El heredero que no quería ser rey

Capítulo 6

La luz tenue de la mañana se filtraba lentamente por el encaje de las cortinas del pequeño apartamento sobre la cafetería.

Emma despertó con una sensación extraña presionándole el pecho, un peso invisible que la hizo salir del sueño de forma paulatina. Durante unos segundos permaneció con los ojos cerrados, flotando en ese limbo pacífico entre la fantasía y la realidad, donde los recuerdos de la noche anterior aún se sentían frescos en su piel. Sonrió para sí misma, sintiendo la calidez de los restos del abrazo de Adrián, y estiró la mano hacia el otro lado de la cama para buscar su cuerpo.

Vacío. Las sábanas de ese lado estaban completamente frías.

Emma abrió los ojos de golpe.

—¿Adrián?... —llamó en un murmullo adormilado.

No obtuvo respuesta. Únicamente el crujido suave de la madera bajo el efecto del viento de la mañana rompió el silencio de la estancia. Se incorporó lentamente, pasándose una mano por el rostro y ajustándose la bata. Miró hacia la puerta entreabierta del baño de la habitación, pero la penumbra revelaba que no había nadie allí.

Bajó de la cama, sintiendo el suelo helado bajo sus pies descalzos.

—¿Adrián? —volvió a llamar, esta vez con un matiz de ligera inquietud en la voz.

Al caminar hacia el pequeño escritorio, su mirada se posó sobre la mesa de noche. Allí, junto a su reloj de pulsera, descansaba una pequeña hoja de papel doblada por la mitad. Lo tomó con manos ligeramente temblorosas y reconoció de inmediato la caligrafía firme y elegante que ya había visto en otras ocasiones.

«Volveré.»

Emma dejó escapar una pequeña sonrisa involuntaria y sacudió la cabeza.

—Idiota... —murmuró en voz baja.

Sin embargo, la sonrisa comenzó a desvanecerse de sus labios progresivamente, reemplazada por una sombra de duda que le heló el cuerpo. Había algo en esa brevedad que no encajaba con la intensidad de lo que habían compartido horas antes. No había una hora aproximada de regreso. No había una sola explicación sobre su partida repentina a las seis de la mañana. Ni siquiera un simple "nos vemos en la tarde" o un indicio de hacia dónde se había dirigido. Solo esa tajante y solitaria palabra: Volveré.

Emma tomó su teléfono de la mesa. La pantalla estaba despejada: ningún mensaje de texto, ninguna llamada perdida, ninguna nota de voz. Caminó hacia el ventanal y apartó la cortina para mirar hacia la plaza de Montreval. La calle peatonal lucía tranquila, solitaria bajo la niebla matutina. Demasiado tranquila. Un presagio sordo comenzó a anudársele en la garganta.

A varios kilómetros de allí, la caravana de automóviles negros devoraba la autopista a gran velocidad.

Adrián permanecía sentado en el asiento trasero del vehículo principal, con el codo apoyado en la puerta y la frente descansando contra el cristal tintado. Observaba en silencio cómo los paisajes verdes y las pequeñas casas de Montreval se desvanecían lentamente detrás de ellos, siendo reemplazados por los fríos contornos de la autopista nacional. No había pronunciado una sola palabra desde que los escoltas cerraron la portezuela frente al local.

El hombre de traje oscuro sentado a su lado, un alto funcionario de la cancillería de la corte, rompió finalmente el pesado silencio de la cabina.

—Su Majestad la Reina está verdaderamente descontrolada con esta situación, Alteza —comentó con tono severo—. Su ausencia prolongada ha puesto en jaque la estabilidad de la agenda institucional.

Adrián ni siquiera se molestó en girar la cabeza para mirarlo.

—Imagino que sí. A mi madre siempre le ha molestado perder el control absoluto de las cosas.

—Ha causado usted un problema diplomático y mediático de proporciones considerables, señor —insistió el funcionario, acomodándose los anteojos—. Las especulaciones en la capital eran desastrosas. A partir de este preciso momento, su agenda completa volverá a estar bajo el estricto control de la secretaría privada del palacio.

Adrián dejó escapar una risa seca y amarga, sin un ápice de humor.

—¿Mi agenda bajo control? —preguntó con sarcasmo.

—Así es, por orden directa de la Corona.

—¿Y también van a decidir a qué hora debo acostarme y en qué habitación se me permite dormir? —desafió Adrián, inclinándose levemente hacia él.

El funcionario guardó un silencio incómodo, ajustándose el cuello de la camisa.

—¿Decidirán también con quién tengo derecho a hablar por teléfono durante mi tiempo libre? —continuó Adrián, alzando la voz—. ¿Con quién puedo salir a tomar un simple café?

El hombre prefirió mantener la vista fija en el frente del vehículo sin responder.

Adrián lo fijó con una mirada helada.

—¿Decidirán ustedes también a qué mujer tengo permitido besar?

El funcionario bajó la mirada, incapaz de sostener la firmeza de los ojos del príncipe. Adrián sonrió de forma amarga y volvió a apoyar la cabeza contra el cristal.

—Eso fue exactamente lo que pensé.

Minutos más tarde, el automóvil atravesó los monumentales portones de hierro forjado del Palacio Real de Valmont. En cuanto las ruedas del vehículo pisaron el pavimento de la plaza de armas, Adrián sintió que una losa de tonelada métrica caía sobre sus hombros, cerrando algo dentro de su pecho.

Había regresado. Era el mismo escenario de siempre: la arquitectura monumental, la guardia de honor formada en perfecta simetría, las paredes frías recubiertas de tapices centenarios y el peso agobiante de una dinastía sobre su espalda. Sin embargo, él ya no era el mismo hombre inexperto que había escapado a escondidas semanas atrás.

Ahora sabía lo que se sentía despertar junto a alguien sin el temor constante a la traición. Sabía lo que era caminar por una calle estrecha sin que cada transeúnte murmurara su apellido al pasar. Sabía lo que se sentía cuando una mujer lo miraba directamente a los ojos con amor puro, sin saber que detrás de su nombre había una corona y un título de estado. Y, sobre todo, sabía algo mucho más peligroso para la monarquía: sabía que era capaz de ser genuinamente feliz lejos de allí.



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En el texto hay: realeza, el amor real

Editado: 12.09.2026

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