El Heraldo de Orión

## El peso de la balanza

Andrés parpadeó.

El mundo se desdibujó ante sus ojos estelares como una acuarela mojada, y cuando volvió a enfocar la realidad, ya no estaba en la calle junto al Fiat ardiente. Estaba en el centro de su departamento. El mismo de siempre. El de una sola habitación, la cocina en un rincón, la cama sin hacer, las paredes desnudas.

Pero ya no se sintió pequeño en ese espacio. Ahora el departamento le quedaba estrecho, como una jaula que hubiera superado.

Se acercó al guardarropa. Abrió la puerta de madera barata y sus dedos recorrieron las pocas prendas que colgaban. Camisas arrugadas. Pantalones gastados. Nada especial. Nada que valiera la pena.

Hasta que encontró la camisa blanca.

La había comprado para la boda de un primo al que ya no veía. Nunca la usó. El blanco era puro, inmaculado, como si el tiempo no hubiera pasado por ella. Junto a la camisa, un pantalón negro de vestir y un saco del mismo color. Una corbata negra, aún en su caja, esperando una ocasión que nunca llegó.

—**Ponte lo que eres ahora** —dijo Orión en su mente—. **No lo que fuiste. **

Andrés se desnudó sin prisa. Sus heridas ya no existían. Su cuerpo estaba entero, pero algo en él había cambiado: las líneas de luz bajo su piel brillaban tenuemente, y cuando la camisa blanca tocó su torso, el tejido pareció absorber ese resplandor, volviéndose aún más blanco.

El pantalón negro le quedó perfecto. El saco, también. La corbata negra, anudada con precisión quirúrgica, cayó sobre su pecho como una sentencia.

Se miró en el espejo roto que llevaba años colgado detrás de la puerta. Su rostro era el mismo, pero los ojos… los ojos seguían siendo dos fragmentos de universo. Demasiados reveladores.

Buscó entre sus pocas pertenencias y encontró unos lentes de sol. Baratos, de esos que se compran en el supermercado. Los puso. La oscuridad de los cristales ocultó las estrellas, pero no del todo: un tenue brillo se filtraba por los bordes.

Luego, el sombrero. Un fedora negro que había pertenecido a su padre. El único objeto que conservaba de él. Lo caló con cuidado, inclinándolo apenas hacia adelante.

En el reflejo, ya no vio a Andrés, el desempleado, el fracasado, el roto.

Vio a otra cosa.

—**Ahora sí** —susurró Orión.

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### Recapitulación

Andrés se quedó un momento quieto en medio del departamento. Cerró los ojos —los suyos, los estelares— y dejó que el conocimiento que ahora habitaba en él fluyera.

Sabía cosas que antes ignoraba. Sabía, por ejemplo, que podía moverse entre espacios sin caminar. Que podía ser visto solo si él lo deseaba. Que su simple presencia podía inclinar la balanza invisible que sostenía el mundo.

Y sabía, también, quiénes habían inclinado esa balanza hacia el lado equivocado.

Los nombres llegaron a su mente como susurros. Rostros. Fechas. Actos.

El primero fue claro. Inevitable. Como un imán.

*Gerardo Mansilla. Ex gerente de Operaciones. Corporación Nexus. Lo despidió anoche. Pero antes, mucho antes, hubo otras cosas. Las horas extras no pagadas. Los ascensos que prometió y nunca dio. Las humillaciones en público. El día que le dijo "si no te gusta, hay mil esperando tu puesto".*

*Y no solo a él. A otros. A muchos otros. Gente que lloró en el baño. Gente que renunció por depresión. Gente que aún no se ha recuperado.*

—Viejas deudas —dijo Andrés en voz alta, y la frase sonó como un veredicto.

—**Viejas deudas** —repitió Orión.

Andrés se ajustó los lentes de sol. Tocó el ala del fedora.

Y desapareció.

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### La visita

La oficina de Gerardo Mansilla estaba en el piso catorce del edificio corporativo de Nexus. Andrés había subido por ese ascensor cientos de veces, siempre con el corazón encogido, siempre sintiéndose más pequeño a cada piso.

Esta vez no usó el ascensor. No usó la puerta. Simplemente *estuvo* allí, al otro lado del escritorio, sentado en la silla donde tantos empleados habían recibido malas noticias.

Gerardo Mansilla no levantó la vista. Estaba revisando unos papeles, con su traje azul marino, su corbata de rayas, su anillo de oro en el meñique. Su escritorio era enorme, de caoba falsa, cubierto de fotos de sus hijos y su esposa. La imagen de la normalidad.

Nadie más en la oficina. Las paredes de vidrio dejaban ver el pasillo vacío. Era tarde. La mayoría se había ido.

Andrés esperó. En silencio. Inmóvil.

La invisibilidad era curiosa: no era que su cuerpo desapareciera. Era que la mente de los humanos lo descartaba, como si sus ojos lo vieran pero su cerebro decidiera que no era importante. Un truco cósmico. Un regalo de Orión.

Permaneció así durante minutos. Observando. Recordando las veces que había estado del otro lado del escritorio, sudando, rogando por una oportunidad. Las veces que Mansilla lo había mirado como se mira a un estorbo.




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