Adrián descubrió dos verdades incontestables esa mañana, apenas los primeros rayos de luz atravesaron los visillos.
La primera era que despertar en una cama desconocida tras haber escapado de un palacio real resultaba ser una experiencia mucho menos glamurosa y emocionante de lo que las novelas de aventuras solían sugerir. La segunda —y quizás la más preocupante— era que no había dedicado ni un solo segundo de la noche anterior a planificar qué iba a hacer con su vida a partir de ese momento.
Abrió los ojos con lentitud, parpadeando contra la claridad. Durante unos segundos confusos, su mente buscó los referentes habituales de su rutina: la bóveda ornamentada de su habitación en el Palacio Real de Valmont, el fresco familiar en el techo, los retratos al óleo de sus antepasados observándolo desde las paredes con desdén regio y la sombra discreta de un asistente esperando tras la puerta doble con la bandeja del desayuno.
Pero no había nada de eso.
Solo el crujido suave de las vigas de madera, el olor a pino fresco y una estancia de techos abuhardillados, sobria, pero indudablemente acogedora.
Adrián giró la cabeza sobre la almohada. Sobre la mesa de noche descansaba una tarjeta de cartulina gruesa con letras doradas: HOTEL CENTRAL — MONTREVAL.
En un segundo, la marea de los acontecimientos de la noche anterior volvió de golpe a su memoria. La huida por el pasillo posterior, el billete de tren sin regreso, la caminata bajo el frío de la montaña, la pequeña cafetería al final de la calle... y Emma.
Una sonrisa involuntaria, casi imperceptible, se le dibujó en el rostro.
—Emma Rossi... —murmuró en la quietud del cuarto.
Repitió el nombre en voz baja, probando su cadencia en el aire. No entendía bien por qué la imagen de aquella chica con la pluma tras la oreja se le había quedado grabada con tanta nitidez. Quizás porque ella había sido la primera persona en veintiocho años que lo había mirado a los ojos sin buscar un título, una venia o un favor de la corona. Para ella, él solo había sido un extraño con frío y mal café.
Se incorporó en la cama y echó mano a su teléfono. La pantalla se iluminó de inmediato con una ráfaga de notificaciones que pareció no tener fin.
Cuarenta y tres llamadas perdidas. Cincuenta y siete mensajes de texto.
Hizo una mueca de auténtico fastidio y dejó caer el dispositivo sobre las cobijas.
—Definitivamente no voy a contestar a nada de esto hoy —se dijo con firmeza.
Se levantó y caminó descalzo hasta el ventanal de madera. Al abrir las cortinas, el espectáculo de Montreval se desplegó ante él. Desde esa altura podía contemplar el corazón del poblado: calles empedradas que serpenteaban entre fachadas de piedra gris, pequeñas tiendas locales con letreros de hierro forjado y chimeneas humeantes. Al fondo, como un telón de fondo imponente, las cumbres de los Alpes locales cubiertas de nieve perpetua cortaban el cielo azul pálido.
Era un paisaje hermoso, profundamente tranquilo y, sobre todo, maravillosamente ordinario. Justo el refugio que sus nervios destrozados necesitaban.
El Hotel Central era considerado por los lugareños como el establecimiento más emblemático de la comarca. Aunque carecía del lujo ostentoso y cargado del Palacio Real, conservaba esa elegancia clásica de los edificios centenarios: balcones de hierro fundido, muros de mampostería gruesa y una chimenea de piedra en el vestíbulo que nunca se apagaba durante el invierno. Adrián había reservado la mejor suite disponible. Por suerte, sus tarjetas de crédito personales —aquellas no vinculadas directamente a las arcas de la Casa Real— continuaban operativas. Había decidido huir de la corte, sí, pero no hasta el extremo de pernoctar en una banca de la estación de trenes.
Pasó al baño, se tomó una ducha caliente prolongada y se vistió con calma. Escogió unos vaqueros oscuros de corte recto, una camisa blanca de algodón impecable y un abrigo de paño azul marino.
Se detuvo un segundo frente al espejo de cuerpo entero para ajustarse el cuello. Sonrió ligeramente al notar la diferencia. Ninguna corbata de seda ajustada a la garganta. Ninguna chaqueta ceremonial con insignias ni entorchados. Ningún broche con el escudo de los Beaumont prendido en la solapa.
Solo Adrián. O, al menos, la versión de sí mismo que intentaba desesperadamente construir.
Descendió por la escalinata de madera pulida hasta el vestíbulo. La recepcionista, una mujer de mediana edad con gafas de lectura colgadas del cuello, levantó la mirada al escucharlo bajar.
—Buenos días, señor Beaumont —saludó con una inclinación amable.
Adrián se congeló en el último escalón, apretando los puños dentro de los bolsillos.
—¿Perdón? —inquirió, midiendo el tono de voz.
La mujer le dedicó una sonrisa profesional.
—Le recordaba que el desayuno buffet de la casa está incluido en su tarifa y se sirve en el comedor principal hasta las diez.
Adrián dejó ir el aire que había retenido en los pulmones, sintiendo una oleada de alivio. Por un segundo había temido que los telediarios ya estuvieran emitiendo su fotografía.
—Ah, entiendo. No, gracias, no tengo mucho apetito ahora mismo.
Dio un par de pasos hacia la pesada puerta de cristal de la entrada.
—¿Va a salir a recorrer el pueblo tan temprano, señor? —preguntó la recepcionista con curiosidad lugareña.
Él se detuvo con la mano en el pomo.
—Sí, esa es la idea.
—¿Tiene algún punto de interés en mente o busca alguna dirección en particular?
Adrián miró a través del cristal hacia la calle empedrada.
—No realmente. Solo voy a caminar un poco sin rumbo.
La mujer sonrió con cierto aire de advertencia maternal.
—En ese caso, le sugiero que tenga un poco de cuidado.
Él arqueó una ceja, intrigado.
—¿Cuidado? ¿Por qué motivo?
—Montreval es un pueblo bastante pequeño, señor Beaumont —explicó ella, acomodándose las gafas—. Aquí la tranquilidad es la norma, pero las novedades vuelan rápido. Al final del día, todos terminan conociendo los pasos de todos.