## Caza Silenciosa
No caminaba. No volaba. No se teletransportaba en el sentido que los humanos daban a esa palabra.
Simplemente *dejaba de estar en un lugar* y *comenzaba a estar en otro*. Sin transición. Sin viaje. Como si el espacio fuera un libro y él pasara la página.
Andrés se deslizaba entre continentes con la misma naturalidad con que otros respiran. Un segundo estaba en las montañas de Bolivia, viendo cómo la noche cubría los valles. Al siguiente, en las calles de Yakarta, donde un traficante de niños acababa de cerrar su última transacción. Al siguiente, en las afueras de Moscú, donde un oligarca con las manos manchadas de sangre dormía tranquilo en su mansión blindada.
Ninguno de ellos sabía que ya habían sido juzgados.
La balanza ya se había inclinado. Solo faltaba el peso.
Pero esa noche, mientras Andrés contemplaba desde el tejado de un edificio la bruma gris que cubría Londres, algo lo detuvo.
No era el frío —ya no sentía frío. No era el cansancio —ya no necesitaba dormir. Era algo más sutil, más profundo: la certeza de que alguien, en algún lugar, estaba armando un rompecabezas con piezas que él había dejado caer sin querer.
—**La científica** —dijo Orión dentro de su mente, con un tono que podía ser admiración o advertencia—. **Te sigue. **
—Lo sé —respondió Andrés, y su voz fue apenas un susurro en el viento.
No era una amenaza. No aún. Era otra cosa. Un juego de ajedrez donde él era la pieza más valiosa del tablero… y la única que no quería ser capturada.
Pero a diferencia de los gobiernos, de los militares, de los equipos de élite que habían intentado rastrearlo sin éxito, Eliza Nakamura no usaba métodos convencionales. No buscaba huellas dactilares, ni imágenes de satélite, ni testimonios de testigos. Buscaba *patrones*.
Y Andrés, a pesar de todo, era una criatura de hábitos.
No los hábitos de los hombres comunes —café por la mañana, camino al trabajo, programas de televisión. Sus hábitos eran más profundos, más antiguos: seguía el sufrimiento como un río sigue su cauce. Allí donde el dolor era más intenso, allí estaba él. Allí donde la injusticia había creado una herida que el mundo se negaba a curar, allí aparecía.
Ese era su patrón. Y Eliza lo había descifrado.
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### Mente de cazadora
Eliza trabajaba en una sala sin ventanas, iluminada exclusivamente por pantallas flotantes. Su escritorio era un caos organizado de documentos impresos, notas manuscritas y tazas de café frío. En la pared, un mapa del mundo cubierto de chinchetas rojas. Cada chincheta representaba una desaparición. Cada desaparición, un nombre. Cada nombre, una historia de abuso que el sistema había ignorado.
No era casualidad que estuvieran todos allí.
Eliza había pasado las últimas semanas cruzando datos: fechas, ubicaciones, perfiles psicológicos de las víctimas y los victimarios. Había creado un algoritmo —en realidad, lo había escrito a mano en una libreta, porque la IA del Consejo era demasiado lenta para su mente— que predecía el próximo movimiento de Andrés con una precisión del 87%.
El 13% restante era margen de error. O, sospechaba ella, la parte humana que aún quedaba en él.
—No actúa al azar —murmuró, más para sí misma que para el grabador que siempre llevaba en el bolsillo—. Cada desaparición tiene una razón. No es venganza. Es… corrección.
Golpeó la mesa con la punta de los dedos.
— ¿Pero quién decide qué necesita corrección? ¿Él? ¿O la cosa que lo posee?
Esa era la pregunta que la atormentaba. Andrés Pérez, el hombre del expediente, era una víctima. Un hombre roto por la vida, abandonado por todos, empujado al borde del abismo. El Andrés que existía ahora era otro. ¿Había sido poseído? ¿Transformado? ¿O simplemente había despertado a algo que siempre estuvo dentro de él, esperando el momento adecuado?
—Tu perfil psicológico —susurró a la fotografía borrosa de Andrés clavada en su tablero— dice que eras bueno. Demasiado bueno. Por eso te lastimaron tanto.
La fotografía no respondió. Pero Eliza sintió, como un escalofrío en la nuca, que alguien la estaba escuchando.
No dio la vuelta. No encendió la luz. No llamó a seguridad.
Sabía que, si era él, no serviría de nada.
Sabía que, si no era él, estaría haciendo el ridículo.
Se quedó quieta, conteniendo la respiración.
—Sé que estás ahí —dijo, con una calma que no sentía—. No voy a intentar detenerte. Solo quiero hablar.
El silencio se alargó. Eliza sintió el peso de una mirada invisible sobre sus hombros. Su mano derecha, por instinto, se cerró sobre el bolígrafo que descansaba sobre la mesa. Un arma ridícula contra lo que sea que él fuera ahora.
El aire se movió. No una corriente, sino algo más sutil: una reconfiguración de las moléculas, un ajuste en la presión atmosférica.
Y luego, una voz.
—**Hablar es para los que tienen tiempo, doctora. **