Andrés pasó la noche en vela, pero no necesitaba dormir. Sus ojos estelares parpadeaban en la oscuridad del departamento como dos faros apagados, y en su mente desfilaban nombres, rostros, fechas.
Orión había sido claro: *"No se trata de venganza. Se trata de equilibrio."*
Pero Andrés sabía la diferencia. Y también sabía que, a veces, el equilibrio duele más que la venganza.
El segundo nombre llegó antes del amanecer.
*Laura. Laura Mendieta. Treinta y un años. Administradora de empresas. Actualmente viviendo en un penthouse en la zona norte, cortesía de su nueva pareja: Óscar "El Tuerto" Valencia, narcotraficante menor, dueño de varios clubes nocturnos y de una red de préstamos gota a gota.*
*La que dijo "no es por ti, soy yo". La que se fue a comprar facturas y no volvió. La que ahora duerme en sábanas de seda manchadas de sangre que no es la suya.*
Andrés cerró el puño. No de rabia. De certeza.
—**La balanza** —recordó Orión.
—La balanza —respondió.
Se puso la camisa blanca. El pantalón negro. El saco. La corbata negra, anudada con precisión mortal. Los lentes de sol ocultaron sus ojos, y el fedora descendió sobre su frente como una visera de juicio.
Desapareció.
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### El penthouse
El edificio se llamaba Torres del Lago, un monstruo de vidrio y acero que se alzaba sobre la ciudad como un dedo acusador. Andrés no usó el ascensor ni la puerta. Simplemente *estuvo* en el salón del piso veinte, junto a una ventana que miraba hacia el horizonte.
El penthouse era obscenamente grande. Muebles de diseñador, una lámpara de araña que debía costar más de lo que Andrés había ganado en cinco años, y un olor a dinero mezclado con perfume barato y cigarrillo.
Laura estaba en el sofá.
Llevaba una bata de seda rosa, el cabello recogido en un moño desordenado, y tenía un teléfono en la mano. Revisaba sus redes sociales con la expresión vacía de quien ya no encuentra placer en nada, pero sigue mirando por costumbre.
A su lado, en una mesa de centro de mármol, había una bandeja con restos de cocaína y una tarjeta de crédito negra.
Andrés se sentó frente a ella, en un sillón de cuero blanco. Cruzó una pierna. Acomodó el sombrero.
Ella no lo vio.
La invisibilidad seguía funcionando. Laura pasó los dedos por la pantalla del teléfono, bostezó, se estiró. No había rastro de la mujer que una vez le dijo "me gusta cómo te ríes". Aquella Laura había muerto mucho antes de irse de su departamento.
—**Muéstrame** —pidió Andrés en silencio, y Orión obedeció.
El conocimiento fluyó: las noches que Laura pasó llorando después de dejar a Andrés, no por él, sino por la culpa. Luego el encuentro con Óscar Valencia en un club nocturno. La promesa de dinero, de seguridad, de "una vida de verdad". El ascenso rápido: departamento, carro, ropa de marca. Y el descenso más rápido: los golpes, las humillaciones, las noches en vela esperando que él volviera borracho y furioso.
Laura ya no era la dueña de su vida. Era una pieza más en el tablero de un hombre cruel.
—**Pero ella eligió** —dijo Orión—. **Nadie la obligó. Prefirió el dinero antes que la dignidad. Prefirió el miedo antes que la soledad. Y al hacerlo, te condenó a ti también. **
Andrés asintió. No había odio en su corazón. Eso era lo extraño. Había algo peor: compasión fría, la que siente un cirujano antes de amputar.
—Laura —dijo en voz alta.
Ella no reaccionó. El nombre rebotó en sus oídos como un eco en una cueva vacía.
—Laura —repitió, y esta vez dejó que la invisibilidad cayera como un telón.
Laura levantó la vista del teléfono.
Vio a un hombre de negro sentado en su sillón blanco. Sombrero. Lentes de sol. Camisa inmaculada. No emitió ningún sonido al principio. Solo lo miró, y su cerebro tardó unos segundos en procesar lo que sus ojos veían.
— ¿Quién eres? —susurró. La voz le tembló.
Andrés se quitó el sombrero.
Ella lo miró. Parpadeó. El reconocimiento llegó como un balde de agua fría.
— ¿Andrés? —Su mano soltó el teléfono, que cayó al suelo con un golpe sordo—. ¿Andrés? No puede ser. Tú… tú estabas…
— ¿Desempleado? ¿Humillado? ¿Roto? —completó él, y su voz era tranquila, demasiado tranquila—. Sí. Todo eso. Hasta anoche.
— ¿Qué haces aquí? ¿Cómo entraste? Óscar va a…
—Óscar no va a venir —dijo Andrés—. Está ocupado. Pero vendrá. Quiero que estén los dos.
Laura se puso de pie. La bata de seda se abrió ligeramente, dejando ver un moretón en su costilla. Un círculo amoratado con la forma de un puño.
—Por favor, vete —dijo, y su voz se quebró—. No sabes lo que él te haría si te encuentra aquí.
—Ya no me puede hacer nada, Laura. —Andrés se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos en las rodillas—. Nada de lo que hay en este mundo puede hacerme daño. Esa es la parte divertida.