Theodore se quedó parado en un rincón de la sala mientras esperaba el café que Josephine le había ofrecido. El lugar había quedado repleto de cajas y muebles desordenados.
Se habían mudado con muchas pertenencias, eso era evidente. No era una mudanza improvisada ni ligera; era una de esas que anunciaban permanencia, raíces. Theodore se sorprendió a sí mismo sacando conclusiones que no le correspondían. ¿Por qué estaba analizando eso? No lo sabía con certeza. Quizá porque se encontraba en la casa de una completa extraña, con la que había cruzado pocas palabras, y su mente buscaba algo sólido a lo que aferrarse para justificar su presencia allí.
En realidad, tenía ganas de volver a la casa de Judith y devorar la tarta de manzana que probablemente lo estaría esperando pacientemente en el refrigerador otra vez. Sin embargo, Josephine había sido tan amable, tan genuina en su ofrecimiento de café, que rechazarla le habría parecido casi un gesto de mala educación.
—¿No vas a sentarte?
Theodore giró la cabeza y se encontró con los ojos atentos de Kian, quien no había parado de hablar desde el instante en que se habían presentado y él estaba sinceramente impresionado por su capacidad para socializar sin el menor rastro de timidez. Theodore sonrió de inmediato.
—Bueno —respondió—, si me invitas… podría.
Kian no necesitó más. Sonrió ampliamente y, con una naturalidad que habría desconcertado a cualquiera, lo tomó del brazo, como si fueran viejos conocidos.
—Ven —dijo, guiándolo hasta el sofá—. Ponte cómodo, como en tu casa.
Theodore obedeció sin resistencia. Se sentó en el sofá incapaz de borrar la sonrisa de su rostro. Kian era un niño encantador, pero también involuntariamente gracioso. Apenas él se acomodó, se quitó las botas con un movimiento torpe, se subió al sofá y se estiró con un suspiro exagerado, digno de un actor veterano.
—Estoy tan cansado —anunció—. No tenía idea de que una mudanza pudiera ser tan agotadora.
—Sí, las mudanzas son agotadoras —le dio la razón Theodore con solemnidad.
Era consciente de que Kian no había cargado muebles ni levantado cajas durante horas, y que probablemente no tendría que enfrentarse al caos posterior como Josephine. Aun así, decidió tomarse su cansancio con la seriedad que merecía. El agotamiento infantil, al fin y al cabo, también era real.
—¿Te has mudado alguna vez, Theodore? —preguntó Kian, mirándolo con interés genuino.
—Sí —respondió—. De hecho, más de una vez.
—¿Y cómo sobreviviste?
Theodore apretó los labios, luchando por contener la risa. Luego adoptó una expresión grave.
—Fue duro —dijo—. Muy duro.
Kian suspiró profundamente.
—Lo imagino.
En ese momento, Josephine apareció desde la cocina haciendo un pequeño número de malabares con tres tazas. Theodore se levantó de inmediato para ayudarla, movido tanto por cortesía como por reflejo.
—Gracias —dijo ella con una sonrisa sincera cuando él tomó una de las tazas—. Café para nosotros, chocolate para el niño más trabajador de todos.
Kian se enderezó en el sofá, orgulloso.
—Gracias, mamá. Necesito energía para sobrevivir a esto.
Josephine pasó junto a Theodore para sentarse en el otro sofá y le susurró:
—El melodrama se le da bien.
Theodore soltó una risa discreta y volvió a sentarse.
—No tengo nada de comida para ofrecerte —dijo Josephine con un dejo de disculpa—. Pero en compensación por la ayuda, pásate por aquí cuando gustes y te invitamos a un almuerzo o una cena.
—Mi mamá es la mejor cocinera del mundo —sentenció Kian con absoluta convicción.
—No hace falta, en serio —respondió Theodore con honestidad.
—Insisto —dijo Josephine—. Has dejado a tu abuela para venir a ayudarnos. Te hicimos perder buena parte de la mañana de un sábado.
Theodore pensó en Judith y en la tarta, pero también en la expresión agradecida de Josephine y en la energía desbordante de Kian. No se arrepentía de haberles ofrecido ayuda.
—Bueno, está bien —cedió—. Será un placer.
Josephine sonrió, visiblemente satisfecha.
—Solo dame unos días para que la casa esté ordenada y no tengamos que comer entre cajas —añadió, señalando alrededor.
Theodore rio. Estaban rodeados de cajas de todos los tamaños, sí, pero aquello no tenía nada de caótico; más bien parecía el comienzo de algo.
—Si necesitas ayuda con algo más, no dudes en pedírmela —se ofreció.
—Muchas gracias —respondió ella con una sonrisa entre tímida y traviesa—. Quizá vuelva a pedirte una mano. Me traje algunas herramientas de mi papá, pero no tengo escaleras.
—Tengo una —dijo él—. Puedo traerla… ¿mañana?
—Sería espectacular —asintió ella—. Si no es molestia, claro. Si no, puedo esperar.
—No es molestia. No tengo planes para mañana.
—Gracias, otra vez —rio—. Le compré a Kian unas estanterías espectaculares para su nueva habitación.