# Capítulo 5 — La trampa de los dos Edran
La sangre no pertenecía al Edran que estaba con ellos.
Kael lo supo antes de que nadie lo dijera.
La flecha seguía clavada en la mesa de piedra de la torre, vibrando apenas con cada explosión que sacudía Bruma Ceniza a lo lejos. Una gota roja descendió por el asta blanca y cayó sobre el mapa desplegado. Se extendió lentamente sobre las líneas de las calles, cubriendo la marca del mercado bajo.
Edran estaba a unos pasos de él.
Herido. Pálido. Vivo.
Y, aun así, Kael reconocía aquella sangre. No por su color ni por el olor a hierro, sino por algo más íntimo y absurdo: era la sangre del hombre que le había curado las rodillas raspadas, que le había enseñado a remar y que se quedaba despierto cuando las tormentas lo hacían despertar gritando.
—No la toques —dijo Damián.
Kael ya había extendido la mano.
—¿Por qué?
—Porque no es una flecha común.
—Nada de esto es común.
El joven de la Torre sostuvo su mirada, pero no discutió. Desenvainó la espada y se acercó al proyectil con la cautela de quien espera que algo muerto vuelva a moverse.
Lía se cruzó de brazos, aunque sus dedos apretaban con fuerza la barra de hierro.
—Alguien quiere explicarme por qué hay sangre de Edran en una flecha disparada contra Edran?
Tomás estaba junto a Mara. Sin pensarlo, había colocado un brazo delante de la niña como si su cuerpo pudiera protegerla de una visión. Mara no apartaba los ojos de la flecha.
Edran se acercó.
Por un momento, Kael creyó que la arrancaría de la mesa. Pero el anciano se detuvo antes de tocarla. La mano con la que sostenía la espada tembló apenas.
—Es un eco —dijo.
—¿Un eco de qué? —preguntó Kael.
Edran alzó los ojos.
—De una memoria.
—¿De quién?
El silencio se hizo más pesado que la tormenta.
—Mía.
Kael sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Qué significa eso?
—Significa que el Velo Blanco quiere que veas algo.
—¿Algo que ocurrió?
—Tal vez. O algo que podría ocurrir. O algo que ellos mismos han construido usando recuerdos verdaderos.
—¿Y cómo sabes tanto?
Edran cerró los ojos.
—Porque antes de ser pescador, fui muchas cosas que habría preferido olvidar.
La puerta de la torre se abrió de golpe.
Damián giró con la espada levantada. El viento se arremolinó a su alrededor y lanzó polvo por la escalera en espiral.
Una joven apareció en el umbral.
Llevaba un abrigo azul grisáceo empapado por la lluvia, botas cubiertas de barro y una mochila pequeña colgada de un hombro. Su cabello oscuro estaba recogido en una trenza que le caía por la espalda. Parecía agotada, pero su expresión era demasiado tranquila para alguien que acababa de irrumpir en una torre sitiada.
Sobre su palma flotaba una esfera de agua.
No caía.
No se derramaba.
Giraba lentamente, iluminada desde dentro por un resplandor pálido.
—Si van a seguir apuntándose con armas —dijo la joven—, procuren no cortar la flecha. Podría activar un sello defensivo.
Lía bajó la barra de hierro solo unos centímetros.
—¿Y tú quién eres?
La muchacha miró primero a Damián, luego a Edran y finalmente a Kael. Sus ojos se detuvieron en la marca roja que asomaba bajo el cuello de su camisa.
—Isabel Ríos —respondió—. Estudiante de la Academia del Halcón Azul.
Damián frunció el ceño.
—La Academia está al otro lado del estrecho.
—Lo sé. El estrecho no se movió mientras venía.
—¿Nos seguiste?
—Seguí el rastro de aura de las cadenas. Encontré dos pescadores que no recordaban su propio nombre, una mujer que había olvidado el rostro de su hija y tres agentes del Velo Blanco buscando algo cerca del muelle. Después encontré esto.
Señaló la flecha.
—Parecía una pista urgente.
Edran la estudió con una atención fría.
—¿Eres del Clan del Agua del Silencio?
Por primera vez, la calma de Isabel se resquebrajó.
—Eso no importa.
—Importa si sabes leer memorias a través del agua.
—Sé hacerlo —admitió ella—. Y sé que alguien está usando una versión corrompida de una técnica que mi clan prohibió hace generaciones.
Kael miró la esfera suspendida sobre su mano.
—¿Puedes decirnos qué muestra la flecha?
Isabel no contestó de inmediato.
—Puedo intentarlo. Pero un eco de memoria no es una ventana limpia. Puede mostrar el pasado, el presente o un futuro diseñado para asustarte. Si el Velo Blanco ha puesto esta flecha aquí, es porque espera que reaccionen.
—Quieren que reaccione —dijo Kael.
Edran dio un paso hacia él.
—No, Kael.
—Es tu sangre.
—Precisamente.
—Entonces necesito saber dónde estás.
La frase escapó antes de que pudiera detenerla.
Edran estaba delante de él. Respiraba. Lo miraba con esos ojos grises que Kael conocía mejor que los suyos propios.
Pero había otra parte de él —una parte infantil, aterrada— que ya veía a su abuelo solo en alguna celda, llamándolo y esperando una ayuda que no llegaría.
Edran comprendió lo que aquella frase significaba.
Su rostro se suavizó.
—Kael...
—Hazlo —dijo Kael, dirigiéndose a Isabel.
Isabel asintió.
Dejó caer la esfera sobre la flecha.
El agua no salpicó. Se extendió alrededor del asta formando una cúpula transparente sobre la mesa. La sangre ascendió en hilos finos, flotando como raíces rojas dentro del líquido.
Isabel cerró los ojos y movió los dedos.
La cúpula se oscureció.
Kael vio un almacén.
Tenía un techo bajo y vigas hinchadas por la humedad. El agua inundaba el suelo hasta las rodillas. Decenas de máscaras blancas colgaban de ganchos oxidados y se mecían sin que hubiera viento.
En el centro de la sala, suspendido sobre una plataforma de madera, estaba Edran.
No el Edran que permanecía junto a la mesa.