El heredero que no quería ser rey

Prólogo

Doce años antes

El silencio dentro de la Catedral Real de Valmont era tan pesado que parecía capaz de aplastar a cualquiera.
Adrián Beaumont, con apenas dieciséis años, permanecía inmóvil frente al ataúd de su padre.
No había derramado una sola lágrima.
No porque no quisiera.
Sino porque todo el reino estaba observándolo.
Miles de personas llenaban la plaza exterior. Las cámaras transmitían cada segundo del funeral. Los nobles ocupaban las primeras filas. Los ministros murmuraban entre ellos. Incluso los soldados parecían contener la respiración.
Todos esperaban algo de él.
Fortaleza.
Dignidad.
Control.
Porque un príncipe no debía romperse.
Un príncipe debía soportarlo todo.
Adrián apretó los puños mientras observaba el escudo dorado grabado sobre el féretro.
Todavía podía escuchar la voz de su padre.
—Un día serás un gran rey.
Aquellas palabras habían sido pronunciadas con amor.
Pero ahora sonaban como una sentencia.
A su lado, la reina Isabelle mantenía la cabeza en alto.
Perfecta.
Impecable.
Inquebrantable.
Como si la muerte del hombre que había amado no hubiera abierto un vacío imposible de llenar.
Entonces ella giró apenas el rostro.
—Mantén la postura, Adrián.
No era una sugerencia.
Era una orden.
Él tragó saliva.
—Sí, madre.
La ceremonia continuó.
Discursos.
Promesas.
Juramentos.
Palabras vacías que apenas lograba escuchar.
Hasta que llegó el momento que cambiaría su vida para siempre.
El Arzobispo Real avanzó hacia él.
Todo el mundo guardó silencio.
—Su Alteza Real Adrián Alexander Laurent Beaumont —anunció con solemnidad—. Desde este día, usted se convierte oficialmente en heredero de la Corona de Valmont.
Los aplausos comenzaron.
Primero suaves.
Luego ensordecedores.
Pero Adrián sintió algo muy distinto.
Miedo.
Un miedo profundo y paralizante.
Porque mientras todos celebraban su futuro, él sentía cómo ese futuro le era arrebatado.
Su infancia.
Sus sueños.
Su libertad.
Todo desaparecía en aquel instante.
El heredero sonrió porque era lo que se esperaba de él.
Porque los príncipes sonreían.
Porque los herederos obedecían.
Porque los futuros reyes no podían decir la verdad.
Pero dentro de él, una pequeña voz gritaba desesperadamente.
"No lo quiero."
"No quiero esta corona."
"No quiero esta vida."
Nadie escuchó aquel grito.
Nadie.
Y quizás por eso, doce años después, Adrián Beaumont terminaría huyendo del palacio en mitad de la noche.
Huyendo de un destino que jamás eligió.
Sin imaginar que, en un pequeño pueblo escondido entre montañas, una joven escritora estaba a punto de cambiar su vida para siempre.



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En el texto hay: realeza, el amor real

Editado: 09.08.2026

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