Theodore llegó a casa de Judith temprano. No porque tuviera un entusiasmo especial por madrugar, sino porque su querida abuela así lo exigía. Si iba a desayunar con ella, debía hacerlo temprano, porque, por alguna razón que jamás había logrado comprender del todo, Judith manejaba el tiempo y no al revés. Él no discutía aquel detalle. Quizá cuando llegara a los ochenta y tantos sería igual.
Judith solía decir que la edad volvía a las personas mañosas, y lo que ella decía solía convertirse, automáticamente, en una verdad absoluta. Tal vez era por la edad, o tal vez porque Theodore la quería mucho, pero había aprendido a no contradecirla. Al menos no en temas importantes, como los horarios de desayuno o la temperatura adecuada del té.
En realidad, Judith no era su abuela. Era la vecina de su hermano Alexander, una mujer solitaria con la que había comenzado intercambiando saludos cordiales, luego charlas breves y, sin darse cuenta, largas conversaciones. Vinieron después las tardes de té, las recomendaciones de libros, las discusiones sobre personajes ficticios y, en algún punto del camino, la adopción mutua.
Judith tenía familia, por supuesto. Pero era esa clase de familia numerosa que aparecía cada ciertos meses, comprobaba que siguiera viva y desaparecía con la conciencia tranquila. Al principio, Theodore había pensado que exageraba al contar aquellas ausencias con tanta ironía. Con el paso del tiempo entendió que no lo hacía. Sus hijos y nietos aparecían con la puntualidad de una visita protocolar y la calidez de un trámite.
Así que Theodore empezó a frecuentarla cada vez más. Y como Judith solía decir (sin el menor pudor) que él era el nieto que le hubiese gustado tener, aceptó el papel sin demasiada resistencia.
Abrió la puerta de la casa con sus propias llaves (sí, ya tenía llaves) mientras su mirada se desviaba hacia el enorme camión de mudanza estacionado enfrente. Al parecer, habría nuevos vecinos. Bueno, no para él exactamente. Aunque conocía a medio vecindario gracias a sus constantes visitas a Alexander y a Judith, no vivía allí.
—¡Llegaste! —exclamó Judith, acercándose a paso rápido con el bastón en la mano—. Tendremos nuevos vecinos. ¿Viste a alguien? ¿Alguna cara nueva?
—No —respondió Theodore mientras cerraba la puerta—. Solo unos hombres descargando una cama.
Judith se asomó por la ventana sin el menor rastro de discreción. Era la chismosa oficial del barrio y llevaba el título con orgullo.
—Cama matrimonial —murmuró.
Theodore rio con ganas.
—Eso no dice nada —le besó la sien al pasar rumbo a la cocina—. Yo tengo una cama matrimonial y mi única compañía son las almohadas.
—Bueno, pero ya bajaron una cama individual —replicó ella—. Es una familia.
—Qué bien —comentó él—. No tenía idea de que esa casa estuviera en venta.
—Alquiler —aclaró Judith, apareciendo en la cocina y sentándose—. Paul la alquila.
—Siempre tan bien informada —dijo Theodore con una sonrisa mientras se ponía a preparar té—. ¿Alguna vez vivió alguien ahí? Desde que Alex se mudó no recuerdo haber visto movimiento.
—Desde que Paul se fue, no —explicó—. Pero es lo normal. Tiene al menos una docena de propiedades para alquilar, esta no debe ser la más popular.
—Supo invertir bien su dinero —comentó Theodore.
—O vende drogas —murmuró Judith.
Theodore soltó una carcajada.
—Es director de colegio —continuó ella—. Las cotillas del barrio siempre dijeron que empezó a invertir el dinero de la jugosa herencia de su abuelo, que al parecer era dueño de una cadena de hoteles en Estados Unidos.
—Eso tiene sentido.
—Me gusta más lo de las drogas.
Theodore volvió a reír mientras buscaba las tazas.
—Cuando yo me muera —añadió Judith con total naturalidad—, podrás mudarte aquí o alquilar la casa. Solo prométeme que no dejarás que se caiga a pedazos.
—Abuela Jude —dijo él, sin dejar de sonreír—, tus hijos y tus nietos me lincharán.
—Mis hijos y mis nietos se pueden ir al diablo —sentenció—. Tú eres el único que me cuida.
—No te cuido para que me heredes la casa.
—Y por eso mismo quiero dejártela a ti —bufó—. Cuida los rosales, por favor. Si se secan, volveré del más allá y te haré cosquillas en los pies mientras duermes.
—Eres una vieja macabra —dijo él, divertido.
—Sí, lo soy —aseguró con orgullo.
Ambos rieron mientras Theodore dejaba las dos tazas de té humeante sobre la mesa.
—En el refrigerador hay tarta de manzana.
—¿La hiciste? —preguntó él con ilusión.
—Te la había prometido.
Theodore la abrazó brevemente y luego fue por la tarta. La colocó en la mesa, buscó azúcar, añadió la leche recién calentada a las tazas y se sentó frente a ella.
—Esto se parece más a una tarde de té que a un desayuno —bromeó—. Mi padre no concibe un desayuno sin salchichas.
—Yo desayuno diferente —sentenció Judith.