# Capítulo 9 — El puerto que se negó a olvidar
Kael salió del almacén corriendo.
El amanecer apenas comenzaba, pero Bruma Ceniza brillaba como si el cielo hubiera ardido durante toda la noche. Llamas blancas se extendían por los muelles. No consumían la madera; avanzaban sobre ella dejando una luz pálida y helada.
El Velo Blanco había encontrado la evacuación.
—¡Por aquí! —gritó una voz desde los tejados.
Damián descendió en una ráfaga de viento y aterrizó frente a Kael. Tenía el uniforme rasgado y una herida en la ceja.
—Los túneles siguen abiertos, pero están atacando las entradas. Lía y Tomás contienen el paso del mercado.
Kael sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Mara?
—Con Edran. De momento está a salvo.
—¿De momento?
Un estruendo interrumpió la conversación.
Al otro lado de la plaza, Tomás sostenía una barricada de piedra que había nacido desde las calles. Sus brazos temblaban. Le sangraba la nariz. Frente a él, las cadenas de aura del Velo Blanco intentaban abrirse paso entre las grietas.
Lía corría de un lado a otro, usando llamas cortas y precisas para quemar las redes blancas sin alcanzar las casas ni a los habitantes atrapados.
—¡Te tardaste! —gritó Tomás cuando vio a Kael.
Kael llegó hasta la barricada.
—Estaba ocupado salvando a mi abuelo.
Tomás dejó escapar una risa débil.
—Excusa aceptable.
La piedra bajo sus manos crujió.
—Pero no puedo sostener esto mucho más.
Kael quiso ayudarlo, pero entonces vio a los habitantes reunidos frente a las figuras del Velo Blanco.
No los atacaban.
Les ofrecían sus manos.
—No tendrán miedo —decía una voz detrás de una máscara.
—No recordarán sus pérdidas —decía otra.
Una mujer se arrodilló ante la luz blanca. Kael la reconoció: Sera. Nilo se aferraba a ella, llorando.
—Mamá, no —dijo el niño.
Sera miró la luz con desesperación.
Kael entendió entonces lo peor del Velo Blanco.
No todos sus seguidores eran monstruos.
Algunos eran personas cansadas de sufrir.
Mara apareció junto a Edran, sosteniendo una lámpara apagada entre sus manos. El anciano caminaba con dificultad, pero su espada seguía desenvainada.
—La señora de las raíces dice que el primer santuario está despierto —dijo Mara.
Kael miró la lámpara.
Dentro no había fuego.
Sin embargo, una chispa verde flotaba en su centro.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó.
—Porque ella no puede cruzar. Pero puede mirar.
Una cadena blanca atravesó el aire hacia ellos.
Kael levantó la mano.
El Relámpago del Alma cortó el vínculo antes de que alcanzara a Mara. La cadena cayó apagada sobre las tablas.
Los habitantes lo vieron.
Kael subió a la barricada junto a Tomás. El puerto entero parecía observarlo: vecinos aterrados, familias abrazadas, personas que ya habían perdido demasiado.
No sabía qué discurso podía reparar aquello.
Así que no prometió lo imposible.
—No puedo devolverles lo que perdieron —dijo.
Su voz no fue fuerte, pero el Relámpago Carmesí hizo que todos la oyeran.
—No puedo prometer que no tendrán miedo. No puedo borrar el dolor.
Las máscaras blancas permanecieron inmóviles.
—Pero nadie tiene derecho a quitarles sus recuerdos para que obedezcan. Nadie puede decidir por ustedes qué partes de su vida merecen conservar.
Sera abrazó a Nilo con más fuerza.
El viejo Oren levantó un remo roto.
Lía se colocó a la izquierda de Kael. Damián, a la derecha. Tomás sostuvo la barricada con las últimas fuerzas que le quedaban. Isabel extendió agua luminosa sobre los heridos, ayudándolos a recuperar el aliento.
El puerto eligió resistir.
No todos tomaron armas.
Algunos cargaron cubos de agua para apagar las llamas blancas. Otros guiaron a los niños hacia los túneles. Los pescadores liberados señalaron rutas seguras y ayudaron a los heridos a levantarse.
Bruma Ceniza no luchó por olvidar el dolor.
Luchó por recordar que no estaba sola.
Entonces Mara elevó la lámpara verde.
La chispa en su interior creció.
Una silueta apareció sobre las nubes: una mujer atrapada detrás de raíces luminosas. Su rostro era débil, pero sus ojos buscaron a Kael entre el humo y el fuego.
Elara abrió los labios.
—Kael.
El puerto entero oyó su nombre.