El Heredero del Relámpago Carmesí

La niña que oyó la voz

# Capítulo 2 —

Kael despertó convencido de que se estaba ahogando.

El aire entró de golpe en sus pulmones, áspero y caliente. Intentó incorporarse, pero un dolor feroz le atravesó los músculos y lo obligó a caer de nuevo sobre el colchón. Durante unos segundos no supo dónde estaba.

Solo vio un techo de madera conocido, atravesado por las primeras líneas grises de la mañana.

Luego llegaron los olores: sopa de pescado, aceite quemado, sal húmeda. El taller de Edran estaba debajo de su habitación. Su habitación. Bruma Ceniza.

Y después llegaron los recuerdos.

El mar inmóvil.

La criatura de ojos pálidos.

Tomás cubriendo a una niña con su cuerpo.

La voz de una mujer que lo había llamado *hijo*.

Kael llevó una mano temblorosa a su clavícula.

La marca seguía allí.

El rayo de nueve puntas, rojo oscuro contra su piel, parecía una cicatriz antigua. Al tocarlo, una descarga leve recorrió sus dedos. No fue suficiente para herirlo, pero sí para llenar su cabeza de un zumbido profundo, como un trueno contenido detrás de una montaña.

—No la toques demasiado —dijo una voz desde la ventana.

Kael se sobresaltó.

Edran estaba sentado en una silla junto al cristal. Tenía los brazos cruzados y la espalda recta, pero su rostro revelaba que no había dormido. La vieja espada descansaba apoyada contra la pared, todavía envuelta en su tela oscura, a una distancia que permitía tomarla con un solo movimiento.

Kael miró la luz que entraba por la ventana.

—¿Cuánto tiempo?

—Tres días.

La respuesta tardó en encontrar sentido.

—¿Tres días?

—Tu fiebre no bajaba. A veces no despertabas ni cuando te llamábamos.

Kael intentó recordar algo de esos días. Solo encontró fragmentos: agua negra, raíces brillantes, una puerta roja que se alejaba cada vez que trataba de alcanzarla. Y aquella voz. Siempre aquella voz.

—¿La niña? —preguntó.

Edran lo observó un instante antes de contestar.

—Viva. Se llama Mara. Su madre la llevó al barrio alto. No quería dejarla sola, pero la niña sigue débil.

Kael cerró los ojos, aliviado.

—Dijo que oyó una voz.

El silencio de Edran se volvió pesado.

—Abuelo...

—Descansa.

—Dijo que también la escuchó.

Edran no respondió.

Kael volvió a abrir los ojos. La calma en su abuelo era falsa; la conocía demasiado bien. Edran estaba apretando la mandíbula. Lo hacía cuando quería contener palabras que podían cambiarlo todo.

—¿Era mi madre? —preguntó Kael.

La pregunta quedó suspendida entre ellos.

El anciano bajó la vista hacia sus manos. Eran manos de pescador: nudillos anchos, cicatrices finas, uñas marcadas por la cuerda y la sal. Pero Kael ya no podía mirarlas igual. Había visto esas manos sostener una espada como si jamás hubieran hecho otra cosa.

—Sí —dijo Edran al fin.

Kael dejó de respirar.

No era una evasiva. No era una frase a medias. No era el habitual “cuando seas mayor” o “no sirve de nada remover el pasado”.

Era una respuesta.

—¿Mi madre está viva?

La marca bajo su clavícula destelló.

Las lámparas de la habitación se apagaron al mismo tiempo.

El cuarto quedó en penumbra. Durante un segundo, las sombras de las paredes parecieron estirarse hacia Kael. El medallón de plata, que seguía colgando de su cuello, se calentó hasta quemarle la piel.

—Kael —advirtió Edran.

El medallón emitió un chasquido.

Una línea fina se abrió en su superficie. Después otra. La pieza de plata se separó en dos mitades y dejó al descubierto una lámina de metal tan delgada como una hoja seca, cubierta de letras minúsculas.

Kael la sostuvo con cuidado.

Aunque las letras no eran familiares, al mirarlas sintió que las comprendía.

> Si la tormenta despierta, no confíes en quienes visten de blanco.

Un frío distinto recorrió su cuerpo.

—¿Ella escribió esto? —preguntó.

Edran tardó tanto en responder que Kael levantó la vista, preparado para otra mentira.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Antes de que llegaran aquí.

—¿Aquí desde dónde?

Edran se puso de pie.

—No hoy.

Kael apretó la lámina hasta que le dolieron los dedos.

—Siempre dices eso.

—Porque decirte la verdad no te protegerá de lo que viene.

—¡No necesito que me protejas de mi propia vida!

La voz le salió más alta de lo que esperaba. El dolor en el pecho se mezcló con algo peor: la sensación de que cada respuesta abría una puerta y Edran volvía a cerrarla delante de él.

—Pasé años preguntándote por ellos. Años. Y tú me dejaste creer que estaban muertos o que ni siquiera querías hablar de ellos. Ahora una mujer me llama hijo dentro de mi cabeza, aparece una marca en mi cuerpo y gente con máscaras viene a buscarme... ¿y todavía quieres decirme que espere?

Edran no gritó.

Eso hizo que doliera más.

—No quise que cargaras con esto.

—Pues lo estoy cargando igual.

Antes de que Edran pudiera responder, alguien golpeó la puerta de abajo.

Una vez.

Luego otra.

—¿Kael? —gritó Lía desde la escalera—. Si estás despierto, responde antes de que Tomás se coma toda la sopa que traje.

Kael parpadeó.

—¿Lía?

—¿Quién más tendría la paciencia de subir estas escaleras cargando comida para ti?

La puerta se abrió sin esperar permiso.



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En el texto hay: viajes, amor, venganza y secretos ancestrales

Editado: 09.09.2026

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