Josephine no era una persona negativa. De hecho, su madre solía decirle (con una mezcla de ternura y resignación) que parecía llevar puestos unos lentes especiales, unos que le hacían ver la vida permanentemente de color de rosa. Josephine siempre había considerado que aquella observación era bastante acertada. No porque la vida fuera fácil o perfecta, sino porque, si uno tenía la opción, ¿por qué elegir verla gris?
Prefería el rosa. Definitivamente.
Demasiada oscuridad había tenido. O bueno… quizá no tanta, si se lo analizaba con honestidad. A veces se sorprendía a sí misma exagerando sus propias desgracias, como si necesitara darles un dramatismo que no tenían. Pensarlo bien la obligaba a admitir que sería un tanto ridículo considerarse la protagonista de una tragedia.
Había cosas mucho peores en la vida que descubrir que una había sido la amante involuntaria de un hombre con doble vida durante tres años completos. Mucho peores que ser despedida por un jefe que confundía autoridad con derecho a invadir espacios ajenos. Cosas realmente graves. Catástrofes auténticas. Ella, en comparación, sólo había atravesado… tropiezos. Dolorosos, sí, pero no irreparables.
Podía sonar trágico si se contaba rápido, con música dramática de fondo. Pero Josephine prefería pensarlo como una cadena de eventos desafortunados que, de algún modo, la habían empujado exactamente hasta donde estaba ahora.
Y dónde estaba ahora no era un mal lugar.
Si no hubiese estado con aquel hombre infeliz, experto en mentir con sonrisa encantadora, no tendría a su hijo Kian. Y Kian era, sin exagerar, la mejor cosa que le había pasado en la vida. La luz de sus ojos, el centro de su universo, el responsable de que nunca olvidara cargar una mochila extra con juguetes “por si acaso” y de que aprendiera a identificar dinosaurios con una precisión casi académica.
Y si no hubiese sido despedida por su exjefe (a quien mentalmente tenía calificado como deplorable) no estaría ahora mismo viajando hacia Londres para comenzar un nuevo empleo. Uno que le gustaba. Uno que había conseguido sola. Uno que no implicaba sonrisas incómodas ni silencios tensos.
Josephine había aprendido a tomar los momentos poco felices de su vida y convertirlos en motivación. Era su forma de afrontarlo. No negarlos, no minimizarlos, pero tampoco permitir que la definieran. Los acomodaba mentalmente y pensaba: bien, ¿qué aprendimos de esto?
Seguiría haciéndolo. Siempre. La maternidad le había dado esa perspectiva con una claridad incuestionable. Porque tal vez, si no fuera madre, se habría permitido caer un poco más. Permitirse una semana entera de tristeza, llorar sin horarios, quedarse en la cama mirando el techo. Pero una no podía decaer cuando tenía un niño de cinco años que necesitaba crecer sin traumas.
O al menos, sin demasiados.
Kian no sabía que su padre era un hombre que había llevado una doble vida con una facilidad alarmante. No sabía que su madre había sido “la otra” sin saberlo. Para él, el mundo era simple: tenía una mamá que lo amaba, un dinosaurio de peluche que se llamaba Rex y una colección de preguntas interminables.
Por el momento, eso le bastaba.
Josephine, sin embargo, sabía que el momento de las preguntas llegaría. Llegaría el día en que Kian comenzara a compararse con sus compañeros de colegio, en que notara que algunos padres iban juntos a las reuniones o se turnaban para recogerlos. Estaba preparándose mentalmente para eso.
—¿Ya llegamos?
La voz de Kian la sacó de sus pensamientos de golpe.
—Sí, de hecho sí —respondió, sonriendo—. Al fin despertaste, dormilón.
Kian se frotó los ojos con ambas manos y suspiró con dramatismo.
—Esto de mudarse es agotador —bufó, como si hubiese llegado corriendo desde Brighton y no cómodamente instalado en el asiento trasero, de un auto, cubierto con una manta y abrazado Rex.
Josephine no pudo evitar reír.
—Claro, agotador —asintió—. Especialmente cuando uno duerme todo el camino.
—Dormí poquito —se defendió.
—Por supuesto.
Decidió no discutir. Era una batalla perdida.
—Esta noche vamos a pedir pizza —anunció—. ¿Qué dices?
—¡Sí, pizza! —Kian levantó los brazos con entusiasmo, aunque su expresión seguía ligeramente adormilada, como si su cara aún no se hubiese puesto completamente de acuerdo con su emoción.
Josephine lo observó por el espejo retrovisor, luego volvió la vista al frente. Ya podía ver la casa. Su nueva casa. No era enorme, ni ostentosa, pero tenía una fachada acogedora y ventanas amplias que dejaban entrar la luz. Había conseguido alquilarla gracias a su padre, que conocía al propietario y había hecho de intermediario con una eficacia sorprendente.
El hombre, convenientemente, era director de un colegio. Y también había accedido a facilitar el ingreso de Kian. Josephine estaba bastante segura de que aquel favor le había ahorrado varias canas prematuras.
—Mira, ahí está nuestra casa —señaló, reduciendo la velocidad hasta estacionar.
Kian se pegó a la ventana.
—¡Wow! Qué bonita.