# Capítulo 13 — La raíz herida
La luz blanca avanzaba entre los árboles.
No era fuego ni niebla. Era una columna silenciosa que marchitaba todo lo que tocaba. Las raíces negras se volvían grises. Las hojas caían antes de tiempo.
La guardiana del santuario levantó ambas manos.
—No dejen que alcance el corazón del bosque.
Los reclamadores se miraron entre sí. Serah fue la primera en actuar.
—El Clan del Fuego conmigo —ordenó.
Sus llamas azules se extendieron por el suelo, formando una barrera frente a la luz blanca. Los guerreros del Viento se unieron a Damián y levantaron corrientes para desviar la niebla hacia los claros vacíos.
—No esperaba colaborar contigo —dijo uno de ellos.
—No te acostumbres —respondió Damián.
Kael corrió junto a Isabel hacia el centro del bosque. Mara sostenía la lámpara verde con ambas manos, mientras Tomás y Lía los cubrían desde atrás.
—¿Qué hacemos cuando lleguemos? —preguntó Tomás.
—Improvisar y gritar —dijo Lía.
—Eso no es un plan.
—Ahora sí lo es.
El corazón del santuario era una cavidad enorme bajo las raíces. En el centro crecía un árbol blanco, pequeño y frágil, rodeado por nueve surcos vacíos en la tierra.
Ocho seguían oscuros.
Uno brillaba en rojo y verde.
El primer vínculo.
La luz del Velo Blanco descendió por las raíces y se filtró en la cavidad. Detrás de ella aparecieron figuras enmascaradas, decenas de ellas, arrastrando cadenas de aura.
Vaelor caminaba al frente.
—No vine a destruir el santuario —dijo—. Vine a demostrarles que el heredero no puede protegerlo.
Kael sintió el relámpago arder bajo su clavícula.
—No necesito demostrarte nada.
Vaelor señaló el árbol blanco.
—Entonces míralo morir.
Las cadenas se clavaron en las raíces.
El árbol se dobló. La lámpara de Mara se apagó.
Mara soltó un jadeo y cayó de rodillas.
—Está sufriendo —dijo.
Kael dio un paso, pero Isabel lo detuvo.
—Las cadenas no controlan solo al bosque. Están conectadas a los recuerdos que guarda. Si las rompes con fuerza, podrías borrar todo lo que el santuario ha protegido.
Kael miró los surcos vacíos.
Nueve vínculos. Un árbol que recordaba a Bruma Ceniza. Un enemigo que quería convertir cada memoria en un arma.
Entonces entendió.
No debía atacar las cadenas.
Debía darle al santuario algo por lo que resistir.
Kael apoyó una mano sobre la raíz más cercana.
—Bruma Ceniza sigue aquí —dijo.
El árbol no respondió.
—Sera recuerda a Nilo. Oren recuerda el nombre de su barco. Edran recuerda a Maera. Yo recuerdo a Tomás, a Lía, a Mara, a Isabel y a Damián.
La raíz bajo su mano brilló débilmente.
—No somos recuerdos para guardar en silencio. Somos personas que seguimos eligiendo.
El Relámpago del Alma se extendió por las raíces.
No destruyó las cadenas.
Las llenó de voces.
Desde el bosque llegaron gritos: los habitantes de Bruma Ceniza, los guerreros de los clanes y los amigos de Kael diciendo sus nombres. La luz blanca retrocedió. Las cadenas comenzaron a agrietarse.
Vaelor dio un paso atrás.
—No puedes sostener todos los vínculos.
Kael lo miró.
—No tengo que hacerlo solo.
La lámpara de Mara volvió a encenderse.
Una raíz gigantesca atravesó la cavidad y expulsó a los agentes del Velo Blanco hacia el exterior. Vaelor escapó entre la niebla antes de que Damián pudiera alcanzarlo.
El árbol blanco se enderezó.
En su corteza apareció una nueva imagen: un lago inmenso bajo un cielo azul sin nubes.
Isabel palideció.
—El Santuario del Agua.
La guardiana descendió entre las raíces. Parecía más débil, pero sus ojos verdes brillaban.
—El siguiente camino se ha revelado —dijo.
Kael miró el lago grabado en la corteza.
—Entonces iremos allí.
La guardiana negó lentamente.
—No será tan sencillo. El agua recuerda todo lo que intentas ocultar.
En la superficie, un cuerno volvió a sonar.
No era el Velo Blanco.
Era una llamada de guerra.
Los clanes que habían venido a reclamar a Kael ya sabían hacia dónde iba.