Theodore tocó el timbre en casa de Josephine exactamente media hora después de haber enviado su último mensaje. Había considerado, aunque solo por unos segundos, la posibilidad de quedarse en casa. Era domingo, el tipo de día que invitaba a no hacer absolutamente nada, a permanecer en ropa cómoda y convencerse de que cualquier esfuerzo físico podía esperar hasta el lunes. Honestamente, sí le había dado pereza salir. Mucha.
Sin embargo, sabía que si cancelaba se sentiría fatal. No solo estaría dejando sola a una mujer con una casa revuelta, sino también a un niño que claramente esperaba ayuda para organizar su tesoro más preciado; los peluches. Además, si era sincero consigo mismo, probablemente se divertiría más allí que pasando el día en silencio, mirando su teléfono y preguntándose por qué había decidido no hacer nada con su tiempo libre.
La puerta se abrió casi de inmediato y Kian apareció frente a él con una sonrisa amplia que le ocupaba toda la cara.
—¡Theodore, pasa! —exclamó, tomándolo de la mano con naturalidad.
Antes de que pudiera responder, Theodore ya estaba siendo arrastrado hacia el interior de la casa. Hizo un esfuerzo consciente por controlar la escalera que sostenía bajo el brazo, intentando que no golpeara las paredes, el marco de la puerta o, en el peor de los casos, a Kian. No era una escalera especialmente grande, pero en espacios cerrados cualquier objeto medianamente largo requería de cuidados.
—Mamá ya viene —informó Kian mientras cerraba la puerta—. ¿Quieres algo? ¿Agua? ¿Café? ¿Té? ¿Pancakes?
Theodore lo miró con diversión, sorprendido por la seriedad con la que había asumido su rol de anfitrión.
—¿Pancakes? —repitió, como si la palabra mereciera una segunda consideración.
—Sí, de avena, saludables —explicó Kian con orgullo—. Los hizo mi mamá y son los mejores.
—Si son los mejores, entonces tengo que probarlos —dijo Theodore con una sonrisa sincera.
—Buenos días, Theodore —saludó Josephine al entrar en la sala.
—Buenos días —respondió él—. ¿Qué tal la noche?
—Fantástica. Me hubiese gustado dormir más, pero esa es una meta a largo plazo —bromeó ella.
Theodore soltó una pequeña risa, reconociendo ese tipo de humor resignado que solo tenían las personas que ya habían aceptado que el descanso completo era un concepto teórico.
—Mamá, Theodore quiere pancakes —intervino Kian.
—Si no es molestia, claro —añadió Theodore de inmediato.
—Para nada —respondió Josephine con una sonrisa—. ¿Un poco de café o té?
—Té estaría bien, por favor.
—Bien, dame unos minutos.
—Mientras tanto, dime qué hacer —pidió él—. ¿Quieres que suba cajas? ¿O la escalera?
—Apreciaría mucho eso —respondió Josephine con un poco de pena—. Perdón por hacerte trabajar un domingo.
—No es nada —rio Theodore, tranquilo—. Me mantiene en forma… o al menos eso me gusta pensar.
—Gracias —dijo ella, señalando la escalera—. Puedes dejarla en la habitación de Kian. ¿Recuerdas cuál es?
—Sí, claro. ¿Y las cajas?
—Todas las que digan ropa van a mi habitación.
Theodore asintió con seriedad exagerada.
—Entendido.
—¿Te ayudo? —se ofreció Kian de inmediato—. Las cajas están pesadas, pero puedo ir junto a ti y darte apoyo.
Theodore sonrió. No iba a rechazar su apoyo moral.
—Claro. Además, me gustaría saber más acerca de Rex… ¿por qué es tu favorito?
Los ojos de Kian se iluminaron.
—Porque es un dinosaurio increíble. Yo tendría uno de mascota si pudiera, aunque mamá dice que ya no hay dinosaurios en la Tierra desde hace muchos, muchos, muchos años y…
Theodore elevó ligeramente las cejas y apretó los labios para no reír. Evidentemente había activado algún tipo de interruptor invisible. Miró a Josephine, que lo observaba con una expresión que oscilaba entre lo divertida y lo abrumada, como si temiera que él pudiera salir corriendo de la casa en cualquier momento.
Lo que ella no sabía era que estaba bien entrenado. Tenía cinco sobrinos. De hecho, estaba a días de recibir al sexto. Y aunque ninguno era tan parlanchín como Kian, todos compartían una energía que él había dejado atrás hacía décadas, pero que sabía manejar con dignidad y paciencia.
Así que se encaminó hacia la planta alta con la escalera al hombro y Kian a su lado hablando sin detenerse. Subieron, dejaron la escalera, bajaron, recogieron cajas y volvieron a subir. Cinco o seis viajes después, Theodore ya había aceptado que ese domingo definitivamente contaría como ejercicio.
Finalmente, Josephine le pidió que se sentara un momento para comer los pancakes y beber el té.
—¿Tú no tendrías un dinosaurio? —preguntó Kian, sentándose frente a él.
—No lo creo —respondió Theodore, llevándose la mano al mentón con dramatismo—. Me daría mucho miedo. ¿A ti no?
—No, pero me dan miedo las cucarachas —dijo Kian con absoluta seriedad.