado".*
*—Entiendo —dijo. Y entendía perfectamente.*
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El impacto no fue un ruido. Fue un *silencio* que estalló después.
El otro auto —una camioneta enorme, de esas que parecen blindadas— le cruzó la roja. O quizás fue Andrés quien cruzó la roja. Ya no importaba. El mundo giró dos veces y media. El vidrio se hizo añicos en su cara. El volante le aplastó el pecho. El olor a gasolina y a cable quemado llenó todo.
Cuando abrió los ojos, el auto estaba de costado. La pierna izquierda atrapada entre el pedal y el tablero. La mano derecha… la mano derecha estaba apoyada sobre el motor. El motor ardía.
No sintió el dolor al principio. El cuerpo tiene esa piedad: primero el shock, después el infierno.
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**Flashback: la muerte de su madre (hace dos años, el último mes) **
*—No quiero quimioterapia, Andrés. Ya viví bastante.*
*—Mamá, por favor…*
*—Tú deja de rogar. Eso no me enseñé yo.*
*La cuidó hasta el final. Le cambió las sábanas, le dio la comida en cuchara, le leyó en voz alta los expedientes del trabajo porque ella no podía ver bien.*
*Una noche, ella le agarró la mano.*
*—Eres bueno, hijo. Demasiado bueno. Por eso te van a lastimar siempre.*
*Esa fue su última frase. Murió mientras él dormía en una silla plegable al lado de la cama. No escuchó su último suspiro. Eso lo atormentaba más que la muerte misma.*
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Andrés forcejeó. La pierna no cedía. Sacó la mano derecha de entre los hierros retorcidos. La carne le quedó pegada al metal. Vio la quemadura antes de sentirla: la piel blanca, como cera derretida, después roja, después negra.