El héroe de Kian

~7~

Theodore puso la mesa con esmero. No porque Josephine se lo hubiese pedido (de hecho, ella había insistido varias veces en que no hacía falta que hiciera nada más) sino porque sentía que era lo mínimo que podía hacer después de presenciar la creación del estofado de ternera más pintoresco que había visto en su vida. No sabía si aquella impresión se debía a los colores, al aroma o a la forma en que Josephine se movía por la cocina como si cocinar fuera igual de fácil que dormir una siesta, pero el resultado era indiscutible: su estómago llevaba varios minutos protestando con sonoros gruñidos.

El aroma había sido tan convincente que incluso Kian se había despertado de su siesta antes de tiempo, guiado exclusivamente por el olfato. Theodore había observado con diversión cómo aparecía en la cocina con el cabello revuelto y los ojos achinados, como si hubiese sido invocado por un hechizo culinario.

Así que allí estaban ahora: los tres sentados a la mesa, esperando a que Josephine sirviera, mientras el estofado reposaba en la fuente como si supiera perfectamente que era el protagonista del momento.

—Huele delicioso —murmuró Kian, todavía medio dormido, frotándose un ojo.

Theodore asintió con convicción.

—Definitivamente me alegra haber aceptado la invitación.

Josephine rio mientras dejaba un plato delante de cada uno, con movimientos tranquilos y seguros.

—Espero que sigas pensando lo mismo luego de probarlo —dijo con una sonrisa.

—Claro que sí —respondió Theodore, negando con la cabeza mientras observaba la fuente con evidente interés—. No hay forma de que esto sepa mal. Y dime… ¿soy yo o cocinaste para un batallón entero?

Josephine soltó una carcajada y se sentó finalmente con su plato.

—Puede que sí —admitió—. Mi mamá siempre dice que cuando hay invitados es mejor que sobre y no que falte. Así puedes repetir cómodo si lo deseas.

—Yo voy a repetir —anunció Kian de inmediato, soplando un trozo de papa.

—Qué alivio —comentó Theodore en tono cómplice—. Así no me dará vergüenza hacerlo yo también.

Probó un trozo de carne y tuvo que contenerse para no cerrar los ojos de puro gusto. La carne prácticamente se deshacía en la boca. Si existía algo parecido a un estofado hecho por ángeles, debía ser ese.

—Mmm —murmuró, moviendo la cabeza con aprobación—. Josephine, pasaré a menudo cerca de la puerta de tu casa a la hora del almuerzo o la cena.

Ella rio, claramente encantada.

—No hace falta que aceches —respondió—. Simplemente envías un mensaje y Kian y yo agregamos un plato con gusto.

Kian asintió con entusiasmo inmediato.

—Puedes venir cuando quieras… tal vez mañana y traer a tu sobrino —dijo con una sonrisa—. ¿Verdad, mamá? Así tendré con quién jugar.

—Claro —respondió Josephine—. Pero recuerda que mañana empiezas las clases y puede que estés muy cansado. Tal vez convenga planear ese encuentro luego.

—En ese caso podríamos hacerlo el próximo fin de semana —intervino Theodore con suavidad—. Louis también tiene clases.

—De acuerdo —aceptó Kian, satisfecho.

—Quizá podamos salir al parque —sugirió Theodore—. Llevaría también a Georgia, es la hermana pequeña de Louis.

—¿Cuántos años tiene? —preguntó Kian, genuinamente interesado.

—Gigi tiene dos.

Kian meditó la información con seriedad.

—Es pequeñita —concluyó—, pero quizá podamos jugar a algo juntos.

—Quizá —respondió Theodore—. Aunque ahora que lo pienso, mi sobrino Thomas tiene cuatro. Podría sumarse contigo y con Louis.

Josephine tomó un sorbo de agua y lo miró con gesto dubitativo.

—¿Y tú crees que eso sería prudente? —preguntó—. Me refiero a tantos niños pequeños juntos. Me encantan, pero temo no poder cuidarlos bien.

Theodore asintió con total seguridad.

—He tenido a cargo a todos mis sobrinos a la vez —dijo como quien habla de una actividad cotidiana—. Georgia y Matthew de dos, Thomas de cuatro, Louis de cinco y Sophie de catorce… aunque esta última se cuida sola y, de hecho, suele ser de gran ayuda.

Kian lo miró con los ojos muy abiertos.

—Tienes una familia enorme —dijo, impresionado.

—Sí —asintió Theodore—. Y pronto llegará mi sexta sobrina. Alice. Se espera que nazca en menos de una semana.

—Oh —dijo Josephine llevándose una mano al pecho—. Falta muy poco. ¿Cómo está tu hermana?

—Está impaciente —respondió, luego de beber agua—, pero bastante tranquila. Es su tercer hijo y se nota que lo vive con más serenidad que el primero.

—Claro —asintió Josephine—. La experiencia ayuda. Y además, cuenta con un tío espectacular.

Theodore rio.

—Lo intento.

—No seas modesto —replicó ella—. Sabes lidiar con adolescentes y con bebés. Eso no es poca cosa.

—Alice será la última —dijo Theodore—. Mis dos hermanos han cerrado la fábrica.




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