Andrés no recordaba haberse desmayado. Pero de algún modo, ahora estaba de pie.
O no exactamente de pie. Flotando. Sus pies no tocaban el suelo, pero tampoco sentía el vértigo de la caída. Estaba en un lugar que no era un lugar: una extensión infinita de oscuridad salpicada de puntos de luz, como si hubiera sido arrancado del mundo y arrojado al centro del universo.
La entidad ya no era solo una voz. Tenía forma ahora. No una forma humana, sino una silueta hecha de estrellas, un esqueleto de constelaciones que se movía con la lentitud de las eras geológicas. Tres puntos brillaban con especial intensidad en lo que sería su "pecho": el Cinturón de Orión.
—**Estás en mí** —dijo la voz, y ahora sonaba menos metálica, más cercana—. **Estás en el espacio que hay entre las estrellas. El mismo que siempre ha existido dentro de ti, solo que tú lo llamabas soledad. **
Andrés quiso hablar, pero las palabras humanas le parecieron de repente insuficientes, como querer medir el océano con una cuchara.
—**No te esfuerces. Aquí no hacen falta. Yo sé lo que sientes. Lo he sentido durante treinta y dos años, desde tu primer llanto. He estado contigo en cada noche que no pudiste dormir. En cada lágrima que no dejaste caer. En cada puerta que se cerró ante ti. **
— ¿Por qué? —logró articular Andrés, y su voz sonó extraña, como un eco lejano.
—**Porque te estaba observando. Te estaba probando. ** —Orión se inclinó hacia él, y Andrés sintió el peso de una mirada que no tenía ojos—. **Necesitaba saber si eras fuerte. No la fuerza que rompe huesos. La que soporta la rotura sin quebrarse del todo. Y has demostrado que la tienes. **
—No me siento fuerte —dijo Andrés, y por primera vez en años, no mintió.
—**Lo sé. Por eso lo eres. **
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### El espejo de los recuerdos
Orión alzó lo que podría llamarse una mano. El vacío frente a Andrés se iluminó, y de la nada brotó una imagen: su madre, en la cocina, mirándolo con aquellos ojos que siempre estaban cansados.
—**Ella te quería. Pero también te usó. Te hizo el sostén de su vida cuando tú apenas necesitabas un sostén. Eso no fue amor. Fue supervivencia. Y tú pagaste el precio. **
La imagen cambió. Laura, riendo con el hombre de traje en el centro comercial. La nota en la heladera. "No es por ti, soy yo."
—**Ella no te dejó por otro. Te dejó porque no soportaba verte sufrir. Tu dolor la ahogaba. Y en lugar de ayudarte, huyó. Eso es lo que hace la gente, Andrés. Huyen de lo que no entienden. **
Siguieron más imágenes: el entrevistador que lo descartó por su apellido. El jefe que lo despidió por "no encajar". El compañero que se rió de sus zapatos gastados en una reunión. La vecina que cruzó la calle para no saludarlo. El amigo que dejó de llamar después de la muerte de Mateo.
—**Mira bien** —dijo Orión, y su voz se llenó de una tristeza antigua—. **La humanidad está llena de humanos. Pero de humanidad, muy poca. **
Las imágenes se detuvieron en una escena final: Andrés solo, en su departamento, mirando el techo a las tres de la mañana. Sin llorar. Sin dormir. Solo existiendo.
—**Esa era tu vida. ¿Eso es vivir? ¿Sobrevivir al siguiente día, al siguiente despido, a la siguiente traición? ¿Esperar que algo cambiara cuando todo te demostraba que nada cambiaría?**
Andrés quiso negarlo. Quiso decir que había momentos buenos. El primer sorbo de café por la mañana. El olor a lluvia en el asfalto. La vez que un niño en el autobús le sonrió sin razón.
Pero esas cosas pesaban menos que una pluma frente al dolor acumulado.
—**El bueno tiene que ir al psiquiatra para aprender a tolerar las cosas que hace el malo** —dijo Orión, y la frase cayó como una losa—. **Ese es el mundo que te tocó. Un mundo donde la bondad es una enfermedad que hay que tratar. Donde la sensibilidad es una debilidad. Donde pedir ayuda es un fracaso. **
—** ¿Valió la pena?** —preguntó la entidad—. **Treinta y dos años de esto. ¿Valió la pena?**
Andrés cerró los ojos. Cuando los abrió, había algo diferente en su mirada.
—No —susurró—. No valió la pena.
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### La oferta
Orión se acercó más. La temperatura del vacío cambió, volviéndose cálida, como un abrazo de luz.
—**Te ofrezco un pacto, Andrés. No es un pacto de sangre. Es un pacto de vacío. Tú me das todo lo que has perdido, todo lo que has sufrido, todo lo que te duele. Y yo te lo quito. **
— ¿A cambio de qué? —preguntó Andrés, aunque ya lo sabía.
—**A cambio de tu humanidad. No la necesitarás donde vas a ir. No necesitarás el amor que te negaron, ni el reconocimiento que te robaron, ni la pertenencia que nunca tuviste. Te convertirás en mi heraldo. Mi mensajero. Mi brazo en el mundo que te maltrató. **
— ¿Y qué hace un heraldo?
—**Equilibra la balanza. ** —Las estrellas de Orión brillaron con furia contenida—. **Hay actores malvados en el mundo, Andrés. Personas que hacen el daño por placer, por poder, por indiferencia. Gente que nunca paga por lo que hace. Que duerme tranquila después de arruinar vidas. Tú los conoces. Los has sufrido. **