# Capítulo 3 — El hombre que Edran fue
La primera cadena cortada no cayó al suelo.
Se deshizo antes de tocar las tablas, evaporándose en una niebla blanca que dejó un olor metálico en la habitación. Durante un latido, nadie se movió.
Kael miraba a Edran.
Su abuelo sostenía la espada con ambas manos. La hoja, oscura y estrecha, parecía demasiado ligera para el modo en que la guiaba. No había temblor en sus muñecas ni duda en su postura. Sus pies estaban separados, firmes sobre el suelo de madera; su cuerpo ocupaba el espacio entre Kael y los invasores como si hubiera repetido aquel gesto miles de veces.
Edran ya no parecía un pescador.
Parecía un hombre que había pasado una vida entera esperando que esa puerta se abriera.
La figura central del Velo Blanco inclinó la máscara lisa.
—Pensábamos que habías muerto, Edran Veyr.
Kael sintió que algo se quebraba dentro de él.
—¿Veyr? —repitió.
Edran no apartó los ojos de los enemigos.
—Ese nombre murió hace mucho.
—Los nombres no mueren —respondió la figura—. Solo esperan a que alguien los recuerde.
Las otras dos máscaras avanzaron.
Lía levantó la barra de hierro con ambas manos. Tomás se colocó delante de Kael, aunque sus rodillas temblaban.
—Tomás —dijo Kael—, no tienes que...
—Sí tengo.
La respuesta fue baja, casi ahogada, pero no vaciló.
Tomás miró a las figuras de blanco sin dejar de protegerlo.
—No vuelvo a dejar que una cosa de esas llegue hasta alguien mientras yo esté aquí.
Kael quiso decirle que no eran cosas. Que eran personas bajo máscaras. Pero recordó la amenaza: *olvidaremos que alguna vez pudiste querer algo*.
No estaba seguro de que quedara suficiente humanidad detrás de aquellas voces.
La primera figura se lanzó hacia Edran.
No blandía una espada. Movió el brazo y tres cadenas de aura surgieron de la pared, atravesando la madera como si esta no existiera. Una buscó el cuello de Edran, otra su muñeca derecha y la tercera el corazón.
Edran giró.
Su espada trazó un arco corto, exacto. La cadena del cuello se partió. Se agachó antes de que la segunda pudiera cerrarse sobre su brazo y, con el hombro, desvió a su atacante contra la pared. La tercera cadena llegó por detrás.
Kael contuvo el aliento.
Edran soltó la espada con una mano, atrapó la cadena entre los dedos y murmuró algo que Kael no entendió.
Una luz azul recorrió el metal blanco.
La cadena se apagó.
Cayó al suelo como hierro muerto.
—¡Por la ventana! —ordenó Edran.
Lía no discutió. Tomó a Kael por el brazo para ayudarlo a ponerse de pie.
—No puedo caminar rápido —advirtió él, con los músculos aún entumecidos.
—Entonces aprenderás a hacerlo mientras corres.
Tomás abrió la ventana trasera. El aire de la mañana entró con un olor extraño a humo y sal. Abajo, el estrecho pasaje entre el taller y la casa de la señora Narel desembocaba en los callejones del puerto.
—Primero Kael —dijo Tomás.
—No —replicó Kael—. Primero tú y Lía.
—Kael.
El tono de Lía no admitía una discusión larga.
Una explosión de luz blanca sacudió el piso. La figura que Edran había derribado recuperó el equilibrio y extendió una mano. Una cadena surgió de su palma, más fina que las anteriores, y se enrolló alrededor de la muñeca de Kael.
El frío le atravesó la piel.
No era dolor.
Era peor.
La cadena tiró de algo que estaba dentro de él.
De pronto, Kael vio a Tomás con ocho años, cubierto de barro hasta las cejas, intentando convencerlo de que una anguila muerta era un dragón marino. Vio a Lía robando peras del mercado y culpando a una cabra. Vio a Edran sentado junto a su cama cuando la fiebre lo consumía de niño, cantando una melodía sin letra.
Las imágenes empezaron a desvanecerse.
—No —susurró Kael.
La cadena se cerró más.
El rostro de Tomás en el recuerdo perdió nitidez. El color del cabello de Lía desapareció. La canción de Edran se volvió un sonido sin forma.
El pánico estalló.
—¡No lo toques! —gritó Tomás.
Tomás se lanzó contra el agente. No tenía una técnica secreta ni una espada. Golpeó con el hombro y con el martillo de carpintero, desesperado por apartarlo de Kael.
La máscara se giró hacia él.
La cadena blanca cambió de dirección.
Kael sintió que el terror se transformaba en rabia.
El relámpago carmesí despertó bajo su clavícula.
Quiso lanzarlo. Quiso convertir la máscara, las cadenas y todo el Velo Blanco en ceniza. Durante una fracción de segundo, esa solución pareció sencilla.
Entonces recordó la voz de la mujer.
> Teme a quien te enseñe a usarla para mandar sobre otros.
No atacó al hombre.
Miró la cadena.
No era una extensión de la persona que la sujetaba. Era un grillete. Un hilo de obediencia que unía su voluntad a algo mucho más lejano.
Kael extendió la mano.
Un filamento carmesí, fino como una vena de luz, salió de sus dedos y tocó la cadena.
No hubo explosión.
La cadena perdió su brillo.
La luz blanca se apagó primero en la muñeca de Kael, luego en el brazo del agente y, por último, en el cuello de la figura enmascarada. El metal cayó al suelo con un ruido pesado.
El hombre se llevó las manos a la máscara.
—¿Qué...?
Se la arrancó.
Era joven. Tendría poco más de veinte años. Tenía lágrimas en los ojos y una marca blanca alrededor del cuello, como si hubiera llevado aquella cadena durante años.
—¿Qué nos hicieron? —murmuró.
La figura central se volvió hacia él.
—No mires atrás, hermano.
El joven retrocedió.
—Yo no... No recuerdo por qué estoy aquí.
Una cuchilla de aura blanca atravesó su pecho.
Kael se quedó inmóvil.
La figura central no había sacado un arma. La cuchilla había nacido de su propia sombra.
El agente liberado cayó de rodillas. Miró sus manos, como si todavía esperara encontrar en ellas una respuesta. Luego se desplomó sobre las tablas.