## El espejo en la penumbra
El apartamento de Andrés seguía allí.
No lo habían tapiado. No lo habían sellado. El caso estaba archivado como "desaparición sin explicación", y el inmueble, propiedad de un familiar lejano que nunca reclamó, permanecía en un limbo administrativo. La puerta tenía una capa fina de polvo. El cerrojo, oxidado.
Eliza tardó tres minutos en abrirlo. No porque la cerradura fuera complicada —era de las baratas, de las que se abren con una tarjeta de crédito— sino porque sus dedos temblaban.
No sabía por qué había venido.
Llevaba semanas rastreando a Andrés desde satélites y sensores cuánticos, desde patrones gravitacionales y distorsiones en el espacio-tiempo. Había aprendido a predecir sus movimientos con una precisión que sus superiores calificaban de "sobrenatural". Sabía dónde estaría la próxima semana, el próximo mes, quizá el próximo año.
Pero no sabía quién era. No de verdad.
Y por eso estaba allí, en el umbral de su pasado, con una linterna en una mano y un registro de evidencias en la otra.
El apartamento olía a humedad y a tiempo detenido.
Eliza encendió la linterna y recorrió el espacio con el haz de luz. Era pequeño. Una habitación. Una cocina minúscula. Un baño con el espejo roto. Las paredes desnudas, sin cuadros, sin carteles, sin fotografías. La cama sin hacer, las sábanas con la forma de un cuerpo que ya no volvería.
Se acercó a la mesa. Una taza con restos de café.
—Bebía solo —murmuró, anotando mentalmente—. No esperaba visitas.
El guardarropa estaba abierto. Faltaban una camisa blanca, un pantalón negro, un saco negro. Una corbata negra, aún en su caja, había sido abierta recientemente. Eliza pasó los dedos por la caja vacía.
—Esa noche —susurró—. Después del accidente. Volviste aquí. Te cambiaste. Y nunca regresaste.
Se giró hacia el espejo roto. Su reflejo estaba fragmentado, dividido en siete pedazos desiguales. En uno de ellos, sus ojos negros la miraban con una intensidad que no era la suya.
Eliza dio un paso atrás.
— ¿Eres tú?
El silencio fue su única respuesta. Pero el aire cambió. Se volvió denso, cargado, como antes de una tormenta eléctrica. Las partículas de polvo que flotaban en el haz de la linterna comenzaron a girar en remolinos lentos.
Y en la esquina más oscura de la habitación, la que la linterna no alcanzaba a iluminar, algo se movió.
Eliza no gritó. No huyó. Había esperado esto —quizá no conscientemente, pero sí en algún rincón profundo de su psique— desde que cruzó la puerta.
—Puedes mostrarte —dijo, con una calma que la sorprendió a ella misma—. No vine con armas. No vine a atraparte.
Un segundo de silencio.
Luego, la voz.
—**Lo sé. **
Salió de la sombra como si la sombra lo hubiera parido. Un hombre de negro. Camisa blanca. Corbata negra. Sombrero fedora. Lentes de sol.
Andrés.
Se sentó en la única silla del apartamento —la suya, la que usaba para mirar la televisión apagada— y cruzó una pierna. Apoyó los antebrazos en las rodillas y la miró. Detrás de los lentes, Eliza supo que sus ojos estelares estaban fijos en ella.
No dijo nada más. La dejó hablar primero.
Era una táctica. O una cortesía. O un examen.
—He estado siguiéndote —dijo Eliza, y las palabras sonaron absurdas en ese contexto. ¿Cómo se sigue a una sombra? ¿Cómo se rastrea a alguien que no está en ningún lado?
—**Lo sé** —repitió él, y esta vez la voz fue más suave, casi humana.
— ¿Por qué me dejaste encontrarte? Podrías haberme despistado. Podrías haber alterado el patrón. Podrías haberte vuelto invisible para mis sensores.
Andrés inclinó la cabeza. El haz de la linterna, que Eliza mantenía apuntando al suelo, iluminó sus zapatos negros. No tenían una sola mancha.
—**Porque tú no buscas atraparme. Buscas entenderme. ** —Hizo una pausa—. **Eso es raro. La mayoría quiere cazarme o adorarme. Tú solo quieres saber. **
— ¿Y eso te molesta?
—**No. ** —Se recostó en la silla. El cuero crujió—. **Me recuerda a cuando era humano. **
Eliza sintió un nudo en la garganta. No era miedo. Era algo más complejo, una mezcla de fascinación y tristeza.
—A quién busco —dijo, repitiendo la pregunta que él le había hecho con su silencio—. ¿Al antiguo Andrés o al heraldo?
Andrés se quedó inmóvil un instante. Luego, lentamente, se quitó los lentes de sol.
Eliza contuvo el aliento.
Los ojos de Andrés eran dos fragmentos de universo. Dentro de ellos, estrellas giraban en espirales lentas, constelaciones completas parpadeaban como luciérnagas cósmicas. No había blanco, no había iris, no había pupila. Solo espacio infinito comprimido en dos cuencas humanas.
Eran terribles. Eran hermosos. Eliza no podía dejar de mirarlos.