## La Cazadora de Estrellas
### — Libro Segundo: El Rastro —
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El cuartel general del Consejo de Seguridad Global estaba oculto a mil metros bajo la superficie de una montaña en los Alpes suizos. Allí, donde los terremotos no llegaban y las señales satelitales se filtraban a través de decenas de capas de blindaje, Eliza Nakamura tenía su laboratorio.
No era un laboratorio común. Las paredes estaban recubiertas de plomo y grafeno. Los ordenadores no estaban conectados a Internet, sino a una red cuántica cerrada, imposible de hackear. Y en el centro, flotando sobre una mesa de basalto negro, había un proyector holográfico capaz de reconstruir eventos con una precisión de nanosegundos.
Eliza llevaba tres semanas sin dormir bien. Las ojeras bajo sus ojos negros eran profundas como cráteres lunares, pero su mirada seguía siendo afilada, quirúrgica. Su cabello, recogido en una cola de caballo perfecta, no tenía un solo cabello fuera de lugar.
Era la única mujer en el ala de Fenómenos No Convencionales. Y también la más temida.
No por cruel. Por precisa.
—Reproduce el archivo 47-B —ordenó a la IA del sistema.
La holografía se iluminó. Imágenes de cámaras de seguridad, satélites y drones se fusionaron en una sola reconstrucción tridimensional: la noche del accidente de Andrés.
Eliza caminó alrededor de la proyección como un tiburón alrededor de su presa. Observó el Fiat Uno cruzar la roja. Observó la camioneta negra impactar. Observó a Andrés salir arrastrándose.
—Congelar cuadro —dijo.
La imagen se detuvo. Andrés estaba apoyado en el poste de luz, con la ropa humeante, el brazo quemado, la pierna arrastrándose.
—Ampliar sector D-7.
La imagen se acercó al poste. Eliza entrecerró los ojos.
— ¿Qué es eso?
La IA respondió con su voz neutra:
—*Distorsión gravitacional detectada. Anomalía en el espacio-tiempo de 0.3 segundos. No corresponde a ningún fenómeno conocido.*
—Muéstrame el espectro ampliado.
La imagen cambió. Lo que antes era oscuridad ahora mostraba un tenue brillo azul, casi ultravioleta, que envolvía a Andrés como un sudario. Y en el centro de ese brillo, una silueta.
No humana. Algo más grande, más antiguo, con una forma que los ojos de Eliza no podían procesar del todo. Pero que su cerebro, entrenado en física teórica, reconocía como una *singularidad de bolsillo*.
—Un agujero negro en miniatura —susurró—. Pero no es natural. Alguien lo puso ahí.
—*¿Continúo?* —preguntó la IA.
—Continúa.
La proyección avanzó. Andrés desapareció. Luego, la cámara de seguridad frente a su casa —una vieja cámara analógica que nadie había actualizado— captó algo que Eliza había visto cien veces, pero que aún la perturbaba.
Un destello. Dos cuadros de video distorsionados. Y entre ellos...
—Pausa. Retrocede dos segundos. Paso a paso.
La IA obedeció. Cuadro por cuadro, la imagen avanzó. En el cuadro 47, la calle estaba vacía. En el cuadro 48, una figura. En el cuadro 49, la calle vacía otra vez.
Eliza amplió el cuadro 48.
Un hombre. De pie frente a la puerta de la casa de Andrés. Gafas oscuras. Sombrero fedora. Traje negro, camisa blanca, corbata negra. Inmóvil. Y mirando directamente a la cámara.
Como si supiera que alguien, en algún momento, estaría observando.
—*¿Reconocimiento facial?* —preguntó la IA.
—No hace falta. Sé quién es. —Eliza se acercó a la proyección, hasta que el rostro borroso del hombre llenó su campo de visión—. Andrés Pérez. Treinta y dos años. Ex empleado. Ex novio. Ex todo.
—*¿Desea agregar al expediente?*
—Deseo encontrarlo.
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### El sueño
Esa noche, Eliza no volvió a su habitación. Se quedó en el laboratorio, recostada en una silla ergonómica, con los brazos cruzados y los ojos cerrados.
No pretendía dormir. Pero el cansancio pudo más.
Y entonces, por primera vez en años, soñó.
No era un sueño común. No había paisajes ni personas reconocibles. Había estrellas. Miles, millones, infinitas estrellas girando a su alrededor como si ella estuviera en el centro del universo.
Y entre las estrellas, una figura.
Un hombre joven, de unos veinte años, con bata de laboratorio y gafas de pasta. Su hermano. Kenji Nakamura. Desaparecido hace quince años durante una tormenta solar que los científicos no supieron explicar.
—Kenji —intentó decir Eliza, pero su voz no salía.
El fantasma de su hermano sonrió. Levantó la mano y señaló algo detrás de ella.
Eliza se giró.
Allí, flotando en el vacío estelar, estaba el hombre del sombrero. No la miraba a ella. Miraba a Kenji. Y Kenji asintió, como si hubieran llegado a un acuerdo.