El Heraldo de Orión

## El rastro de ceniza

## El rastro de ceniza

El parte policial llegó a las 6:17 de la mañana, apenas cuarenta minutos después de que el edificio de Nexus se desplomara sobre sí mismo. Pero el accidente del Fiat Uno ya estaba en el sistema desde la noche anterior.

Dos casos. Un mismo nombre.

El detective Javier Rojas llevaba veinte años en la policía. Había visto crímenes pasionales, ajustes de cuentas, corrupción de cuello blanco. Pero nunca un cadáver que desaparecía de la escena del accidente antes de que llegara la ambulancia.

—Revisa otra vez las imágenes —ordenó, sin apartar la vista de la pantalla.

El agente Méndez tecleó con pereza. Las cámaras de tráfico mostraban el momento del impacto: un Fiat Uno color óxido cruzando la roja, una camioneta negra que no frenó, el vuelco, el silencio. Luego, el conductor del Fiat saliendo por la ventanilla rota. Arrastrándose. Apoyándose en un poste de luz.

Y después… nada.

—El tipo se esfumó —dijo Méndez, rascándose la barba—. No hay más cámaras en ese tramo. Llegamos diez minutos después y solo encontramos el coche ardiendo. Ni rastro del conductor.

— ¿Quemado?

—No. No había restos humanos dentro. Solo sangre en el asiento y en el cristal. Y unas… bueno, mire.

Méndez le pasó un informe forense. Rojas lo leyó en silencio. Marcas de quemaduras en el volante. Tejido cutáneo adherido al metal. Sangre tipo O negativo, la misma que la licencia de conducir encontrada en la guantera.

*Andrés Pérez. Treinta y dos años. Domicilio conocido.*

— ¿Y la ambulancia? —preguntó Rojas.

—Nunca llegó. Alguien canceló el llamado. No hemos podido rastrear el número.

Rojas apagó la pantalla. Algo no encajaba. Un hombre herido, quemado, sangrando, no podía simplemente *desaparecer*. Y, sin embargo, las cámaras no mentían. Un segundo estaba allí, apoyado en el poste. Al siguiente, el poste estaba vacío.

— ¿Y el otro coche? La camioneta negra.

—Matrícula falsa. Modelo común. Desapareció en la siguiente cuadra. Como si la hubiera tragado la tierra.

Rojas suspiró. Iba a ser uno de esos casos.

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### El hallazgo

Tres horas después, el teléfono de Rojas sonó con la urgencia de una alarma.

—Detective, tenemos algo. En el edificio Nexus. Apareció un dato.

Rojas llegó al lugar del colapso una hora más tarde. El hueco donde antes se alzaba un rascacielos de veinte pisos era ahora un perímetro acordonado, lleno de periodistas, curiosos y agentes que no sabían qué hacer. No había escombros. No había restos. Solo un agujero perfecto, como si el edificio nunca hubiera existido.

—Imposible —murmuró Rojas, mirando el vacío.

—Eso dicen todos —respondió la capitana Miranda, una mujer de cabello canoso y ojos de acero—. Los ingenieros no encuentran explicación. Los geólogos tampoco. Es como si alguien hubiera borrado el edificio de la realidad.

— ¿Alguien?

—Mire esto.

La capitana le mostró una fotografía impresa. Era el marco de una puerta, de las que dan acceso a las oficinas. El marco estaba retorcido, pero intacto. Y en él, adherida a la pintura descascarada, había una huella dactilar.

Rojas se acercó. La reconoció de inmediato. La había visto en el informe forense del accidente.

—Andrés Pérez —dijo.

—Exactamente. Su huella está en el lugar del colapso. Y también en el informe de recursos humanos de Nexus. Era empleado allí. Lo despidieron la misma noche del accidente.

Rojas sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima.

— ¿Está diciendo que un hombre despedido, que horas después sufre un accidente grave y desaparece, aparece de alguna manera en un edificio que colapsa de forma inexplicable?

—Eso es lo que dicen las pruebas.

— ¿Y dónde está él ahora?

La capitana Miranda encendió un cigarrillo. Exhaló el humo hacia el agujero donde antes había un edificio.

—Esa, detective, es la pregunta de un millón de dólares.

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### La investigación

Rojas pasó las siguientes cuarenta y ocho horas sin dormir. Revisó los antecedentes de Andrés Pérez: una vida anodina, marcada por despidos sucesivos, una madre muerta por cáncer, un hermano fallecido en accidente de tránsito. Sin antecedentes penales. Sin denuncias. Sin violencia.

El perfil no encajaba con un terrorista ni con un loco homicida.

—El tipo es una víctima —dijo Méndez, hojeando el expediente—. ¿Por qué haría algo así?

—No sabemos que él haya hecho algo —respondió Rojas, aunque en el fondo lo sabía. Las pruebas eran circunstanciales, pero apuntaban en una sola dirección.

Entonces apareció el segundo dato.

Una llamada anónima a la línea de denuncias. Una mujer que no quiso dar su nombre, con acento extranjero, que habló de un "hombre de negro" que visitó el penthouse de un conocido narcotraficante en la zona norte. Dijo que el hombre había desaparecido sin usar la puerta. Dijo que después de su visita, el narcotraficante y su pareja habían enloquecido.




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