# Capítulo 12 — Los clanes que reclaman
Las figuras salieron de entre los árboles sin ocultarse.
Eran seis: dos llevaban capas rojas con el emblema del fuego, dos uniformes grises marcados por espirales de viento y dos máscaras negras con un símbolo de sombra sobre la frente.
Damián alzó su espada.
—No son exploradores —dijo—. Son reclamadores.
—¿Qué reclaman? —preguntó Tomás.
La respuesta llegó de una mujer de cabello plateado que avanzaba al frente. Una llama azul ardía sobre su palma.
—Al heredero.
Kael dio un paso adelante.
—No soy propiedad de nadie.
La mujer lo examinó como si no lo hubiera oído.
—Soy Serah Vonn, enviada del Clan del Fuego. Los ocho clanes han sentido el despertar del primer vínculo. El Relámpago Carmesí debe ser puesto bajo custodia antes de que abra otra vez la Puerta Roja.
—¿Custodia? —Lía soltó una risa seca—. Qué forma tan elegante de decir “encadenado”.
Uno de los hombres de la sombra inclinó la cabeza.
—No venimos a hacer daño a sus acompañantes. Entréguense y serán tratados con respeto.
Tomás apretó el martillo.
—Eso también suena mucho a amenaza.
La guardiana de raíces avanzó un paso. Las raíces del bosque se elevaron a su alrededor.
—Este santuario no reconocerá a quien intente tomar un vínculo por la fuerza.
Serah mantuvo la mirada fija en Kael.
—El santuario no decide el destino de Auralia.
—Ni ustedes —respondió Kael.
La llama azul creció.
—Tu padre creyó lo mismo.
El golpe de esas palabras fue inmediato.
Kael sintió el relámpago agitarse bajo su piel.
—No hables de él como si lo conocieras.
—Lo conocí lo suficiente para ver lo que dejó atrás.
Edran se puso delante de Kael.
—Auren no abrió la puerta solo.
—Pero fue su sangre la que la sostuvo —replicó Serah—. Y ahora su hijo pretende repetir la historia.
Kael miró las raíces negras bajo sus pies. El primer vínculo brillaba débilmente en su palma, unido al fragmento de medallón.
Podía sentir el miedo de todos: el de sus amigos, el de los reclamadores, incluso el de Serah.
No era odio lo que los había llevado allí.
Era miedo.
Y el Velo Blanco sabía convertir el miedo en cadenas.
—No quiero abrir la Puerta Roja —dijo Kael—. Quiero entender cómo mantenerla cerrada sin que nadie tenga que vivir encadenado a ella.
Uno de los guerreros del viento avanzó.
—Las palabras no cambian lo que eres.
—No —respondió Kael—. Pero mis decisiones sí.
El hombre levantó una mano. Una ráfaga cortó ramas y levantó hojas alrededor del grupo.
Damián respondió con su propio viento.
Las dos corrientes chocaron sobre el sendero y estallaron en una lluvia de corteza.
—¡No ataquen! —gritó Kael.
Demasiado tarde.
Una sombra se deslizó hacia Mara.
Tomás se interpuso, pero una raíz surgió del suelo y atrapó al agresor antes de que pudiera tocarla. La guardiana del bosque no lo hirió; lo inmovilizó entre lianas verdes.
Serah observó el gesto.
—El santuario te protege.
—No —dijo Mara, sosteniendo la lámpara verde—. Protege al bosque.
La mujer de fuego bajó la mano.
El resto de los reclamadores hizo lo mismo.
Kael no entendió por qué.
Serah miró la lámpara, luego las raíces, y finalmente el fragmento de medallón que Kael llevaba en la palma.
—El primer santuario ha elegido un vínculo —dijo con voz baja—. Eso no ocurría desde la Guerra de los Umbrales.
Edran tensó la mandíbula.
—Entonces vuelvan a sus clanes y díganles que Kael no irá con ustedes.
—No puedo —respondió Serah—. Si regreso sin él, enviarán a otros. Algunos no vendrán a hablar.
Isabel dio un paso adelante.
—¿Y qué sugieres?
Serah guardó silencio unos segundos.
—Que llegue primero al Santuario del Agua.
Todos la miraron.
—¿Por qué ayudarías? —preguntó Lía.
—Porque mi clan teme el poder de Kael. El Clan de la Sombra quiere usarlo. El de Viento quiere ocultarlo. Y el Velo Blanco quiere abrir la puerta.
La llama azul de su palma se apagó.
—Pero el Agua aún recuerda una promesa que los demás han olvidado.
Isabel palideció.
—¿Qué promesa?
Serah la miró directamente.
—Que Elara Ríos no fue prisionera de Eryndor.
Kael sintió que el mundo se detenía.
Isabel dio un paso atrás.
—¿Ríos?
Edran cerró los ojos.
Kael miró a Isabel.
Luego a la mujer de fuego.
—¿Mi madre es de su clan?
Serah negó lentamente.
—Tu madre fue del Clan del Agua del Silencio.
Isabel apretó las manos.
El agua a su alrededor comenzó a temblar.
—Entonces... era parte de mi familia.
Un cuerno sonó en el límite del bosque.
Esta vez no fue una llamada de los clanes.
Fue una alarma.
Las raíces bajo los pies de Kael se oscurecieron.
La guardiana levantó el rostro hacia el norte.
—El Velo Blanco ha encontrado el santuario.
Entre los árboles, una luz blanca comenzó a avanzar.
Y no venía sola.