El heredero que no quería ser rey

Capítulo 4

Adrián se despertó mucho antes de que la alarma de su teléfono tuviera la oportunidad de sonar.

No había logrado dormir más de tres o cuatro horas en toda la noche, pero, por primera vez en años, al abrir los ojos no sintió la opresión habitual en el pecho. No se despertó repasando mentalmente la lista de compromisos oficiales, ni memorizando las líneas de un discurso dinástico, ni anticipando las exigencias implacables de la reina Isabelle o las estrategias del consejo.

Esta vez, lo primero que cruzó su mente al despertar fue el rostro de Emma.

Se quedó inmóvil en la cama, contemplando el techo de madera barnizada de la habitación.

—Esto es sencillamente ridículo... —murmuró para sí mismo, soltando una risa corta e incrédula.

Se giró hacia la mesa de noche. Allí, junto al reloj, descansaba el pequeño trozo de papel que ella le había entregado en la entrada de Le Petit Soleil. Lo tomó entre los dedos y volvió a leer la línea trazada con tinta fresca:

«A veces, perderse por completo es la única manera de encontrar el camino correcto hacia donde realmente pertenecemos.»

Una sonrisa inevitable se le dibujó en los labios. Sin embargo, al deslizar la mirada hacia el reloj digital, la expresión se le congeló de golpe.

—¡Mierda!

Eran las nueve y cuarenta y cinco de la mañana. Había quedado en encontrarse con Emma a las diez en punto en la plaza central.

Se levantó de la cama de un salto. Por primera vez en sus veintiocho años de vida, el príncipe heredero de Valmont —un hombre cuyos horarios siempre habían sido gestionados con precisión militar por un ejército de asistentes— se estaba vistiendo a toda prisa para no llegar tarde a una cita. Una salida que ella se empeñaba en repetir que no era una cita, pero que para él comenzaba a parecerse demasiado a una.

Descartó cualquier prenda que pudiera parecer demasiado estructurada o formal. Eligió un suéter gris de cuello redondo, vaqueros oscuros y una chaqueta sencilla de tela resistente. Nada de relojes de oro, nada de cortes de alta costura, nada que gritara a voces su verdadero origen.

A las diez menos cinco, Adrián cruzó a paso rápido las puertas de madera del Hotel Central y desembocó en la plaza.

Emma ya se encontraba allí, esperándolo junto a la antigua fuente helada. Llevaba su abrigo beige habitual, la bufanda de lana bien ajustada y sostenía dos vasos de café para llevar. En cuanto lo vio aproximarse, alzó la muñeca y miró su reloj con gesto dramático.

—Llegas tarde —sentenció en cuanto estuvo a su alcance.

Adrián consultó su propia muñeca.

—Faltan exactamente cuatro minutos para las diez.

—Precisamente por eso —replicó ella con una chispa de ironía en la mirada—. La puntualidad francesa exige llegar al menos diez minutos antes.

—En ese caso, técnicamente llegué temprano para el horario acordado.

Emma no pudo evitar sonreír y negó suavemente con la cabeza.

—Eres sencillamente imposible.

—Buenos días para ti también, Emma —sonrió él, disfrutando del cruce.

Ella le extendió uno de los vasos de papel humeantes.

—Toma, antes de que se enfríe con este viento.

Adrián lo recibió, sintiendo el calor agradable del vaso en sus manos heladas.

—¿Es para mí?

—No, es para el fantasma de la plaza... Claro que es para ti.

—¿Y cómo sabías exactamente cómo tomo el café si nunca te he pedido uno en la barra?

Emma lo miró de reojo mientras daba un sorbo al suyo.

—Negro. Cargado. Sin una sola gota de leche y sin azúcar.

Adrián la observó fascinado, esbozando una sonrisa amplia.

—Vaya... eso significa que me estás prestando muchísima atención cuando no me doy cuenta.

—No te emociones tanto, tampoco es para tanto —se defendió ella, aunque un leve rubor le tiñó las mejillas.

—Demasiado tarde, ya me emocioné.

Emma rodó los ojos, divertida.

—En fin... ¿Se puede saber qué es lo que querías enseñarme hoy con tanto misterio?

Adrián echó una mirada alrededor de la plaza, contemplando las fachadas de las casas y las montañas a lo lejos.

—La verdad... todavía no lo sé con certeza.

Emma abrió mucho los ojos, deteniéndose en seco.

—¿Cómo que no lo sabes? Me prometiste anoche que tenías algo que mostrarme.

—Pensé que sería una buena idea descubrirlo juntos sobre la marcha.

—¿Me hiciste madrugar un día de descanso para improvisar una caminata sin rumbo?

—Sí, exactamente esa era la idea principal —admitió él con soltura.

—Debo decirte que eres francamente terrible organizando planes.

—Toda mi vida me he visto obligado a dejar que otras personas organicen cada uno de mis planes hasta el más mínimo detalle —respondió Adrián sin pensar.

La frase salió de sus labios con una naturalidad tan aplastante que el silencio se instaló entre los dos por un segundo. Emma lo miró detenidamente, captando el peso invisible detrás de aquellas palabras.

—¿Toda tu vida? —inquirió con suavidad.

Adrián dio un sorbo a su café negro, midiendo el impacto de su desliz.

—Sí. Prácticamente desde que tengo uso de razón.

Emma lo observó durante un par de segundos en silencio. No presionó para obtener nombres ni exigió detalles sobre quiénes eran esas personas. Sin embargo, guardó ese pequeño fragmento de información en su mente.

—Ven conmigo —dijo ella, tomando la delantera—. Si vas a improvisar, al menos deja que yo elija la ruta.

Comenzaron a caminar hacia las afueras del pueblo. El camino de tierra y piedra ascendía de forma gradual entre un bosque de pinos altos que filtraban los rayos del sol matutino. Emma caminaba unos pasos por delante, marcando el ritmo, mientras Adrián la seguía contemplando cómo el viento le agitaba el cabello.

—¿Se puede saber exactamente adónde nos dirigimos? —preguntó él tras diez minutos de marcha.

—No tengo la menor idea —admitió ella sin girarse.



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En el texto hay: realeza, el amor real

Editado: 12.09.2026

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