—Sonría, por favor, Alteza. Un poco más hacia la luz.
Adrián Beaumont levantó apenas la comisura de los labios, ejecutando el gesto con una precisión casi quirúrgica.
—¿Así está bien, o prefiere que aparente que realmente quiero estar aquí? —preguntó, manteniendo la voz baja y pulcra.
—Un poco más de calidez en los ojos, si es tan amable —insistió el fotógrafo, ajeno o simplemente inmune a la ironía en su tono—. Queremos transmitir cercanía para la edición de mañana.
Obedeció. Ajustó la postura, enderezó la espalda y esbozó la curva exacta que los asesores de imagen habían ensayado con él desde que tenía uso de razón.
El fotógrafo presionó el obturador.
Flash.
Otra toma.
Flash.
Y otra más.
Adrián mantuvo la mirada fija en el lente mientras decenas de ráfagas blancas estallaban frente a sus ojos, cegándolo por breves segundos. Era una técnica que dominaba a la perfección desde la infancia: sonreír aunque las entrañas se le retorcieran, mantener la compostura mientras por dentro sentía unas ganas voraces de gritar e inclinar la cabeza con absoluta educación cuando cada fibra de su cuerpo le exigía dar media vuelta y salir corriendo.
—Perfecto —anunció finalmente el fotógrafo, apartándose del visor con una sonrisa satisfecha—. Una última pose, por favor. Mirada frontal, la mano izquierda sobre el apoyabrazos para que se aprecie el anillo familiar. Eso es. Impecable, Alteza.
Adrián sostuvo la mirada. Una sonrisa pulida. Una postura intachable. El retrato vivo del príncipe perfecto. La fotografía exacta que al día siguiente abriría la sección de sociedad en todos los periódicos de Valmont.
Nadie de los que compraran el diario tendría la menor idea de que, detrás de esa mirada serena, el heredero al trono estaba contando mentalmente los segundos para poder irse a descansar a su habitación y no salir por un buen rato..
—Gracias —murmuró.
Se puso de pie antes de que el equipo pudiera pedirle una toma adicional y abandonó el salón oficial sin esperar réplica. Apenas las pesadas puertas de roble tallado se cerraron a sus espaldas, la sonrisa se le desvaneció del rostro de golpe, dejándole una mueca de absoluto agotamiento.
—¿Cuánto tiempo me queda? —preguntó al aire, echando a andar a paso firme por el pasillo de mármol.
Oliver Reed, el jefe de seguridad real —y el único hombre en todo el palacio que se atrevía a sostenerle la mirada sin parpadear—, acortó la distancia para caminar medio paso por detrás de él.
—¿Tiempo para qué exactamente, Señor? —contestó Oliver con voz neutra.
Adrián se detuvo en seco y se giró hacia él.
—Sabes perfectamente a qué me refiero, Oliver. No juegues a las evasivas conmigo hoy, no tengo la paciencia.
El jefe de seguridad guardó silencio un instante, apretando los labios antes de soltar un largo suspiro de resignación.
—La cena formal con la familia Sinclair está programada para comenzar en exactamente cuarenta minutos. Los automóviles que los trasladan desde la embajada ya han ingresado por el portón norte.
Adrián cerró los ojos y dejó ir el aire despacio. Cuarenta minutos. Solo tres mil seiscientos segundos de tregua antes de tener que sentarse a la mesa frente a una familia que llevaba meses tratando de transformar su futuro y sus sentimientos en las cláusulas de un contrato comercial y político.
Y, por supuesto, en el centro de toda esa orquestación estaría ella: Lady Victoria Sinclair. La mujer que los consejeros, la corte y toda la opinión pública de Valmont consideraban la prometida idónea. Hermosa, impecablemente educada, aristócrata de cuna y única heredera de uno de los linajes financieros más poderosos del reino. En el papel, la futura reina perfecta.
Salvo por un detalle marginal que todos preferían ignorar: Adrián no sentía absolutamente nada por ella. No quería casarse con Victoria. No quería casarse con nadie cuya elección hubiera sido decidida en una mesa de negociaciones por un comité de ancianos.
—No voy a llevar a cabo esa boda —dijo en voz baja pero tajante.
Oliver arrugó el entrecejo, manteniendo el tono profesional.
—Con el debido respeto, Alteza, un compromiso de esta magnitud no es algo que dependa únicamente de sus deseos personales. Hay acuerdos institucionales que se remontan a...
Adrián soltó una carcajada amarga que resonó en las bóvedas del pasillo.
—Ese es precisamente el problema, Oliver. Que en mi vida jamás ha habido una sola decisión que dependa de mí.
Volvió a ponerse en marcha. A lo largo del corredor, las paredes altas estaban tapizadas con los retratos al óleo de los antiguos monarcas de Valmont. Reyes, reinas, príncipes e infantas. Generaciones enteras de la dinastía Beaumont observándolo en silencio desde sus marcos dorados. Todos habían llevado la corona sobre sus cabezas. Todos habían cumplido con el deber cívico sin chistar. Todos habían sacrificado su individualidad para convertirse en fríos símbolos de estado.
Adrián redujo el paso hasta detenerse por completo frente a una pintura en particular. El retrato formal de su padre, el rey Gabriel. Habían transcurrido doce años desde su funeral, pero al mirar esos ojos pintados, Adrián todavía podía escuchar la resonancia de su voz retumbando en su memoria: «Un día serás un gran rey, hijo mío. Un rey del que nuestro pueblo se sienta orgulloso».
Bajó la mirada hacia el suelo pulido.
—Lo siento, papá —susurró, tan bajo que apenas fue un soplo.
Oliver esperó a un lado, manteniendo una distancia prudente y respetuosa.
—Sé que tu mayor anhelo era que yo continuara con este legado —continuó Adrián, hablando más para la figura del cuadro que para su acompañante—. Que asumiera el peso de la historia sin vacilar. Pero te juro que no sé si me queda la fuerza para seguir fingiendo.
—Su Alteza... —intentó intervenir el guardia.
—No quiero esta vida, Oliver —lo interrumpió Adrián, encarándolo. Las palabras brotaron rasposas, cargadas de una sinceridad que llevaba años conteniendo bajo la máscara ceremonial—. No quiero las audiencias, no quiero los matrimonios arreglados, no quiero la corona. No quiero nada de esto.