Josephine había empezado a ordenar apenas Theodore se fue. Literalmente apenas. Cerró la puerta detrás de él, apoyó la espalda unos segundos y exhaló como si recién entonces se permitiera reconocer el cansancio acumulado. Ese hombre le había salvado el día. Y probablemente la espalda. Y, siendo honesta consigo misma, también el ánimo. No todos los días un desconocido aparecía para ayudar en una mudanza con tan buena predisposición y sin hacerla sentir una carga.
Eso solo podía significar una cosa: había tenido suerte. Mucha suerte. Buenos vecinos… o al menos buena gente cerca. Él no era exactamente su vecino, pero su abuela, su hermano y su cuñada vivían justo enfrente, y si algo había aprendido en la vida era que las buenas personas solían venir en grupos, como las uvas. O como los problemas, dependiendo del caso. Pero, como siempre, prefería quedarse con la versión optimista.
No perdió demasiado tiempo reflexionando sobre Theodore, sin embargo. Tenía una casa que ordenar y un niño que alimentar, y ambas tareas exigían atención inmediata. De hecho, la parte de alimentar al niño había requerido una pausa estratégica para pedir comida una vez más. Las compras del supermercado estaban programadas para esa misma tarde porque, siendo sincera, su cuerpo estaba empezando a exigir algo que no viniera en una caja de cartón. Kian también merecía comida de verdad. Algo caliente, casero, reconfortante.
Así que entre cajas medio abiertas, muebles todavía envueltos en plástico y el sonido constante del papel burbuja explotando bajo sus pies, Josephine organizó lo básico: un pedido de comida con platos descartables incluídos porque los platos reales estaban enterrados en alguna caja en algún lugar recóndito de la casa, y un almuerzo improvisado que, aun así, les supo a gloria.
Por la tarde, por fin hicieron las compras. El refrigerador y la despensa quedaron llenos, y Josephine decidió preparar carne al horno con vegetales para la cena. El día había sido agotador. No solo por el trabajo físico, sino por la suma de emociones; el traslado, la casa nueva, la lluvia amenazante, el entusiasmo desbordante de Kian. Cuando terminaron de cenar, ambos comenzaron a bostezar sin el menor pudor, como si estuvieran compitiendo por quién abría más la boca.
Kian se fue directo a la cama, feliz, exhausto, arrastrando a Rex con él. Josephine, en cambio, decidió que aún le quedaba una pequeña cuota de energía mental y la invirtió en ordenar el baño. No era mucho, pero era algo. Y ese algo la hacía sentir sorprendentemente productiva. Tener el baño mínimamente funcional era una de esas pequeñas victorias que marcaban la diferencia entre el caos total y la ilusión de control.
También tuvo un debate interno acerca de guardar algo de ropa, pero apenas miró la escalera y recordó que el armario estaba abajo, pesado y obstinado, decidió que no. Acarrear sola un mueble escaleras arriba sonaba… poco tentador. Muy poco tentador.
Claro que había pensado en pedirle ayuda a Theodore. No era una idea descabellada. Pero ya la había ayudado a subir las camas y prefería no abusar de su buena voluntad. Al menos no el mismo día. Darle unas horas de tregua al pobre le pareció lo mínimo.
Así que finalmente se fue a dormir.
Durmió poco. Pero soñó mucho.
En su sueño, dormía doce horas seguidas. Doce horas gloriosas, profundas, sin interrupciones, sin alarmas, sin saltos sobre el colchón. Fue un sueño hermoso. Lamentablemente, solo eso; un sueño.
Porque cuando la alarma del teléfono sonó, Kian ya estaba rebotando sobre su cama con una energía que claramente no había heredado de ella.
Josephine apagó el sonido de manera torpe, tanteando a ciegas, y se mantuvo con los ojos cerrados unos segundos más. Fingiendo, con bastante convicción, que no tenía absolutamente nada que hacer.
—Mamá, arriba —dijo Kian—. Theodore va a llegar muy, muy pronto.
Josephine suspiró. Abrió un ojo. Lo miró. Sonrió.
—¿Qué tal tu nueva habitación? —preguntó con voz adormilada.
—Increíble. Dormí súper bien.
—Me alegra escuchar eso.
Kian bajó de la cama de un salto, como si el suelo no estuviera frío y la mañana no fuera cruel.
—Me voy a lavar los dientes y a cambiar. No tardes.
Josephine lo observó marcharse, preguntándose, una vez más, de dónde sacaba semejante energía matutina. Definitivamente no de ella. No señor.
Se sentó en la cama, se desperezó lentamente y, tras una breve negociación interna, se puso de pie. Se arregló lo justo y necesario. Nada sofisticado, pero al menos presentable. Las condiciones mínimas para recibir a Theodore. Luego fue directo a la cocina.
El desayuno fue rápido, pero no por eso menos delicioso. Preparó unos pancakes de avena, una receta que había aprendido en uno de esos días en los que se proponía ser más saludable. La idea le había durado exactamente dos días, pero la receta había quedado. Y se había convertido en una de las favoritas de Kian.
Picó una manzana encima, calentó leche para acompañar el día lluvioso, pero ella optó por café. Mucho café. Con la esperanza genuina de que hiciera milagros.
Cuando Kian apareció y se sentó a la mesa, sonrió.
—¡Pancakes! —celebró.