El heredero que no quería ser rey

Capítulo 3

Adrián llevaba exactamente veinte minutos de pie frente al espejo de cuerpo entero del armario. Veinte minutos de reloj.

A sus pies, sobre la banqueta de terciopelo, descansaba un desfile de prendas descartadas: tres camisas de vestir perfectamente planchadas, dos chaquetas de lana estructurada y hasta un abrigo de corte militar que de pronto le había parecido exageradamente ceremonial. Por un instante trágico, había considerado seriamente ponerse uno de sus trajes a medida de tres piezas, pero la idea lo hizo sentir tan ridículo y fuera de lugar que terminó soltando una risa corta ante su propio reflejo.

—Vamos, tranquilízate... es simplemente una salida a cenar —murmuró entre dientes, ajustándose el cuello de la ropa.

Sin embargo, su imagen en el cristal parecía contradecirlo abiertamente. Había asistido sin pestañear a cenas de gala con embajadores, duques de la alta nobleza, primeros ministros y miembros de las familias reales más antiguas de Europa. Había estrechado cientos de manos frente al destello incesante de las cámaras internacionales y había pronunciado discursos trascendentales ante multitudes.

Y, sin embargo, no tenía la más remota idea de cómo vestirse para salir a caminar con una escritora y barista de pueblo llamada Emma Rossi.

Finalmente, tras una larga deliberación, se decidió por la opción más sobria: unos vaqueros oscuros de corte recto, una camiseta blanca de algodón denso y un abrigo negro de paño sin insignias. Se quitó el reloj de cadena de oro, sustituyéndolo por uno sencillo con correa de cuero, descartó los zapatos de vestir pulidos e intentó relajarse.

Se miró una última vez en el espejo antes de salir.

—Normal —se dijo en voz baja—. Solo intenta parecer una persona normal.

Aquello era exactamente lo que Emma le había exigido, aunque no tuviera la menor idea de cómo interpretar ese papel sin un protocolo escrito.

A las siete en punto, Adrián llegó a la puerta de Le Petit Soleil.

Emma ya lo esperaba afuera, resguardándose del viento helado junto a la persiana metálica. Llevaba un abrigo cruzado de color beige, una bufanda de lana gruesa enrollada al cuello y el cabello castaño suelto cayéndole libremente sobre los hombros. En cuanto lo vio aproximarse a paso firme, se le dibujó una amplia sonrisa en los labios.

—Vaya, vaya... —comentó, examinándolo de arriba abajo.

Adrián se detuvo frente a ella y levantó una ceja, metiendo las manos en los bolsillos del abrigo.

—¿Qué ocurre? ¿Tengo algo mal puesto?

—Resulta que sí puedes vestirte como una persona común cuando te lo propones —dijo ella con ironía.

—Me esforcé de forma considerable en el vestidor, te lo aseguro.

—Se nota a leguas el sacrificio. Te ves bastante bien.

Él sonrió, sintiendo que la tensión en su nuca comenzaba a disiparse.

—¿Nos vamos?

Emma asintió, indicándole el camino con un gesto de la cabeza.

Comenzaron a caminar por la calle principal. Durante los primeros cinco minutos, ninguno de los dos articuló una sola palabra. Resultaba una dinámica extraña y casi contradictoria: el día anterior habían conversado durante horas con absoluta fluidez sobre la barra del local, pero ahora, bajo el cielo abierto de la noche, ambos parecían demasiado conscientes de que estaban dando un paseo juntos.

—Y bien... —rompió el silencio Emma, ajustándose la bufanda—. ¿Qué es exactamente lo que te gustaría conocer de Montreval en tu primera noche turística?

Adrián la miró de reojo, disfrutando del vapor que salía de sus labios al hablar.

—Absolutamente todo.

—Conocer «todo» en este lugar puede tomarte varios meses —advirtió ella con una risita.

—Tengo todo el tiempo del mundo —respondió él con soltura.

Emma lo miró fijamente unos segundos y sonrió.

—Eso espero, porque no pienso hacer un recorrido acelerado.

Su primera parada fue la plaza principal del pueblo, donde Emma le mostró la antigua fuente de piedra tallada en el siglo XIX, que ahora permanecía congelada. Luego lo guio por la pequeña librería de viejo con escaparates de madera, la iglesia de fachada románica y el pasaje del mercado nocturno. Finalmente, desembocaron en una calleja estrecha y empedrada cuyos balcones estaban decorados con hileras de luces cálidas.

Adrián observaba cada detalle con una curiosidad auténtica y casi infantil.

—¿De verdad me vas a decir que nunca antes habías puesto un pie en Montreval? —inquirió Emma, observando cómo contemplaba un portal de piedra.

—Jamás —confesó él.

—¿Ni siquiera de pasada durante algún viaje familiar?

—Nunca. Mi mundo solía ser... bastante más reducido y predecible que esto.

—¿Y qué te parece nuestro pequeño rincón del mapa?

Adrián contempló la perspectiva de las casas con tejados inclinados y el silencio que envolvía la calle.

—Es increíblemente tranquilo.

—¿Y eso se supone que es una cualidad positiva o un eufemismo para decir que es aburrido?

—Es sencillamente perfecto —afirmó con vehemencia.

Emma se detuvo a un lado de la acera y lo observó detenidamente.

—¿De verdad te gusta tanto un lugar tan aislado?

—Mucho más de lo que podrías imaginarte.

Lo que Adrián no reveló fue que, en su mundo habitual, el silencio era un lujo inalcanzable. No dijo que cada vez que cruzaba las puertas del palacio había docenas de fotógrafos y periodistas esperándolo. No mencionó que jamás en su vida había podido dar diez pasos por la calle sin que un equipo de seguridad armada supiera exactamente su ubicación y midiera cada uno de sus movimientos.

Simplemente continuó caminando a su lado, disfrutando del anonimato de la noche.

Unas manzanas más adelante, Emma se detuvo repentinamente frente a un pequeño puesto callejero de madera iluminado por un farol de gas, desde donde salía un aroma dulce e irresistible.

—A ver, viajero... ¿has probado esto alguna vez? —preguntó, señalando la plancha caliente.



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En el texto hay: realeza, el amor real

Editado: 12.09.2026

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