# Capítulo 11 — El bosque que recuerda
El Bosque de las Raíces Negras comenzaba donde terminaban los caminos de Bruma Ceniza.
Kael, Edran, Tomás, Lía, Isabel, Damián y Mara partieron al amanecer. Detrás de ellos, el puerto todavía reparaba muelles, ventanas y recuerdos. Nadie intentó detenerlos.
La lámpara verde de Mara iluminaba el sendero.
—No la agites tanto —dijo la niña—. Se pone nerviosa.
Tomás miró la lámpara.
—¿Una lámpara puede ponerse nerviosa?
—Esta sí.
Tomás decidió no discutir.
El bosque era demasiado silencioso. Sus troncos negros se retorcían unos sobre otros y las raíces sobresalían de la tierra como dedos. Cada vez que Kael pasaba cerca de una, veía destellos breves: un pescador regresando a casa, una madre llamando a su hijo, Edran sentado junto a una cama infantil.
—El santuario recuerda a quienes protege —dijo Isabel.
—¿Y por qué me muestra esas cosas? —preguntó Kael.
—Porque ya está vinculado a ti.
Damián caminaba unos pasos detrás, vigilando los árboles.
—Eso no significa que sea seguro.
Una raíz se movió.
Tomás se detuvo.
—¿Eso acaba de moverse?
La tierra se abrió frente a ellos.
De ella surgió una criatura hecha de corteza oscura y raíces entrelazadas. No tenía ojos, pero su cabeza se inclinó directamente hacia Kael.
Lía encendió una llama en la palma.
—¿Amiga de la señora de las raíces?
Mara negó.
—No. Ella dice que esa cosa está enferma.
La criatura atacó.
Damián lanzó una ráfaga de viento para apartarla, pero las raíces se aferraron al suelo. Tomás levantó un muro de piedra, e Isabel cubrió las grietas con agua luminosa.
Kael vio entonces una cadena blanca enterrada entre la corteza.
El Velo Blanco había llegado antes.
—¡No la destruyan! —gritó.
Corrió hacia la criatura mientras Lía maldecía detrás de él. La raíz golpeó el suelo junto a su cabeza, levantando tierra y piedras. Kael extendió la mano.
El Relámpago del Alma tocó la cadena.
Por un instante, sintió una memoria que no era humana: lluvia cayendo sobre hojas jóvenes, animales bebiendo en un río limpio, raíces creciendo alrededor de una luz verde.
Después sintió dolor.
No el dolor de una persona, sino el de un lugar obligado a protegerse de aquello que lo contaminaba.
—No eres mi enemiga —susurró Kael.
La cadena se apagó.
La criatura se inmovilizó. Su corteza se abrió en una grieta suave, y de ella nació un brote verde.
Las raíces del bosque se movieron alrededor del grupo, pero ya no como amenazas.
Formaron un sendero.
Al final, entre árboles inmensos, se alzaba una mujer hecha de madera oscura y luz verde. Su rostro estaba cubierto por una máscara de corteza, aunque sus ojos brillaban con una tristeza antigua.
Mara avanzó un paso.
—Ella es la señora de las raíces.
La figura miró a Kael.
—Heredero del Relámpago Carmesí —dijo—. El primer vínculo ha despertado.
Kael apretó la lámpara entre las manos.
—¿Sabes dónde está mi madre?
Los ojos verdes de la guardiana se apagaron un poco.
—Sé que Elara sigue resistiendo.
Kael sintió que todos guardaban silencio.
—¿Y mi padre?
Las raíces bajo sus pies temblaron.
—Auren lucha contra algo que ya no puede vencer solo.
Antes de que Kael pudiera preguntar más, un cuerno sonó desde el borde del bosque.
Damián desenvainó la espada.
Entre los árboles aparecieron figuras con emblemas de fuego, viento y sombra.
No llevaban máscaras blancas.
Llevaban los símbolos de los clanes.
La guardiana habló con voz baja:
—La cacería ha comenzado.