# Capítulo 6 — El almacén de las voces robadas
Kael no eligió ninguno de los dos túneles.
Las voces de Edran seguían llamándolo desde la oscuridad.
—¡Kael, no sigas con ella! —gritaba una desde la izquierda—. ¡Es una trampa!
—¡Kael! —respondía la otra desde la derecha—. ¡Por aquí! ¡Rápido!
Eran idénticas.
La misma voz ronca. La misma forma de pronunciar su nombre cuando estaba preocupado. La misma respiración entrecortada de alguien que trataba de ocultar el dolor.
Kael sintió que cada grito le tensaba el pecho.
Una parte de él quería correr. No importaba hacia dónde. Quería moverse, hacer algo, llegar antes de que una de esas voces se apagara para siempre.
Pero Isabel lo sujetó por la muñeca.
—Espera.
Kael tiró del brazo.
—¡Podría estar herido!
—Podría.
—Es mi abuelo.
—Lo sé.
La calma de Isabel lo enfureció.
—No, no lo sabes.
Ella no le devolvió la rabia. Miró los corredores sin soltarlo.
—No conozco a Edran. Pero conozco las trampas que usan el miedo para hacerte confundir desesperación con dirección.
Una gota de agua cayó desde el techo de la cueva y se estrelló contra la piedra.
El sonido rebotó por ambos túneles.
Kael cerró los ojos.
No escuchó las voces. Escuchó lo que había debajo de ellas.
A la izquierda, había agua.
No el goteo de una cueva ni las olas lejanas del mar. Era un sonido espeso, contenido. Como agua encerrada en una habitación demasiado pequeña.
A la derecha, solo había eco.
Una voz repetida contra paredes vacías.
Kael abrió los ojos.
—El de la izquierda.
Isabel no se movió.
—¿Por qué?
—No lo sé. Pero el otro no suena vivo.
La joven soltó lentamente su muñeca.
—Bien. No te adelantes.
—No prometo nada.
—Eso ya lo había notado.
Entraron por el corredor izquierdo.
La piedra descendía en una pendiente estrecha. El agua les llegó primero a los tobillos, luego a las pantorrillas. Kael avanzaba con una mano contra la pared, intentando no resbalar. Las raíces que atravesaban el techo eran demasiado gruesas para pertenecer a los árboles de los acantilados. Eran oscuras, húmedas y estaban marcadas por venas blancas que pulsaban con una luz débil.
Cada vez que una de aquellas venas brillaba, las voces se callaban.
—¿Son parte del sello? —preguntó Kael.
Isabel observó una raíz sin tocarla.
—No. Son una consecuencia.
—¿De qué?
—De memoria acumulada.
Kael frunció el ceño.
—Eso no significa nada.
—Significa que este lugar ha absorbido demasiado de demasiada gente. Los recuerdos dejan huellas. Algunos se disuelven. Otros se aferran a lo que encuentran.
—¿Como estas raíces?
—Como una herida que no deja de cerrarse mal.
Siguieron descendiendo.
El pasaje terminó en una compuerta de hierro oxidada, casi cubierta por algas. En el centro había una cerradura sin llave: un círculo blanco atravesado por tres líneas, igual a las cadenas del Velo Blanco.
De detrás de la puerta llegó un gemido.
—Kael...
Esta vez no era una voz repetida.
Era débil.
Era real.
Kael dio un paso adelante, pero Isabel levantó una mano.
—Espera.
—¿Otra vez?
—Si abres un sello de memoria con fuerza, puede reaccionar sobre la persona que está dentro.
Kael apretó los dientes.
—Entonces ábrelo sin fuerza.
Isabel lo miró. Había cansancio en sus ojos, pero también algo parecido a aprobación.
—Necesito agua limpia.
Kael soltó una risa breve y amarga.
—Estamos debajo del mar.
—Agua sin intención ajena —aclaró ella—. El agua de aquí está llena de ecos.
Kael miró el medallón abierto en su pecho. Los fragmentos internos de la lámina metálica reflejaron una luz rojiza. No entendía por qué, pero recordó la lluvia golpeando las ventanas de la torre. Recordó la esfera de agua que Isabel había usado para leer la flecha.
Extendió la mano hacia el techo.
—¿Y la lluvia?
Isabel alzó la vista.
—Si puedes traerla hasta aquí, servirá.
Kael no sabía si podía.
El relámpago bajo su clavícula despertó con un ardor conocido. No quiso imponerle una orden a la tormenta. Solo pensó en la lluvia. En el sonido que hacía sobre el techo del taller. En las mañanas que Edran decía que una buena lluvia limpiaba las malas decisiones del puerto, aunque nunca las borrara por completo.
El aire vibró.
Un hilo carmesí ascendió por la grieta de piedra sobre ellos.
Durante un instante, no ocurrió nada.
Luego una gota atravesó el techo.
Después otra.
Y otra más.
No era suficiente para inundar el corredor, pero las gotas se reunieron en el aire sobre la palma de Isabel. Ella las recibió sin hablar. Con movimientos lentos, envolvió la cerradura blanca en una película transparente.
El agua brilló.
Las líneas del sello se resistieron. Se encendieron, tratando de absorberla. Isabel apretó los dientes; una hebra de sangre salió de su nariz.
—No lo rompas —dijo Kael.
—No pienso hacerlo.
—¿Entonces qué haces?
—Le estoy recordando que antes de ser una prisión... fue agua.
Kael no entendió.
Pero la cerradura sí.
La luz blanca se debilitó. Las tres líneas se deshicieron una a una. La compuerta se abrió con un gemido largo.
El olor que salió del interior era insoportable.
Agua estancada. Madera podrida. Sal. Ceniza.
Y algo más.
El olor de una habitación llena de gente que había olvidado quién era.
El almacén ocupaba una cavidad enorme bajo el acantilado. El agua les llegaba a la cintura. Había pasarelas de madera podrida que cruzaban de un lado a otro, y de las vigas colgaban cientos de muñecos.
Kael se detuvo.
Los muñecos llevaban ropa de pescadores.
Un abrigo de lana con remiendos. Botas pequeñas. Delantales manchados de sal. Un sombrero con una cinta verde que Kael reconoció: era igual al que usaba el viejo Oren en el muelle.