Emma llevaba toda la mañana con la vista fija en la puerta de cristal de Le Petit Soleil.
Cada vez que el tintineo metálico de la campanilla anunciaba la entrada de alguien, alzaba la cabeza de golpe con el pulso acelerado. Y cada vez que comprobaba que no se trataba de Adrián, volvía la mirada a sus tareas con una opresión creciente en el pecho. Intentaba convencerse a sí misma de que su ausencia no le afectaba, de que solo era un cliente más cuya presencia no tenía por qué alterar sus rutinas. Pero el autoengaño no estaba funcionando en absoluto.
Habían transcurrido casi veinticuatro horas completas desde la última vez que lo había visto en la cafetería, sosteniéndola entre sus brazos tras el incidente de la harina. Y lo que más le dolía no era su ausencia física, sino el silencio absoluto con el que había respondido al mensaje que le había enviado a primera hora.
A las cinco de la tarde, cuando la luz del atardecer comenzaba a teñir el suelo de tonos anaranjados, Emma sacó nuevamente su teléfono del bolsillo del delantal. El mensaje permanecía allí, con el doble cheque de lectura, pero sin una sola respuesta: «¿Te encuentras bien, Adrián?».
—Idiota... —murmuró entre dientes, guardando el aparato con brusquedad.
—¿Se puede saber a quién le estás dedicando semejante cumplido a estas horas? —preguntó una voz a sus espaldas.
Emma se giró rápidamente. Sophie, su compañera de trabajo y amiga, la observaba apoyada en el marco de la cocina con una expresión entre sabia y preocupada.
—A nadie en particular. Cosas mías.
—¿Tiene que ver con Adrián, por casualidad?
Emma dejó escapar un largo suspiro de resignación, pasándose una mano por el cabello.
—No ha aparecido en todo el día. Ni una sola señal.
Sophie caminó hacia ella y se apoyó en el mostrador.
—¿Y ni siquiera se ha tomado la molestia de contestar a tu mensaje?
—En absoluto. Simplemente desapareció.
—Entonces es evidente que algo importante tiene que estar pasándole —afirmó Sophie con convicción.
—O simplemente se dio cuenta de que esto era un error y decidió que ya no quiere volver a verme —replicó Emma, intentando protegerse con un tono de indiferencia que no sentía.
—Emma, he visto cómo te mira —dijo Sophie negando con la cabeza—. Ese hombre no te mira como alguien que tiene intenciones de evaporarse sin más.
—La gente cambia de opinión de la noche a la mañana, Sophie. Las personas se arrepienten.
En ese preciso instante, el sonido claro de la campanilla resonó en todo el local. Emma alzó la vista por inercia y se quedó completamente paralizada en su lugar.
Era Adrián.
Estaba de pie bajo el umbral de la puerta, pero no llevaba la sonrisa serena de otros días. Tenía el cabello ligeramente desordenado por el viento, la piel pálida y el abrigo oscuro abotonado hasta el cuello. Sus ojos, cargados de una inquietud profunda, buscaron los de Emma de inmediato, ignorando por completo la presencia de Sophie o la de los pocos clientes que quedaban en las mesas.
—Hola, Emma —dijo con la voz levemente tomada.
Emma se cruzó de brazos, alzando la barbilla para contener el torrente de emociones que la invadió al verlo.
—Hola, Adrián.
—Tenemos que hablar. Necesito hablar contigo.
—¿Ahora sí tienes tiempo para hablar? —reprochó ella, manteniendo la distancia.
Adrián empujó la puerta con la espalda hasta cerrarla por completo, aislando el ruido de la calle.
—Sí. Ahora sí.
—Porque ayer desapareciste sin decir absolutamente nada —continuó Emma, sintiendo cómo la frustración acumulada durante todo el día empezaba a salir a la superficie—. Y no respondiste a mi mensaje.
—Lo sé. Créeme que lo sé perfectamente.
—Y me preocupé por ti durante horas pensando que te había pasado algo grave.
Adrián dio otro paso al frente, acortando la distancia entre ambos.
—Lo siento muchísimo, Emma. De verdad.
Emma intentó dar un paso atrás para mantener la barrera defensiva, pero él avanzó hasta quedar al otro lado del mostrador.
—No era mi intención hacerte pasar por esto. Lo último que quería en el mundo era preocuparte.
—Pues lo hiciste. Pasé todo el día esperando una respuesta que nunca llegó.
—Lo sé, y no tengo excusa para eso.
—Entonces explícame qué es lo que está pasando de una vez por todas.
Adrián guardó un silencio pesado. La mirada se le ensombreció. No podía revelarle la verdad; no podía decirle que la red de espionaje de su madre la tenía localizada y que su presencia allí ponía en riesgo la tranquilidad de ambos. Todavía no.
—Tuve un problema complicado... un asunto personal que debía resolver de inmediato.
Emma soltó una risa amarga, carente de todo humor.
—Siempre hay un problema contigo, Adrián. Siempre hay un misterio o un asunto del que no puedes hablar.
—Emma, por favor...
—No —interrumpió ella, negando con la cabeza—. No quiero volver a escuchar otra respuesta a medias. No quiero que me trates como si no tuviera derecho a saber quién eres.
Adrián la miró a los ojos, sosteniendo la presión con una mezcla de dolor y sinceridad.
—No puedo contártelo todavía. Te juro que me encantaría, pero no puedo.
Aquellas palabras cayeron entre ellos como un jarro de agua fría, doliendo más de lo que Emma estaba dispuesta a admitir.
—En ese caso, no me pidas que siga confiando en ti a ciegas.
Decidida a terminar la conversación, Emma dio media vuelta para retirarse hacia la trastienda. Pero antes de que pudiera dar tres pasos, Adrián reaccionó con rapidez y la tomó suavemente del brazo para detenerla.
—Espera. Por favor, no te vayas así.
—Suéltame, Adrián —pidió ella en un susurro tenso.
Él retiró la mano inmediatamente, dando un paso atrás en señal de respeto.
—Lo siento. No quería obligarte.
Emma se giró nuevamente hacia él, con los ojos brillando por la rabia y la impotencia retenidas.