Josephine alzó la vista para observar cómo Theodore daba los últimos giros al tornillo que aseguraba la nueva estantería de Kian a la pared. Ella había pensado hacerlo por su cuenta. No era especialmente buena con las herramientas, pero se defendía lo suficiente como para lograr un trabajo decente si nadie la apuraba y tenía un manual a mano. Aun así, cuando él se había ofrecido a encargarse mientras ella sostenía la escalera, había aceptado con una alegría que intentó disimular… sin demasiado éxito.
—¿Hay algo que no te guste o que te dé alergia? —preguntó, ya pensando en el almuerzo y repasando mentalmente lo que tenía en el refrigerador.
—No —respondió Theodore mientras bajaba de la escalera—. Lo que sea que hagas estará bien.
Josephine le sonrió cuando por fin pudo soltar la escalera y estirar un poco los brazos.
—Quedó precioso —dijo, contemplando la estantería con satisfacción—. Gracias, eres el mejor.
—Solo seguí las instrucciones —respondió él con modestia.
—Pero de forma eficiente —añadió Josephine, dándole una palmadita ligera en el brazo—. Creo que con esto ya terminaste tu obra caritativa.
Theodore rio, relajado.
—No es caridad. Solo soy… como un buen vecino que en realidad no es un vecino.
Josephine le devolvió la sonrisa, cómplice.
—Te salvaste de que te llame a cualquier hora.
—No vivo tan lejos —respondió él—. Si te ocurriera algo, podría venir.
—Esperemos que no —dijo ella—. La próxima vez que nos veamos me gustaría que sea para beber un café o charlar. Bueno… si estás de acuerdo. Me vendría bien hacer amigos aquí.
—Por supuesto —respondió Theodore sin dudar—. Me encantaría.
—¿Vamos a la cocina? —propuso Josephine—. Puedes hacerme compañía mientras preparo el almuerzo.
—Claro, vamos.
Salieron juntos de la habitación y bajaron las escaleras. Al llegar a la sala, se encontraron con el televisor encendido y con Kian profundamente dormido en el sofá, en una posición imposible que solo los niños podían mantener sin consecuencias físicas.
Josephine se acercó con cuidado, tomó el abrigo del perchero y lo acomodó sobre él con suavidad. Luego bajó el volumen de las caricaturas antes de dirigirse a la cocina, con Theodore siguiéndola.
—Con razón no volvió a subir —comentó él, divertido.
Josephine rio en voz baja.
—Se levanta muy temprano —explicó—. Suele echarse una siesta antes del almuerzo o después.
—Así que se le acaba la batería.
—Sí —asintió—. Parece imposible, pero se le agota.
Hizo una pausa y añadió, con sinceridad:
—Gracias por ser tan paciente con él. A veces las personas no lo son.
Theodore la miró, sorprendido.
—Pero si es un niño muy educado.
—Lo es —concedió ella—, pero habla hasta por los codos.
Él hizo un gesto despreocupado con la mano.
—Es divertido.
Josephine se giró para sonreírle, agradecida, y luego volvió la vista al refrigerador para sacar los ingredientes.
—¿Te ayudo? —preguntó Theodore, apoyándose en el marco de la puerta con una postura relajada.
—No, gracias —respondió ella mientras acomodaba los vegetales sobre la encimera—. Solo ponte cómodo. Ya hiciste demasiado, debes estar cansado.
—Probablemente como tú —comentó él—. Hiciste una gran mudanza.
Josephine soltó una pequeña risa, breve y honesta.
—No tuve más remedio —dijo—. Perdí mi empleo en Brighton y conseguí uno aquí, así que me dije… Josephine, quizá el universo quiere que hagas un cambio radical.
Mientras hablaba, empezó a picar la cebolla. Cocinar ayudaba a ordenar los pensamientos; había algo terapéutico en concentrarse en no cortarse un dedo.
—Lamento lo de tu empleo —dijo Theodore con auténtica pena.
—Descuida, fue para bien —respondió sin dramatismo—. Resulta que mi jefe se me empezó a insinuar hace un tiempo. Yo no podía renunciar porque era nuestro único sustento, así que lo ignoraba. Pensé que, si no reaccionaba, se cansaría. Pero un día intentó ir más allá y cuando lo empujé… se puso furioso.
Josephine notó cómo Theodore abría la boca, claramente indignado.
—Espero lo hayas demandado.
—Estoy en eso, sí —asintió lentamente—. El tipo no solo intentó propasarse, sino que, como no lo dejé, me despidió. Por suerte, mi cuñada es abogada y me asesoró enseguida. Pero ya sabes cómo son estos procesos: largos, agotadores… y yo necesitaba trabajar. Así que empecé a postularme como loca en todas partes.
—Deseo de corazón que te den una compensación —dijo él con firmeza.
—Gracias —respondió Josephine—. De todas formas, no me enfoco demasiado en eso. Si todo sale a mi favor, estaré contenta. Y si no, al menos lo intenté.
—¿Puedo saber a qué te dedicas? —preguntó Theodore con curiosidad.