Josephine se sentó junto a Kian en la cama con expresión resignada. Si alguien le hubiese pedido que definiera ese momento exacto de su vida, habría elegido una palabra poco elegante pero honesta: desastre. Uno controlado, sí, pero desastre al fin. Ella estaba cien por ciento segura de que había contratado el paquete completo. Había leído cada punto del contrato, incluso los que aparecían en letra pequeña, y aun así, allí estaba: con todas sus pertenencias abandonadas en el exterior como si fueran parte de una instalación artística contemporánea titulada Mudanza fallida.
Los hombres que trasladaron sus cosas deberían haberlas metido dentro de la casa. Eso era lo lógico. Lo razonable. Lo civilizado. Pero no. Lo habían dejado fuera. Todo. Absolutamente todo. Muebles, colchones, una lámpara envuelta en más plástico del necesario y, lo más grave de todo, las cajas con los peluches de Kian, que para él tenían un valor similar al de una colección de joyas antiguas.
¿Cómo iba a acarrear ella sola semejante cantidad de cosas? No tenía idea. Y, siendo honesta consigo misma, tampoco tenía energía para pensarlo en ese preciso instante. Así que decidió concederse un lujo: cinco minutos exactos para entrar en pánico en silencio. Sin lágrimas, sin dramatismo, solo una breve implosión emocional. Luego, lo solucionaría. Siempre lo hacía.
—¿Y si llamamos al abuelo para que venga a ayudarnos? —preguntó Kian, moviendo los pies en el aire.
Josephine se lanzó hacia atrás en la cama y miró al cielo, como si allí pudiera aparecer una respuesta divina o, al menos, una solución logística milagrosa.
—No será necesario —respondió con una seguridad que no sentía—. Lo solucionaré.
—¿Y si dormimos aquí? Nos abrigamos bien —sugirió Kian.
Josephine se rio.
—Creo que va a llover.
Kian dio un respingo, horrorizado, como si acabara de escuchar la peor noticia de su corta vida.
—¡Mis peluches! No se pueden mojar.
Josephine no quiso mencionar que los peluches podían lavarse. El verdadero problema eran los colchones, los sofás, la mesa… eso sí sería una catástrofe. Una que no estaba dispuesta a enfrentar.
—Mamá —Kian se lanzó junto a ella, también boca arriba, mirando al cielo—, hay que empezar ya mismo.
—Lo sé.
—Mamá…
—¿Sí, Kian?
—Yo puedo hacer mucha fuerza y ayudarte.
Josephine giró la cabeza y lo miró con ternura. Tenía una expresión decidida.
—Quizá podamos abrir algunas cajas para que tú puedas llevar dentro lo más pequeño —meditó en voz alta—. Yo me encargo de los muebles y…
—Buenos días —una voz masculina los interrumpió.
Josephine y Kian se incorporaron en la cama.
—Lo siento, no quise asustarlos —dijo enseguida—. Soy Theodore, pensé que quizá podrían necesitar una mano.
—¡Sí! —exclamó Kian, saltando de la cama sin dudarlo y extendiendo la mano—. Soy Kian y necesito que mis peluches estén a salvo de la lluvia.
Josephine parpadeó. Había pasado de desconocido a aliado en menos de tres segundos.
Theodore le estrechó la mano con una sonrisa amplia y sincera. Así que Josephine también se puso de pie para saludarlo.
—Soy Josephine —dijo con una sonrisa—, y si nos ayudaras con los muebles, yo podría hacerte un altar.
—Mamá… mis peluches —susurró Kian, preocupado.
—¿Dónde están tus peluches? —preguntó Theodore, poniéndose serio de inmediato, como si se tratara de una misión de alta prioridad.
—Ahí, son unas diez cajas —señaló Kian.
—¿Diez cajas? ¿De peluches? —preguntó Theodore, sorprendido.
Josephine asintió.
—Es muy fan de los peluches.
—Sobre todo los de dinosaurios. Mi favorito se llama Rex —dijo Kian, y luego se inclinó hacia Theodore para susurrarle—, pero no se lo digas al resto.
Theodore sonrió, claramente conteniendo la risa.
—Bueno, ¿qué tal si entramos muy rápido tus peluches y luego empezamos con los muebles? —propuso.
—¡Sí! —exclamó Kian—. Eres mi héroe, sería trágico que mis peluches se mojaran.
—Ya lo imagino. Permiso —dijo Theodore mientras empezaba a apilar cajas con sorprendente eficiencia.
Josephine se acercó para ayudarlo.
—¿Vives por aquí? —preguntó.
Theodore negó lentamente.
—No, pero estaba enfrente visitando a mi abuela. Y junto a su casa vive mi hermano con mi cuñada y mis sobrinos —explicó.
—Así que solo tuvimos suerte de que estuvieras aquí —comentó Josephine.
—Sí, aunque honestamente vengo a menudo —admitió con una sonrisa—. No vivo lejos. ¿Qué hay de ustedes? ¿De dónde vienen?
—¡Brighton! —exclamó Kian con entusiasmo—. Mamá tiene un trabajo nuevo.
Josephine asintió.
—¿Conoces Brighton?