El Heraldo de Orión

## La máscara y el espejo

## La máscara y el espejo

El tercer nombre llegó mientras Andrés observaba el amanecer desde la azotea. No fue un susurro ni una revelación. Fue una certeza que creció en su pecho como una flor de hielo.

*Daiveth. Panamá. Veintinueve años. No es su nombre real, pero es el que usó contigo. La conociste en una red social. Fotos de una mujer esbelta, cabello largo, sonrisa perfecta. Conversaciones que duraron meses. Promesas de encontrarse. Y cuando por fin viajaste a verla, la que te recibió en el aeropuerto no era la de las fotos.*

*Otra cara. Otro cuerpo. Otra edad.*

*“Tenía miedo de que no te gustara la verdadera yo”, dijo. Y tú, que siempre fuiste bueno, intentaste entenderlo. Intentaste quedarte. Pero la mentira ya estaba allí, como una pared entre ustedes.*

*Terminaron al mes. Tú, sintiéndote estafado. Ella, sintiéndose víctima.*

*La balanza aún no se ha movido.*

Andrés cerró los ojos estelares. Cuando los abrió, ya no estaba en la azotea. Estaba en otro lugar.

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### Panamá

El calor húmedo lo envolvió como una manta mojada. Andrés apareció en una calle residencial de la Ciudad de Panamá, frente a un edificio de apartamentos beige con rejas en los balcones. El sol del mediodía golpeaba sin piedad, pero él no sudaba. Su traje negro y su camisa blanca permanecían impecables, como recién planchados por una mano invisible.

Se ajustó los lentes de sol. El fedora proyectaba una sombra triangular sobre su rostro.

—**Panamá** —dijo Orión dentro de su mente, con un dejo de aprobación—. **El istmo que une dos océanos. También une dos mundos. Lugar apropiado para una revelación. **

Andrés no respondió. Cruzó la calle con paso lento, subió los tres escalones de la entrada y atravesó la puerta de vidrio blindada sin abrirla. La invisibilidad lo envolvía como una segunda piel. Los guardias de seguridad no parpadearon. Las cámaras no lo registraron.

El apartamento de Daiveth estaba en el quinto piso. Andrés tomó el ascensor junto a una mujer que llevaba un perro faldero. La mujer estornudó, como si una corriente de aire frío hubiera pasado a su lado. No vio nada.

El pasillo del quinto piso olía a detergente y a flores marchitas. Andrés caminó hasta la puerta 5B. No llamó. No giró la perilla. Simplemente *estuvo* del otro lado.

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### El santuario de las mentiras

El apartamento era pequeño pero ordenado. Paredes color crema, muebles de catálogo, un ventilador de techo que giraba lentamente. En la sala, sobre una mesa de centro, había una laptop abierta con varias ventanas de redes sociales. Fotografías. Perfiles. Mensajes.

Y en medio del sofá, con las piernas recogidas y una taza de té que ya debía estar fría, estaba Daiveth.

Andrés la reconoció de inmediato. No por las fotos falsas que ella había publicado, sino por la noche que la conoció en el aeropuerto de Tocumen. La mujer real: de estatura mediana, cuerpo macizo, cabello oscuro recogido en una cola de caballo, rostro cansado a pesar de la juventud. Llevaba pijama de franela, a pesar del calor, y sus ojos tenían las ojeras de quien no duerme bien desde hace tiempo.

No era fea. Nunca lo había sido. Pero tampoco era la mujer esbelta y perfecta de las fotografías editadas. Y esa diferencia —esa pequeña mentira que ella llamaba "inseguridad"— había sido suficiente para quebrar la confianza de Andrés.

Él se sentó frente a ella, en un taburete de cocina que arrastró sin hacer ruido. Cruzó las piernas. Apoyó los antebrazos sobre las rodillas. La observó en silencio.

Daiveth no lo vio. No podía.

Pero algo en el ambiente cambió. Ella frunció el ceño. Miró hacia la ventana, hacia la puerta, hacia el rincón vacío donde Andrés estaba sentado. Un escalofrío le recorrió la espalda.

— ¿Hay alguien? —susurró, con la voz ronca de quien no habla con nadie desde días.

Andrés dejó caer la invisibilidad.

Daiveth dio un respingo. La taza de té cayó al suelo y se rompió en tres pedazos. Ella se pegó al respaldo del sofá, con los ojos abiertos como platos.

— ¿Quién…? ¿Cómo…?

—Hola, Daiveth —dijo Andrés. Su voz era tranquila, pero tenía un eco profundo, como si varias personas hablaran al mismo tiempo—. O debería decir… ¿cómo te llamas realmente? ¿Daniela? ¿Diana? La última vez que hablamos, no terminaste de decidirlo.

Ella lo miró. El reconocimiento tardó unos segundos en llegar, pero cuando llegó, su rostro palideció.

— ¿Andrés? No… no puede ser. Tú estás en…

— ¿En otro país? ¿En otra vida? —Él se quitó el sombrero y lo dejó a un lado—. Solía estarlo. Ya no.

— ¿Cómo entraste? La puerta está…

—Las puertas no son un problema para mí. Nunca lo fueron. El problema, Daiveth, siempre fueron las mentiras.

Ella quiso levantarse, pero sus piernas no respondieron. Era como si una mano invisible la sujetara al sofá. Empezó a temblar.




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